Felicidad

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Estoy repelentemente harto de la incomprensión de aquellos que sufren por mí, porque quieren que sea buena persona según su propio código de moral y que no me pase la vida dejando chorreones de amargura por donde escribo. En 2010 hubo 3.180 personas que se suicidaron en España. Curiosamente en una metrópoli gigantesca como Nueva York solo recurrieron a esa forma de acabar 36.909 en 2009. Será que tienen más bares, más chicle o más perritos calientes. Nadie tuvo nunca la ocurrencia de pedirle a Hemingway que no arrastrara el dolor y la desilusión por la mayoría de sus libros. Nunca escribió comedias, ni siquiera aquel primer libro suyo que llevaba un título tan festivo como “París es una fiesta”.Cuando algo hace daño, y hay gente que sufrimos constantemente, quizá un vicio de la infancia, lo normal es llorar. La ventaja para los escribidores es que el papel no se moja con esas lágrimas escondidas. Muchos creen que la misión primordial del que escribe es mostrarse simpático, chistosos o pintar una vida feliz. Lo malo es que no existe una vida que no sea medianamente insoportable. Acuérdense de que hasta los ricos lloran, incluso aquellos a los que Forbes sitúa en sus primeros puestos de multimillonarios. La gente que escribe en general es porque tiene que echar fuera los perros que le roen las tripas, eso que llaman amargura y que más vale escupir al lector antes que volverse loco de verdad. Porque la locura, que los médicos más conspicuos, incluso los psiquiatras, ocultan como brotes psicóticos, se nota que ellos no los padecen, yo la tengo como flirteo todos los días que Satán hace nacer. Le divierte al maldito que te despiertes envuelto en la angustia y que tu primer gesto sea para buscar las pastillas. Esos ansiolíticos, tranquilizantes y qué se yo que te han recetado y por algo será, probablemente para que aguantes hasta la próxima dosis.

“Eso ya pasó”, “Eso fue hace muchos años”. Lo que los benditos no saben es que el dolor no tiene fecha de caducidad; ojalá la tuviera y entonces sería como cumplir una condena y luego empezar de nuevo. Y lo peor es que a mí no me han enseñado a escupir la amargura. Estoy harto de quienes creen que uno es en realidad un exhibicionista, que quiere dar pena, que quiere jugar con la desgracia, con el llanto que no sale y que creen que sería suficiente con pensar en cosas bonitas. ¿Y cuando no puedes? ¿Y cuando las cosas bonitas no existen más que para unos cuantos elegidos por no se sabe qué dios absurdo que escoge a los benditos? En los periódicos anda estos días un banquero que ha sido toda su vida todopoderosísimo, uno de esos que tienen hadas cuando nacen y que le llenan la cuna de bienestar garantizado. Ha perdido la sonrisa, va cabizbajo, asustado. No sé qué habrá hecho ni me importa, pero no es feliz. Pregúntenle. Pregúntenle por los salones de Visconti donde brillaba como una estrella del firmamento de los dioses hace solo unos meses. Estás solo en tu casa, donde vives rodeado en principio de gente que te quiere, incluso que te ama, que es el verbo de las películas felices. Pero en realidad, cuando no te ven estás solo en este pueblo donde acabas de pudrirte, estás solo en una ciudad de 30 millones de locos como de 200 millones.

La única diferencia entre todos los que nos ponemos todos los días las chanclas de la angustia es que algunos saben llevarlas, incluso elegantemente, que saben andar con ellas. Tú no. A ti se te nota porque las arrastras. Déjenme que les recuerde que en España, aunque no se airee mucho, ha habido más de tres mil seres humanos que no pudieron aguantar más y buscaron y consiguieron acabar con sus vidas. Era en 2010. Pero en los Estados Unidos, donde la riqueza debería dar un plus de felicidad, hubo más de 36 mil personas que siguieron el mismo camino.No importa. Prometo enmendarme. Prometo intentar ser feliz. Pero quien quiera que decida esas cosas que se acuerde de mí y haga que me despierte con una sonrisa de triunfador y que no me levante corriendo en busca de la pastillita milagrosa.

Creo que pido poca cosa.

 

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