Cuba tira la casa por la ventana

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Inicié mi andar a una cuadra de la Alameda de Paula y a dos de la embajada de España, que todavía mostraba en su fachada los símbolos del fascismo. Era la Habana Vieja, repleta de inmigrantes españoles devenidos comerciantes, de negros y mulatas en los barrios sombríos, de los chinos y sus lavanderías, de los judíos copando calles completas, sabedores sin molestia de que para nosotros eran simplemente “los polacos”. Era y es arquitectura ecléctica e inspiración especial de Alejo Carpentier; era y es “Cádiz con negritos”, en el decir de los de allá.  Es La Habana, que hoy 16 de noviembre cumplió 500 años de fundada. Para celebrar, porque así somos, se tiró la casa por la ventana, aunque falte combustible debido al asedio de Estados Unidos, pese a que el dinero fresco no alcanza ni para pagar en punto a proveedores extranjeros y las grietas que abrió el olvido, muchas sigan siendo hondas. Durante toda la semana se ha festejado:  más de dos mil obras construidas, la visita simbólica de los reyes de España, el mensaje fraternal del papa Francisco,  El Capitolio reconstruido con su cúpula enchapada en oro por obra y donación de especialistas rusos; con bailables a los largo del emblemático Malecón y el ballet de San Petesburgo danzando en el Gran, y de remate 16 mil fuegos artificiales a cargo de una empresa canadiense alumbraron esta capital de 2,13 millones de pobladores, que antes se pasearon curiosos y satisfechos por una avenida Galiano iluminada al mejor estilo de las ricas ciudades europeas en tiempo de Navidad, gracias al desprendimiento de una ONG italiana. Se celebró hasta en barrios periféricos como El Gûajay, donde los vecinos hicieron el tradicional “Festival del Café”, aunque esta vez faltó el grano aromático porque también escasean los envases. “No importa, vamos a asar puercos, a bailar, y tomaremos ron”, dijo Cuqui, quien vive por esos lares y consagra su existencia a una hija con graves problemas de salud.

La Habana ha sobrevivido a corsarios y a piratas, a huracanes y a dictadores. Cuenta quizá con el más cuidado sistema de fortalezas militares hechas en tiempo de la colonia; en sus calles se peleó contra Machado y Batista, sin que importaran torturas y desapariciones, y en manifestación masiva, espontánea e irrepetible abrazó a Fidel y a sus mau mau cuando bajaron vencedores de las montañas. Sobrevivió también a décadas de olvido, porque después de 1959 la atención fue puesta en las zonas rurales, hasta que un buen día, se le dio la misión de rescatarla a un señor pequeño, corajudo, de encendido verbo culto, Eusebio Leal, quien contra viento y marea – incluso hasta con las trabas que nunca faltan de algunos de los mismos que le dieron la encomienda- se echó a su espalda el rescate de la ciudad hasta hacerla resplandecer, calle a calle, a partir de donde todo comenzó.  Es tal el embrujo que ejerce esta ciudad que en Miami, los que se fueron cuando todo empezó a cambiar, suelen practicar un juego de nostalgias. Alguien dice un nombre y gana el que recuerde si lo dicho se refiere a una calle, a un monumento o a una plaza de esta capital, y describe con lujos y detalles lo que recuerda, pese a llevar 60 años sin verla.

Cumplió La Habana 500 años – “¡Qué bella es mi ciudad!,” repite Eusebio Leal- y al menos, durante los festejos, quedó a un lado lo muchísimo que falta por hacer.

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