Ya

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Ninguna despedida es para siempre, dice una canción que he escuchado en la radio.Y entonces vas y te crees que la vida seguirá adelante, aunque tengas otros proyectos, hasta que el palo divino, siempre son divinos los palos, te coja de lleno en tu tez de mulo mal criado. Ahora me gustaría estar bailando como cuando Frank Sinatra, hace tantos años, cantaba aquello del extranjero que se metía en no sé qué paraíso durante una noche de focos y saxofones. En lugar de eso tengo que encoger las pestañas para que las lágrimas no se salgan a borbotones. Y eso que un eminente oftalmólogo me juró por sus doce hijos que mi problema vital, esencial, era que tengo los ojos secos. Milagro. Estoy salvado, aleluya.

Y la radio que no tiene piedad. En lugar de hablarme de las mil y una deliciosas catástrofes que ocurren cada segundo en el mundo, la Sherazade del micrófono me pone canciones románticas como si Gene Kelly fuese a sonreírme de nuevo en aquellos estudios de cine de París, cuando hacía volar sus mocasines que tanta envidia me daban.Ya sé que no volveré a cantar bajo la lluvia de amor y de esperanza que te deja vivir un ratito, que te permite esperar aunque a veces la situación sea algo más que desesperada.Ya no, nunca más, volveré a sonreír con la sonrisa de una mujer joven de largas pestañas y mirada de fuego en mis ojos.Ya no hay más esperanza que la resignación nacida un día lejano cuando un hombre y una mujer quisieron que les naciera una criaturita para ser como todo el mundo. Él para presumir de virilidad y ella para jactarse de fertilidad. Imbéciles.Ya no, de verdad que nunca más, miraré las fotos de aquel oficial que con su fusta por bandera de ordeno y mando posaba posesivo al lado de mi madre, que ni era su esposa. Venía el oficial condecorado de la guerra de África y ni los terribles kabileños de las montañas habían conseguido cortarle los genitales y cosérselos dentro de la boca, sana costumbre de aquellos hijos de Alá.

Ya no, pero de verdad, volveré a ilusionarme con una sonrisa llena de carmín Bourjois con una sonrisa espesa, rellena de rojo que me haga oler, sentir, la entrada del paraíso.Ya se ha acabado todo y cuando me estén crucificando en el punto final, con o sin ladrones a mi alrededor, tampoco le preguntaré a mi padre por qué me ha dejado solo para ese viaje final, por qué no me ha salvado.Ya no odiaré a los tarados que se creían mis enemigos porque no valen la pena. Que el Diablo se encargue de darles lo que se merecen.Ya no imploraré un beso, y sobre todo un abrazo, porque los muertos dan asco. Y de vivo no supe cómo se hacía.Ya no juraré en vano porque no podré. Ni me beberé el güisqui con Perrier de los sábados al mediodía no vaya a ser que me haga daño.Ya no volveré a morirme. Dejaré que me llegue el momento. Prometo no intentar el suicidio aunque el Padre suicidó (¿o sería mejor asesinó?) de la forma más vil y espantosa a su hijo clavado con tres clavos mohosos en una cruz mal tallada.Ya no tendré que preocuparme de quien me quiso y de quien me odió. Satanás anda muy activo y adora meter en su chimenea a los malos que son malos, aquellos a los que él nunca pudo meter en vereda.Y le pediré a quien sea que me haga bibliotecario del cielo, el único lugar donde yo podría ir, y así seguiré releyendo a Dos Passos o a Hemingway aunque me den tanta envidia.

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