Viva la nostalgia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Murió como un personaje que no se rinde, de pie, haciendo planes para seguir adelante. Estoy seguro de que no sabía que le había llegado ese momento en que te arrepientes de haber nacido.Desde su muerte todo ha cambiado. Me he reafirmado en que la vida es una soberana hija de ese malévolo Zeus que le hizo un bebé a la más bonita de las vírgenes disfrazándose se admirable cisne. Y Leda, a la que sorprendió con su gracia de pájaro precioso, se dejó embarazar sin decir nada. Nada dices ni puedes decir ante la muerte. Aunque yo he sentido vergüenza de no haber estado en el lugar de mi amigo. A él lo necesitaban más que a mí, infinitamente. Mi vida consiste nada más que en contar cuentos y esperar. Quisiera tener los arrestos de Ulises para plantarle cara al prepotente de Zeus, que otros llaman dios o Satanás. Y perdonen que le ponga una ese mayúscula pero a los personajes peligrosos hay que tratarlos con respeto. Por eso seguramente de niños le besábamos la mano al cura de turno, uno de esos que luego formaron la gloriosa legión de la pederastia vaticana.Por si Zeus tuviese la mala uva de darme un pasaporte para el infinito antes de que me de cuenta, seguiré contándoles desde el más allá mis historias, que en el fondo no son más que historietas recogidas en cualquier portal de esta isla africana donde nada se puede esperar.

Algunos amigos lejanos me reprochan que sea tan pesimista con la vida y que adore mi pasado. ¿Pero no se dan cuenta que el pasado es el presente, porque el presente de ahora ya sabemos lo que vale?¿Quién me va a impedir pasearme por El Vedado de La Habana con esta amiga que tanto amé y que me tiene medio lástima. Es la crueldad propia de las mujeres y las cubanas son más mujeres que las otras.

¿Cómo no voy a revivir aquellas chácharas en los jardines del Hotel Nacional, seguimos en la capital de Cuba, llena de reyes y vasallos, con un tipo como el realizador de cine Pastor Vega, uno de los más grandes, uno de los históricos, al que yo perseguía para que me adaptase mi novela “Ojos verdes”? Y tantos y tantos personajes que figuran en el libro de honor de esa Habana que ya tiene 500 años y que con la edad se prostituye hasta construir suntuosos hoteles que deben de dar envidia a los pobres que apenas malviven.

En aquellos tiempos, sí, Don José, había unos cuantos hoteles de lujo, principalmente el Hotel Nacional y el Capri. En los dos pasé momentos inolvidables que nada tienen que ver con esa leyenda maldita de que La Habana es el mejor sitio para follar.

Fui probablemente el único visitante extranjero que tenía amigas entre las jineteras (prostitutas) que rondaban siempre el Nacional. Me dicen que eso ya se acabó. Y oigo, porque no leo guarradas, que el mismísimo Ernest Hemingway tuvo una prostituta cubana como amante. Y a mí qué. Una prostituta no es más que una mujer que decide usar su cuerpo para dar placer en lugar de utilizarlo en trabajos de burros.

Entre mis amigas jineteras, seguro que los cubanos jóvenes ya se han olvidado, había muchachas que habían estudiado –en Cuba estudian, por decreto, hasta los periodistas, que ya es decir—y que poseían una cultura apreciable. Me contaban mil historias y mis más agradables conversaciones femeninas han sido con ellas, no con actrices que se tomaban por la Venus de Milo de Cecil B. de Mille.

Como ya no voy por Cuba no sé si es verdad que ahora hay que tomar cita por teléfono. ¡Qué cosas!Y, Don José, ¿usted quiere que yo no sea tan nostálgico con mis vivencias habaneras cuando por un centavo te tomabas un cafelito que no he vuelto a beberlo en mi vida? Es más, un día, frente al cine Chaplin (qué malísimo actor, mon Dieu) me metí en unos grandes almacenes que estaban más que de capa caída pero que mantenía una serie de dependientas alegres y amables, como lo son toda las cubanas. Una de ellas, que me veía mirar con pena aquellos escaparates sin alma (ahora venden, probablemente, bolsos de Dior, faldas de Chanel y algunas cositas más de nuevos ricos) se me acercó y me ofreció una tacita de café.

Qué tiempos aquellos, como dice no sé qué maldita canción, cuando yo me creía el rey de La Habana y cuando hasta un homosexual (entonces eran carne de cañón para la justicia) se me acercó y me invitó a tomar el té con sus amigos. Lástima que eran las 2pm y hacía un calor de míreme pero no me toque.

Viva la nostalgia.

 

 

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