Amarillo sin Van Gogh

Sergio Berrocal |Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Nunca me había fijado que hubiese un color llamado amarillo. Lo descubrí en una isla hoy perdida en la que yo vivía por lo que fuera. Desde el balcón donde esperaba perder el tiempo la vi en un portal de mármol. Llevaba un traje de un color fulgurante, que me enamoró con la fantasía y la inocencia que se enamora un muchacho de 15 años de una joven que promete ser una mujer de película. Ella estaba nerviosa. Esperaba a alguien. Pero yo no veía más que ese amarillo que muchos años después, en Amsterdam, supe que era el amarillo que Van Gogh había escogido para su noche en el Café de Arles. El pintor holandés era un loco del amarillo y pienso a veces si el amarillo no será el color de la locura, porque es un color invisible, que no huele más que a la dulce belleza de lo imposible. En sus rabietas de locura que alguna vez le llevó a un sanatorio, entonces no se decía manicomio, el amarillo fuerte, suave, apenas esbozado, era como el termómetro de su estado mental. La muchacha de la isla africana y de su vestido amarillo fue una constante en mi vida durante años. Hasta que una noche nos encontramos en París. Nos volvimos a encontrar treinta años después, en otra isla africana. Ya no llevaba el traje amarillo, pero su porte seguía siendo el de la princesa que me había enamorado tantos años antes en aquel portal.Volvimos a vernos, largo tiempo y muy a menudo. Hasta que ella desapareció un día, como solía hacer. Luego me dijeron que había muerto. Cada vez que veo un cuadro de Van Gogh pienso en ella. Tal vez el pintor paso por una experiencia semejante. Nadie sabe en realidad de qué color era el vestido que llevaba aquella mujer por la que se cortó un pedazo de oreja. Pero siguió pintando girasoles, tempestades de amarillo, la noche de ese café de Arles donde él amanecía bebiendo absenta para olvidar su vida solitaria, siempre solitaria, sin imaginar que un día lejano, cuando desapareciese, cuando decidiese pegarse un tiro con una pistola salida de no se sabe dónde, se convertiría en un ídolo de la sinrazón.

Había seguramente una razón por la que amaba tanto el amarillo pero ni su hermano Theo, quien le cuidó hasta su muerte permitiéndole vivir con una renta pequeña pero suficiente que él le servía, lo descubrió nunca. En mi época de locura amarilla cada vez que podía me metía en un campo de girasoles de Andalucía o me embriagaba en un puesto de flores del mercado floral de la Madeleine en París rodeado de orgullosas margaritas amarillas, la flor más humilde, fiel y discreta.

Desde entonces, el amarillo ha tenido su gloria. El monumento más visitado de Nueva York es el taxi, amarillo como Van Gogh los hubiese amado. Yo soy de los que un buen día, hace ya treinta años, hizo una escala de unas horas en la monumental ciudad norteamericana para poder ver y tocar uno de esos taxis que han llenado miles de horas de películas.

Y luego te enteras de cosas extrañas. En tiempos de los zares en Rusia, las prostitutas utilizaban en sus viajes –seguramente que se movían mucho—un pasaporte especial, un pasaporte amarillo. Aunque el poeta Goethe dijese algo tan extraño: “El amarillo es un color agradable, dulce y alegre, pero a la sombra se convierte pronto en algo desagradable…”

¿Estará en esas cortas líneas la razón del amor de Van Gogh por ese color? El caso es que el amarillo sigue siendo un color que encanta o que asusta a los actores. Dicen que Molière murió cuando interpretaba El enfermo imaginario y precisamente aquel día vestía de amarillo. Lo que nadie se percató cuando interpretaba con su habitual entusiasmo El enfermo imaginario, era que el enorme autor y actor teatral estaba aquejado de una mortal tuberculosis.Hoy, los coches de Correos, que llevan muy a menudo felicidad en una carta, aunque también disgustos en otra muchas, están vestidos de amarillo. Y en las vueltas ciclistas tan populares el máximo trofeo es la camiseta amarilla.

 

 

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