Érase una otra vez La Habana

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Me aburre y me entristece solemnemente todo cuanto leo sobre Cuba. Es como si no hubiese ocurrido nada. El exponente del pensamiento oficial, Granma, sigue tan pancho anunciando que el imperialismo no vencerá, cuando ya nos ha vencido a todos en el mundo entero.Me da algo saber que Fidel Castro, el hombre que tanto nos hizo soñar, nuestro Errol Flynn de carne y hueso político, está metido en una especie de peñasco en Santiago de Cuba, que nunca conocí y ya no conoceré, porque el tiempo se acaba. Leo que los autobuses de La Habana siguen siendo el objeto del deseo, que las colas para buscar alimentos no paran, que hay enormes hoteles, como si el mundo entero fuese a trasladarse a vivir a Cuba. Leo y leo y releo y me dan ganas de no volver a leer más. Y entonces me refugio en los recuerdos, tantos y tan bonitos, que he conservado. Dentro de un mes, otro Festival de Cine de La Habana. ¿Para qué, si ya no hay películas latinoamericanas que enseñar como novedad? Si están casi todas en Hollywood o sus alrededores.Creo que el canto del cisne de esa que fue la gran fiesta del cine de todos los latinoamericanos se produjo cuando en 1995 se armó el gran revuelo de la proyección de “Fresa y chocolate”, cuando ser maricón en Cuba y declararlo era pecado mortal.Ya no está ni Alfredo Guevara, el único que dio su razón de ser al cine cubano. Y entonces me meto en mis archivos y leo el pasado, no me interesa el presente. Y fatalmente vuelvo a aquella noche de diciembre del año que acabo de citar. Y lo cuento de nuevo, con pelos y señales. Ya están advertidos. Si quieren volver a leerlo, allá ustedes y que Satán les pague con una buena borrachera.A los enemigos de Alfredo se les había atragantado el helado de « Fresa y chocolate » que sin comerlo ni beberlo habían tenido que soportar. Guevara tenía una suite en el Hotel Nacional, donde celebró su triunfo con algunas personas, entre las que me encontraba yo.

A la izquierda de esa primera habitación del Hotel Nacional que abre una discreta puerta a un dormitorio donde Guevara suele descansar, dos camareros ofrecen bebidas. El clásico mojito es la más plebiscitada, aunque también se toma cerveza y Cubalibre. En el centro de la pieza, una larga mesa hace honor a los invitados: pollo, paella, gambas emborrizadas, canapés varios, aceitunas, patatas fritas. El sueño de una noche de verano para cualquier cubano que en estos momentos de recesión no tiene más preocupación que la comida.

Agazapado en un rincón como un gato afectuoso, Alfredo se relame de gusto. Las gafas grandes de miope coqueto parecen siempre a punto de abandonarle la nariz. De un manotazo las devuelve a su precario equilibrio cuando uno ya las ve rodando por el suelo. El poco pelo lo tiene peinado muy coquetamente hacia atrás.

Su sonrisa es sin duda lo que más llama y enamora. Una sonrisa discreta, contenida, que casi nunca le sale de los labios y que se refleja en unas arrugas que cada vez que quiere reírse le saltan de los ojos y ponen en peligro la estabilidad de las enormes gafas. Es la misma sonrisa que hace como medio siglo conquistó a Fidel Castro. Porque todos los que están en la suite saben que este hombre pequeñito, de una fragilidad exquisita, fue el hermano mayor de un Fidel que en aquellos tiempos de universitario en La Habana, cuando un grupo de estudiantes soñaba ya con luchas políticas, le protegió, le cobijó y, dicen algunos, le llevó prácticamente desde Sierra Maestra al Palacio de la Revolución en La Habana.

El marxista Guevara sigue en su rincón, como si la fiestecita no fuese con él. Habla bajito, casi musitando y los invitados se suceden calladamente a su lado, con el respeto y el sigilo de los fieles en un confesionario de la catedral de La Habana, consagrada a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, la misma que en una medallita dicen que Fidel Castro llevaba colgada del cuello cuando entró por primera vez en la capital al frente de sus barbudos. En un país donde los santos del calendario han servido a los cubanos para ocultar sus preferencias por dioses y diosas de origen africano—desde los tiempos casi inmemoriales en que los españoles quisieron obligarles a ser católicos, apostólicos y romanos,– Guevara, en su rincón tan calladito, parece la reencarnación de uno de esos dioses que la gente venera en la santería nacional. Mientras al viento húmedo del Malecón (el paseo marítimo habanero) le cuesta los trabajos de Hércules para llegar hasta la suite, Guevara la goza en su rincón.

Por mucha modestia que quiera aparentar, ¿cómo va a olvidar el estreno de « Fresa y chocolate »? ¿Cómo se le van a ir de la cabeza las imágenes de su triunfo, esos aplausos de toda una sala vuelta hacia él que, como siempre, está intentando que no se le caiga la chaquetilla que jamás se separa de sus hombros? Esa noche es una de las más bellas de su existencia. Quizá lo suficiente como para olvidarse del amago de infarto de miocardio, del exilio dorado a que se le obligó hace unos años cuando Fidel no tuvo más remedio que nombrarle embajador de Cuba en la Organización de Naciones Unidas para la Ciencia y la Cultura (UNESCO), en París, para, según algunas versiones, alejarle de sus más feroces enemigos del Comité Central.

Pragmático hasta las puntas de las uñas cuidadosamente pulidas, Alfredo ha conseguido incluso cobrar los intereses de esa embajada forzosa. En la solapa luce el distintivo de la Legión de Honor, máxima recompensa civil francesa que el presidente François Mitterrand, hecho rarísimo, le impuso personalmente en el palacio presidencial del Elíseo.

Dicen incluso que el viejo presidente, que en aquellos momentos ya daba las últimas caladas a su presidencia, había querido imponerle la condecoración, cosa que hizo en el transcurso de una brillantísima recepción en palacio durante la cual hubiese sido muy difícil saber cuál de los dos—el presidente o su homenajeado—era más gato.

Es cierto que la suite no es la sala de baile que sirvió a Luchino Visconti de escenario central para la escena capital de « Il gattopardo », un decorado en el, qué duda cabe, Alfredo Guevara se hubiese sentido más a gusto. En esta media tarde caribeña, Alfredo está muy lejos de las exquisiteces versallescas. Estamos en La Habana, en un año más de la Revolución que él ayudó a instaurar y en medio de momentos económicos de lo más penoso y en horas políticas de incertidumbre.

El, mejor que nadie, sabe que después de 35 años de Revolución, va a ser necesario pasar la mano. El bloqueo absurdo de Estados Unidos, las reclamaciones de países de América Latina y de otros lugares del mundo y, sobre todo, la insostenible situación económica que viven los cubanos, perfilan tiempos de cambios. Él lo sabe pero su fidelidad por el compañero de siempre puede más que la lógica más primitiva. Con los ojos lascivamente puestos en las interminables piernas artísticamente bronceadas de una actriz mexicana que juguetea con los contraluces de la terraza, un periodista europeo (« centroeuropeo » como llamaba curiosamente Fidel Castro a los periodistas de la Europa capitalista cuando el muro de Berlín todavía no había sido derrumbado) recuerda lo que de este enigmático hombre decía el norteamericano Ted Szulc en su libro « Fidel, A Critical Portrait » (1986): « Alfredo Guevara… amigo de Castro desde hace cuarenta años; es una de las figuras más curiosas del mundo político revolucionario cubano y uno de los hombres en quien Castro ha tenido siempre más confianza ».

Las relaciones entre los dos personajes, el gordito y el espigado, una especie de Quijote y Sancho Panza de los años marxistas, las resume así: « Una sólida amistad se establece entre Guevara y Castro y juntos participan en una serie de enfrentamientos políticos en la universidad ». Y después del triunfo de la Revolución: « Se había (Castro) apoderado de los medios de comunicación de forma total, fundando por otra parte un instituto cinematográfico de alta calidad, cuya dirección confió a su viejo amigo Alfredo Guevara, encargado de producir largometrajes, documentales y noticiarios ampliamente inspirados por la ideología revolucionaria ». Hoy, los dos amigos están muertos. Cuba sigue, con un ritmo que no es el del chachacha de la libertad de pensamiento que impusieron los dos amigos. Hace sesenta años que estalló la Revolución y ya, desde luego, no parece que fuera ayer, ni anteayer. Parece que ni existió.

 

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