Nada

Sergio Berrocal

Hay muchos pasos de aquí a la eternidad. O ninguno. Corres de la vida a la muerte en menos de lo que se tarda en decirlo. Montgomery Clift lo sabía. Se lo habían dicho antes de que empezase el rodaje de la película cuajada de estrellas, Burt Lancaster, el bruto sentimental, Sinatra, el ratero de todos nosotros, por los siglos de los siglos amén, y aquella maravillosa, la única, Deborah Kerr. Fred Zinneman se lo había advertido a todos. Nadie saldrá indemne. Entre la vida y la muerte nada más que hay un capricho de los dioses, que a veces son perros rabiosos de aquí a la eternidad. Casi un titulo de película cuajada de Oscar, esas estatuillas que son como caramelos para los mejores alumnos.Era 1953, tan lejos ya, pero la tragedia sigue siendo la misma. Hombres y mujeres enredados en la locura del amor, el de Burt Lancaster y Deborah Kerr revolcándose en la arena de una playa sin más focos que la oscuridad. El amor, ese sentimiento perverso que es capaz de lo mejor como de lo peor. Sobre todo de lo peor. Cuando aquella tragedia ocurrió, en una isla maravillosa, de las que no existen más que en el cine, yo estaba enamorado de una chiquilla de Tánger que tenía un ojo verde y otro negro. Era la judía más bonita el paraíso, vamos del que yo conocía. Pero yo tenía mala fama. Todas las niñas que ya preparaban el salto a mujer sabían que yo era un bastardo. Mi padre probablemente hubiese podido entrar en el reparto de “De aquí a la eternidad”, chulo, enamoradizo hasta el forro de su gorra de plato con el olor que me recordó Fidel Castro una noche de penumbra en el Palacio de la Revolución, donde se servían bichos del mar que ni siquiera conocían en esa isla donde Burt Lancaster lloraba la desgracia de ser hombre.

Mi Deborah Kerr no tardó mucho en pensárselo mejor y buscarse un judío rico que no olvidaba llegar a la menor ceremonia con su kipa de terciopelo negro. Podría haber sido uno de los cabrones que hacían imposible la vida a Montgomery Cliff y que seguramente se bañaba en la playa donde un día yo también me bañé con ella, en las grutas de Hércules.

Como han pasado los años, decía aquel cantante de boleros del Salón rojo de La Habana y yo crecí, me convertí en un hombrecito y empecé a padecer. Pero nunca tuve a mi lado a un Montgomery Clif que trompeteara la muerte ya olvidada, lejana, o la muerte a venir, la que siempre nos pilla desprevenidos, en una esquina de la vida, cuando ya has dejado de llorar.

En todos esos andares míos, que gastaban suelas que yo no podía permitirme, conocí una noche de frío y lluvia en el París de los años sesenta (del siglo pasado, preciso para los cretinos) a una muchacha que tenía los ojos de Deborah Kerr. Luego, ya más tarde, cuando las brujas habían cerrado las puertas de la ciudad, descubrí que su cuerpo también se parecía mucho. Pero fue un instante. El hombre está marcado para morir como decía aquel cineasta brasileño en una película que ya he olvidado y de la que no conservo más que el sudor de una noche de espera en una plaza del nordeste de Brasil. El hombre está hecho no para vivir amores sino para morir amores. Es el Jesús de todas las mujeres, poderosas, altas o bajas, hasta feas, que dominan, mandan y condenan.

Los hombres nunca son felices porque no les enseñan a serlo. Por decreto de algún divino del Olimpo, las mujeres llevan siempre las riendas, aunque hayan pasado lo suyo, aunque ahora haya tarados que las matan porque saben que nunca podrán igualarlas. Las mujeres mandan en todo. Ellas hacen los hijos, ellas los deshacen, según venga la mano, ellas quieren hasta la locura asesina, ellas viven la pasión. El hombre no es más que un Burt Lancaster que rueda por la arena con la luna por testigo, sin un Lorca que monte a Deborah como una jaca abierta y acogedora.

El hombre no es nada. A lo más el objeto de ese triste rito pagano del amor, en el que ella manda dónde, cuándo y hasta donde.

El hombre solo sabe tocar la trompeta del perdón que ningún dios da porque ya tienen ellos bastante con personarse sus infidelidades, sus cobardías. La trompeta que chilla para recordar a un muerto, o a muchos muertos, o simplemente para que el mundo se entere de que todavía está vivo.

Me hubiese gustado tomarme un café en el bar de mi isla africana con Montgomery Clif. Pero confieso que no me hubiese desagradado que Deborah Kerr me mirase con aquellos ojos de mujer vivida que ya murió porque las diosas no pueden vivir entre los hombres.

Perdóname, señor, si he pecado. Perdóname mi vida inútil, plagada de imbecilidades. Mi vida que ya no es más que un simulacro de combate por mantenerme en pie, por evitar que el puño del otro, el de la vida, que siempre es más fuerte, más perro, me tienda boca arriba, con la boca ensangrentada y no haya quien cuente mi derrota por KO, en medio del jolgorio de una humanidad destinada a desaparecer en las llamas del infierno de los que nunca fueron.

Nada. No es nada.

 

 

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