Lula, un mito más que cae

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Lula está libre. El presidente Bolsonaro, antiguo teniente, lo ha sacado de su cárcel donde todos creíamos que moriría de vejez, a los 580 días de haberlo metido acusado por corrupción. Le ha hecho una rebaja generosa ya que normalmente la condena era de ocho años y diez meses. Todo el mundo exulta. Ha ganado el derecho, la libertad. No, no se equivoquen, ha perdido la leyenda. Lula encarcelado era el símbolo de la injusticia, de la brutalidad típicamente militar capaz de hacer a través de un tribunal que un señor que había sido dos veces presidente de la República fuese tratado como carterista. La historia se ha acabado. Lula no tiene mal aspecto en las fotos, está exultante como corresponde y se dispone seguramente a seguir luchando al frente de la izquierda brasileña. Cuando el tribunal lo mandó a una celda por voluntad expresa del presidente recién nombrado, Jair Bolsonaro, el mundo no fue más que un grito. Era la venganza de la extrema derecha contra un líder de izquierdas que en sus dos mandatos como jefe de Estado había mejorado algunas cosas de un Brasil sumido desde tiempos inmemoriales en la miseria de los pobres. Porque los ricos nunca lloran, ya se sabe.

Pero va a resultar que Bolsonaro, al que algunos le niegan la menor inteligencia, es más Maquiavelo que Neron. ¿Y ahora qué? Si Jesucristo no hubiese sido crucificado, hoy no existiría la religión más poderosa del mundo y la cruz no sería símbolo de la gloria del Señor. Un compañero argentino, que tiene memoria, me ha contado una anécdota graciosa. Yo le refería que Eva Perón llegó a ser el personaje más extraordinariamente popular del mundo. Sin ella Argentina sería hoy otra cosa y el peronismo no se hubiese convertido en una religión que vuelve a la palestra.

Hijo de periodista, este estupendo periodista y amigo me refería que era un niño cuando un día se encontró por casualidad donde no debía, un despacho donde los peronistas preparaban las manifestaciones en las que la aparición de Evita Perón era un maremoto de locura. Me cuenta, y le dejo la responsabilidad de sus recuerdos, que aquellos políticos hablaban de cómo conseguir todavía más popularidad, más gentío con cantos ensordecedores.

Entonces oyó que hablaban de brigadas que provistas con palos largos rematadas por clavos  que se mezclaba en las manifestaciones cuando Evita estaba en el balcón arengando a la multitud. Y de vez en cuando, los del palo aporreaban las piernas de la gente con sus temibles clavos, lo que multiplicaba los gritos, aunque fuesen de dolor. Pero del dolor al entusiasmo hay solo un quejido todavía más dramático.

Mi amigo tiene mucho sentido del humor y creo que es un chiste suyo, aunque, bien visto, el método, de haberse efectivamente utilizado, era una manera impecable de “animar” a las multitudes.

Siempre admiré a Lula, al que conocí en Brasilia, cuando lo veíamos cabizbajo en espera de una oportunidad para llegar a ser Presidente. Y lo logró con un tesón admirable. Y por dos veces dirigió una de las naciones más poderosas del mundo aunque solo sea de boquilla.

De esas dos pruebas salió vencedor y muy apreciado.

Cambiaron los tiempos y Lula se convirtió en un proscrito al que metieron en la cárcel. Y el mundo gritó a la injusticia. Pero estoy convencido de que el líder de la izquierda brasileña sabe que ahora, ya fuera de las rejas, va a ser un camino todavía más difícil.

Bolsonaro tiene amaestrado a Brasil con la complicidad de los millones de fieles de las iglesias evangélicas, que son una potencia de la que no se tiene ni idea. Aunque en Brasil el número de católicos es superior al de los protestantes, los evangélicos les ganas con sus trucos de magia que prometen todo lo que la gente pobre desea, una mejor vida. Nunca les oí hablar del paraíso. Pero seguramente lo prometen también.

Ahora, Lula tiene que volver a empezar, desde abajo y teniendo enfrente a un presidente que ha demostrado no andarse con chiquitas y menos con contemplaciones.

Ojala que esta crónica no sea más que un disparate y que Bolsonaro se venga abajo cuando las manifestaciones de la oposición, que se esperan multitudinarias, se echen a la calle para pedir de nuevo una posibilidad para que Lula vuelva a poder intentar dirigir la nación.

Pero siempre habrá quienes consideren que los militares han actuado con mucha malicia.

¿Y ahora qué?

Lula está libre. Pero el mito ha desaparecido.

¿Qué hubiese ocurrido si el Che Guevara no hubiese sido asesinado de la manera más terrorífica en Bolivia? Probablemente habría vuelto a Cuba, donde se hubiese convertido en un personaje tan importante y respetable como Fidel Castro.

Pero no habría habido tampoco mito.

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