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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Europa se ha convertido en un batiburrillo de naciones en la que finalmente ser extranjero es casi un privilegio monetario.Yo soy francés, por voluntad propia, no por nacimiento, pero arrugado entre los 513 millones de personas de los 28 países de la Unión Europea, y lo que te rondaré morena, siento que he perdido mi identidad. Soy europeo porque así lo dispusieron políticos que probablemente no tenían la menor noción ni el menor orgullo de la nacionalidad, de la pertenencia a un país. Siento que quieren hacerme perder mi identidad, que me trabajé porque tuve que pedirla hasta que me la aceptaron como un gran privilegio. Porque ser francés no es lo mismo que ser otra cosa.Soy europeo por decisión política pero no me gusta ser europeo. Soy francés. Nada tengo que ver con los otros 27 países que tienen sus propios valores y, lo que es más importante, su propia lengua. Porque todo está en la lengua. En el mundo no ha existido más que un Charles de Gaulle, que fue presidente de la República, héroe nacional. Y se entendía con el mundo entero en francés. O, mejor dicho, el universo tenía que esforzarse en entenderlo porque sabía que era vital. Echen un vistazo a lo que sucede en Gran Bretaña con el brexit. Una gran parte de los británicos no quiere dejar de ser británico y tener que mendigar para escapar a la catástrofe económica una nacionalidad cualquiera. Si este asunto dura un poco más, se comprarán pasaportes en los mercadillos o por correspondencia, para arrimarse a otros países que les proteja. Porque la Gran Bretaña, en su inmenso orgullo, nunca ha querido ser europea. Y hay que aplaudirlos. ¿Qué tiene de común un inglés con cualquier otro nacional?. Absolutamente nada. Y ellos lo saben. Desde la conquista de las Indias y las guerras de los Boers, los ingleses han defendido su nacionalidad con lanceros que han convertido en héroes de películas.

Porque en el fondo, y pese a nuestro pesar, saben que lo bello es pertenecer a un país, conocerlo, luchar porque sea el primero. Y luego está la gran diferencia lingüística. Los británicos se pasean por el mundo sin hacer el menor esfuerzo por entender a sus interlocutores de Europa o del resto del mundo.Un día de 196, De Gaulle y Adenauer, enemigos jurados en guerras horrendas que enfrentaron a las dos naciones, decidieron la chaladura de plantar los pinos de una futura unión europea, pero exquisita, con seis países escogidos no con 28, en el que entran civilizaciones que si han hecho algo ha sido combatirse entre ellas y que no tienen ni han querido tener nunca nada en común.

Cada nación tiene su particularidad, empezando por la lengua. Cada nación tiene sus anhelos, sus gustos, sus cosas buenas y sus cosas malas.Finalmente, el único país absolutamente sensato es Estados Unidos, donde se es norteamericano, nacionalidad que cuesta mucho conseguir, lo que lleva consigo el privilegio de ser miembro, súbdito exclusivo de ese país. Nunca se les ha ocurrido formar un mismo ente con Canada, Nueva Zelanda, Australia o la Conchinchina.

Los norteamericanos tienen la ventaja sobre todos los demás países de querer ser eso, Estados Unidos. Y un norteamericano tiene el orgullo de serlo. Y lucha por su patria de la forma más natural. Cualquier estadounidense ha estado en alguna de las guerras que los Estados Unidos suelen organizar con una ligereza fatal. Y lo llevan con orgullo.

En Europa se ha tendido, como en Francia, a suprimir el servicio militar y a dejar la defensa en manos extranjeras.

Echen un vistazo a Suiza, el país más rico y más próspero de Europa. Jamás ha tenido la ocurrencia de formar parte de un conglomerado donde se mesclan los más pobres y los más ricos, los católicos y los judíos. Suiza ha conservado su rica identidad, rica en bancos, y es finalmente el país más pequeño que administra las finanzas de una parte importante del mundo.

Y hasta tiene un ejército. Cada ciudadano tiene que someterse a un período militar. Pero se lo toman tan en serio que cada cual tiene el fusil en casa.

Ya la nacionalidades se rifan. En algunos países, los más ricos de otros lugares tienen derecho a la nacionalidad, que tal vez les evita problemas judiciales, fiscales o de cualquier otro tipos. Es el caso de los habitantes de Rusia, que por un puñado de dólares pueden adquirir un pasaporte con todas sus ventajas en el país que más le convenga a condición de que inviertan una cierta cantidad de dinero.

Un argentino es ante todo argentino, aunque con la pericia en saltarse a la comba las leyes internacionales que les caracterizan tengan un pasaporte italiano (siempre hay un italiano) y el del país donde han decidido vivir. Otros países, como Francia, no admiten tanto pasaporte y prohíben severamente ese tráfico de esclavos. Excepción para Argelia, por razones histórica s y larguísimas de contar.

Hay que ser alguien, no un compendio de nada como lo es actualmente la Unión Europea donde un búlgaro, por ejemplo, luce un pasaporte EUROPA. Da risa y pena.

Un búlgaro tiene su historia y debe de respetarla.

No podría uno cambiar de pasaporte como de camiseta cuando conviene.

Soy francés porque elegí serlo, que finalmente es la forma más cartesiana. Porque ser francés o belga por nacimiento no tiene mayor interés.

Hay que haber elegido un país y respetarlo.

Nunca he oído a un cubano decir que es latinoamericano. Primero te sueltan con voz potente que es cubano y, eso sí, dentro de una cultura global que es la latinoamericana.

Cada país tiene su particularidad. Y cada hombre o mujer deben de tener esa particularidad y no ser una tienda donde se cambia de nacionalidad según el mostrador que se elija.

Los norteamericanos, que no son precisamente un ejemplo para el mundo, son norteamericanos y pare usted de contar.

Los rusos son rusos.

Pero los europeos son cualquier cosa menos alguien.

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