El cuento

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cayó de bruces en el umbral de la casa. Hacía unos días que no se sentía muy bien, pero lo achacaba al cansancio.Se había muerto sencillamente, sin más ceremonia, sin avisar, sin penarlo incluso. No creía que sería tan pronto porque tenía muchas cosas que hacer, una casa que llevar, no siempre fácilmente.Pero la muerte no avisa ni tiene piedad. Los bomberos que acudieron con las sirenas echando chispas lo tiraron al suelo y en menos de veinte segundos ya estaban auxiliándole. Si larga es la muerte larga es la esperanza. Durante más de media hora esperaron el milagro, la resurrección. Tenía una amiga médica que le hablaba a menudo de lo que sucedía en una ambulancia, de los milagros que conseguían y él pensó que éste sería uno de ellos.

Hasta ese momento en que la ambulancia frenó como en las películas, siempre había creído que un día las cosas cambiarían. Por el momento salía adelante como podía pero le faltaba poco para terminar su titulación en literatura y estaba seguro de que luego las cosas cambiarían. Tenía en los cajones de su mesa un montón de cuentos que no dejaba de repasar porque, decía, quiero que mis primeras publicaciones sean impecables.

Pero siempre le faltaba el tiempo. Entre la facultad, el tiempo de los trayectos en trenes y autobuses y los mil trabajillos que hacía a todas horas para salir adelante, era muy difícil, aunque él se había conformado y citaba a poetas norteamericanos que habían tenido una vida que debió de ser tan difícil. Pero no estaba en Estados Unidos, donde pese a Donald Trump y sus secuaces la cultura de unos pocos, de una minoría, el resto se dedica a ganar dinero, es hasta cierto punto respetada. Y citaba a Hemingway, a Faulkner y a Dos Passos que eran sus preferidos. Y después de todo había habido el ejemplo de Proust, quien, eso sí, tenía para él la ventaja de ser rico y bien relacionado. Menos mal, sino nunca hubiésemos sabido nada del tiempo perdido que aquel burgués parisiense había convertido en una obra universal pese a que la primera edición de aquel libro había tenido que pagársela él. Y cuando el libro salió debidamente comprado de la imprenta, fueron muchos los amigos que le hacían asquitos. Pero como era un señorito rico, pues pasaba.

Hasta que de pronto la novedad de aquel libro que no se parecía a ninguno estalló y revolucionó las librerías.Jean no soñaba con una gloria parecida y ni siquiera creía en que su primer cuento, su primer libro o su primer artículo revolucionase nada. Le gustaba escribir, contar historias que él tenía la osadía de sacar de la realidad, cosa que entonces no se llevaba mucho. Su esposa, una muchacha que había conocido muy joven y que no entendía de literatura pero que le amaba porque sabía que era un hombre excepcional, era sin embargo su principal apoyo. Adoraba, y con razón todo lo que escribía, y le animaba a continuar. Pero la vida tiene contingencias y recibos que pagar, obligaciones de todos los días que no tienen piedad. Y él dormía cuatro horas al máximo porque el resto del tiempo que no estaba en la facultad tenía que ganarse la vida. Eran muchas bocas y pocas posibilidades.

El último día de su vida había llegado de la facultad contento como unas castañuelas. Tenía ya casi el título en el bolsillo y hasta le habían pedido que enseñase allí mismo donde había estudiado. Pero él soñaba con dar forma a la realidad social que le rodeaba. Francia había salido de Mayo del 68 con quebraduras por todas partes. Había que reconstruir muchas cosas.

Toda su vida había sido un sindicalista de los que daban la cara, lo que no le ayudaba en sus estudios porque no todo el mundo pensaba como él.Cuando se asomó a la puerta para echar un cigarrillo, un Gauloise de los que ya casi nadie fumaba porque decían que el tabaco era malo, se prometió que al día siguiente llevaría algunos de los cuentos que ya había seleccionado a una revista sin grandes medios pero con muchas ganas de publicar.Se sintió muy cansado, pero era normal. Entre los estudios y el trabajo que tenía que hacer para vivir, cualquier cosa, lo esencial era conseguir un sueldo medio decente, el cuerpo se estaba portando muy bien.

Pensó con una de las sonrisas que encantaban a todos que por fin había llegado el momento de recoger lo que había sembrado. Ahora era cuestión de paciencia. Su hija mayor llegaba del liceo, llevando por la mano a la más pequeña a la que había recogido en casa de unas amiguitas. Su mujer todavía dormía. El médico le había recomendado mucho reposo. Eran muchos años de una vida con lo indispensable y últimamente no estaba muy bien. Tenía mil achaques pero se negaba a volver al médico. Era muy caro, decía ella como pretexto. Jean pensaba que pronto las cosas irían mucho mejor, que ya no tendría que romperse el espinazo cargando camiones y haciendo mil cosas cuyo denominador común era la necesidad del esfuerzo máximo, al borde del abismo.

Jean pensaba también que ahora que ya tendría un puesto en la facultad se cuidaría. Iría por fin al médico para que le pusiese en forma. Mil veces le había dicho que tenía el corazón a punto de estallarle. Él lo tomaba como un chiste pero sabía que algo no funcionaba porque muy a menudo sentía que se derrumbaba. Pero ahora todo era diferente. Se habían acabado las penalidades. De pronto le supo amargo el Gauloise y lo tiró. Fumaba demasiado, se justificó.

Cuando cayó al suelo no lo notó. Oyó un grito muy lejano, el de su hija. Luego, alguien lo contó, pero nadie lo sabe con certitud, sonrió al cielo. Dicen, contaron, que movió las manos, como si pasase las hojas de un libro, su primer libro tal vez. Los bomberos le pusieron la mascarilla de oxígeno encima de una sonrisa feliz.

 

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