Desamor

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Jr

Ernest Hemingway nunca se distinguió por sus idilios, que sin embargo florecían en sus novelas de la forma más bonita, desde la enfermera de “Adiós a las armas” hasta la joven y virgen condesita italiana de “Al otro lado del rio y entre los árboles”. No fue un amante como lo entendemos quienes escribimos sobre todo aquello que no conocemos. Tuvo mujeres. Creo que ese sería el epitafio amoroso que yo escribiría. Amo a mujeres, pero ninguna pasión visible si no es la anécdota de su encuentro rápido y que se sepa sin mayores consecuencias con la poetisa cubana, mujer bella, Carilda Oliver, que quizá fue pura ilusión. No ha dejado grandes frases de amor como las que pudo escribir el uruguayo Mario Benedetti, quizá porque prefería la pesca o la caza. Eso sí, soltaba algunas frases como aquella que pretende que un hombre puede ser destruido pero no derrotado. Extraña aserción al menos que precisamente se refiera a las mujeres. Porque no hace falta una experiencia donjuanesca para saber que una mujer es probablemente el único elemento exterior capaz de destruir a un hombre… aunque “no lo derrote”. Siempre se guarda un poco de virilidad para otra ocasión. A lo largo de todos estos años, medio siglo como poco, he conocido mujeres capaces de destruir, de inmolar a los hombres…y a las mujeres.Eran comienzos de mis andanzas en la Agencia France-Presse (AFP) en París cuando un día supimos que una corresponsal muy avezada nuestra había desaparecido. No había manera de ponerse en contacto con ella y nadie en su ciudad, en América Latina, tenía la menor noticia de ella. Con el tiempo supimos que había abandonado precipitadamente la ciudad llevándose en su caballo a su amante, mujer dicen de una gran belleza que “pertenecía” a un personaje importantísimo de aquel país. Tan importante que para conservar su amor tuvieron que huir y refugiarse en la cordillera, Dios sabe dónde.

No recuerdo que tuviésemos más noticia de aquella corresponsal que era una excelente periodista con una reputación merecidamente ganada. Fui mi primera lección fuerte sobre el amor y sus consecuencias. No recuerdo muy bien si ya andaba por la AFP Mario Vargas Llosa que en materia amorosa nos dio otra gran lección. No es que nos hubiese contado nada porque él cumplía como redactor y poco más. Cuando leímos sus aventuras en “La tia Julia y el escribidor”, sus amores con una espléndida mujer, un poquito más mayor que él, que en la conservadora Lima de la época se había atrevido a enamorarlo y a llevárselo hasta que los casaron y luego, muy luego aterrizaron en París, ella trabajando como mecanógrafa en un departamento de la AFP mientras él jugaba al escritor venido a menos que tenía que ser redactor. La verdad es que a Mario le faltaban algunas abolladuras para convertirse en la estrella de las letras que luego fue y que se engendró con el boom latinoamericano.

Doña Julia era una mujer maravillosa. Pero divorciaron y él se casó con una sobrina-prima o algo por el estilo, otra mujer simpática, mientras Julia contraía matrimonio con un diplomático. Y un día nos enteramos que vivían en Panamá y que ella había escrito un librito poniendo los puntos sobre las íes a propósito de “La tía Julia y el escribidor”. Me contaron, y aquí cabría aquello que decía Hemingway sobre destruir pero no derrotar, que Mario, pero nunca me lo pudieron confirmar, consiguió que sus ya poderosos editores no dejaran un solo ejemplar de la ofensiva de su primer amor, la gran Doña Julia.

Otra historia de la misma época la protagonizó Gilbert, un magnífico fotógrafo de la Keystone Press Agency, que me enseñó todo lo que se de meter a la gente en una cajita. Estaba reporteando como enviado especial el Festival de Cannes, cuando no se mandaban a la Costa de Azul más que a los más grandes. Y Gilbert lo era, aunque de talla pequeña pero con un encanto arrollador. Durante dos días no tuvimos en París noticias y menos aún fotos suyas. El director, que era un húngaro escapado de las matanzas que los soviéticos organizaban en sus países aliados, y que hablaba un francés detestable, montó en cólera y le mandó un telegrama: “Su misión en Cannes ha terminado. Vuelva a París”. A lo que mi querido Gilbert le contestó por la misma vía diciéndole que había calculado que tenía mes y medio de vacaciones atrasadas y que las tomaba en ese momento. ¡En pleno festival de Cannes!. Había que estar loco pero Gilbert tenía todas las razones del mundo. Supimos que durante uno de sus reportajes hacia intimado con una estrella, quizá la más importante, del cine francés de aquel momento, y ambos habían plantado el Festival y se habían marchado a vivir su amor.

El escándalo fue mayúsculo, no por Gilbert sino por la estrella que dejó plantada a la producción que preparaba la presentación de su última película allí mismo en Cannes.. Si mis recuerdos no están del todo locos, creo que Gilbert siguió trabajando en Keystone haciendo cada vez fotos más geniales. Quizá el amor… Había acortado las vacaciones que anunció con tanta mala uva porque la mujer de sus sueños se había cansado y había tomado otros senderos. Qué maravilla de mujeres. Te dejan tirado como una lata vacía. Era cine, el Festival de Cannes, pero imagino que Gilbert estuvo jodido un buen rato, aunque sabía que en aquella época, glorioso año de 1957 las estrellas eran caprichosas. Uno de los más brillantes escritores de nuestra época, el francés Milan Kundera, sabe mucho del tema y ahí va el consejito que da:

“Puede que un hombre y una mujer estén más cerca el uno del otro cuando no viven juntos y cuando simplemente saben que existen y que están agradecidos por existir y por saber el uno del otro. Y sólo con eso les basta para ser felices. Te agradezco, te agradezco que existas”.

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