Érase una vez Gander-Habana

Sergio Berrocal | Sergio Berrocal Jr

Cada día tengo más la impresión de que estoy más lejos de La Habana. Cada cacho de día tengo la convicción de encontrarme más lejos de mí mismo, de mis ambiciones y de mis deseos más íntimos.La Habana ha perdido el encanto un poco canalla y de película norteamericana de guerra fría, cuando los agentes imperialistas y las espías soviéticas se encontraban a menudo reunidos en una posición horizontal. Adoraba el viejo aeropuerto José Martí, que en aquellos tiempos de ojos negros no tenía más que un solo teléfono público. Fue una noche larga, en la que los pilotos que debían llevarnos a París se habían parado un ratito de Gander (Canadá) y había que esperar que se les pasara la borrachera.

De vez en cuando, por la gracia de Judas Tadeo, una enfermera deliciosa salía del cuarto de enfermería para decirme que me llamaban por teléfono. Chango, el subdirector de la Agencia France Presse, en La Habana, quería saber si ya habían podido rebajar el nivel de alcohol de aquellos aguerridos pilotos cuya nacionalidad me negué siempre a saber.

Todo era o me parecía color verde. Ya llevábamos un retraso de doce horas. Una señora, que por lo que presumía, pero que tenía que conformarse como todos con una silla verde de lo más inconfortable, debía ser un alto cargo de la UNESCO (Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) se jactaba con un acento escocés que si tuviese en sus manos a los pilotos…

La ciudad canadiense de Gander, donde entonces, eran otros tiempos, tiempos en el que uno creía en que todo era posible cortando caña, donde todos los aviones con destino a Cuba tenían que hacer escala allí, sin importar ni su nacionalidad ni su religión, me dicen que se ha convertido en una ciudad importante. Entonces la conocíamos solo como la escala ordenada por los Estados Unidos si querías ir a ver a los guerrilleros.

Llegué a adorar a aquellos policías de película que en cuanto aterrizaba el avión cuyo rumbo señalaba como destino La Habana lo rodeaban con sus coches patrulleros y sus sonoras sirenas mientras las ruedas chirriaban en la nieve. Muchas veces pienso que sería divertido volver a lo que era en aquellos tiempos como el zaguán de La Habana donde todos los viajeros tenían que limpiarse las suelas de los zapatos.

Pero seguro que ya o casi ya nadie se acuerda de aquel modernísimo aeropuerto donde se bebía (solíamos llegar casi de madrugada) una cerveza norteamericana que te dejaba con ganas de pedir otra. Alguna vez pensé que le echaban algo para que los pasajeros rumbo a Cuba se tranquilizaran y no se precipitaran hacia una pequeña y discreta puerta por donde se pedía asilo mientras el Ilyuchin, que estaba ya para el arrastre, se reponía del gigantesco esfuerzo que había tenido que hacer para reparar fuerzas.

Una de aquellas noches pensé en atravesar aquella puertecilla, que parecía la de una cocina y adonde a esas horas no había nadie, y pedir asilo político presentando bien ostensiblemente mi pasaporte francés.

Seguro que habríamos pasado un rato de locura majadera, ni los hermanos Marx, con el inspector que hubiese acudido rápido sin duda, y algo asustado, que sudaría tinta preguntando por radio a sus superiores, o quién sabe si al mismísimo FBI de Washington, si podía aceptarse la petición de asilo político de un ciudadano francés. Normalmente eran cubanos los que se dedicaban a esos ejercicios.

Mientras me tomaba la cuarta gigantesca cerveza –por cierto, ya no me acuerdo quien las pagaría…– imaginaba que me concederían el asilo político, aunque sería extremadamente complicado. Pero, ¡qué cachondeo! Y, ¿qué hubiera sido de mí? Sería el único refugiado político francés escapado vía Gander.

De todos modos, en mi delirio cervecero imaginaba que lo primero que haría cuando las autoridades me interrogasen, nada menos que un comisario, por lo menos, pediría como condición sine qua non que mi residencia fuese fijada en la provincia francófona de Quebec, que es donde el Presidente francés Charles de Gaulle había armado un lío internacional durante una visita oficial.

Todas las altas autoridades de Montreal, que tenían a gala hablar el francés como única lengua oficial y secesionista, lo que provocaba el furor de los anglófilos que tenían el poder e imponían el british como lengua oficial, se habían reunido para escuchar a De Gaulle bajo el gran balcón del ayuntamiento.

Y desde luego que no perdieron el tiempo. En vez de hablar de la belleza de los paisajes o referirse a la fauna, De Gaulle, con el vozarrón que hacía temblar a todo el mundo en los foros mundiales, soltó una frase, una sola frase: “¡Vive le Quebec Libre!” (Viva el Quebec Libre). Casi nada, una auténtica llamada a la insurrección para que los francófonos cogieran sus escopetas de caza y fuesen en busca de los ingleses que les dominaban y todavía les dominan. Hasta temblaron los cimientos de la Casa Blanca pese a que estaban a muchos kilómetros de allí.

Imagino que todos los médicos de la parte inglesa de Canadá tuvieron que movilizarse en aquel bendito año de 1967, el 24 de julio, a toda prisa para administrar dosis de tranquilizantes a los altos funcionarios ingleses que no creían lo que habían oído, un jefe de Estados extranjero, y nada menos que de Francia, llamando a la insurrección de los canadienses franceses. Y luciendo su uniforme de gala, como en los buenos tiempos de guerra.

Pero aquello pasó, como todo pasa. Y se acabó Gander. Y se acabaron los sueños.

Y yo me fui al carajo con las líneas normales que no nos reservaban ni la acogida de la pintoresca policía canadiense.

Érase una vez Gander-Habana

Sergio Berrocal

Cada día tengo más la impresión de que estoy más lejos de La Habana.

Cada cacho de día tengo la convicción de encontrarme más lejos de mí mismo, de mis ambiciones y de mis deseos más íntimos.

La Habana ha perdido el encanto un poco canalla y de película norteamericana de guerra fría, cuando los agentes imperialistas y las espías soviéticas se encontraban a menudo reunidos en una posición horizontal.

Adoraba el viejo aeropuerto José Martí, que en aquellos tiempos de ojos negros no tenía más que un solo teléfono público. Fue una noche larga, en la que los pilotos que debían llevarnos a París se habían parado un ratito de Gander (Canadá) y había que esperar que se les pasara la borrachera.

De vez en cuando, por la gracia de Judas Tadeo, una enfermera deliciosa salía del cuarto de enfermería para decirme que me llamaban por teléfono. Chango, el subdirector de la Agencia France Presse, en La Habana, quería saber si ya habían podido rebajar el nivel de alcohol de aquellos aguerridos pilotos cuya nacionalidad me negué siempre a saber.

Todo era o me parecía color verde. Ya llevábamos un retraso de doce horas. Una señora, que por lo que presumía, pero que tenía que conformarse como todos con una silla verde de lo más inconfortable, debía ser un alto cargo de la UNESCO (Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) se jactaba con un acento escocés que si tuviese en sus manos a los pilotos…

La ciudad canadiense de Gander, donde entonces, eran otros tiempos, tiempos en el que uno creía en que todo era posible cortando caña, donde todos los aviones con destino a Cuba tenían que hacer escala allí, sin importar ni su nacionalidad ni su religión, me dicen que se ha convertido en una ciudad importante. Entonces la conocíamos solo como la escala ordenada por los Estados Unidos si querías ir a ver a los guerrilleros.

Llegué a adorar a aquellos policías de película que en cuanto aterrizaba el avión cuyo rumbo señalaba como destino La Habana lo rodeaban con sus coches patrulleros y sus sonoras sirenas mientras las ruedas chirriaban en la nieve. Muchas veces pienso que sería divertido volver a lo que era en aquellos tiempos como el zaguán de La Habana donde todos los viajeros tenían que limpiarse las suelas de los zapatos.

Pero seguro que ya o casi ya nadie se acuerda de aquel modernísimo aeropuerto donde se bebía (solíamos llegar casi de madrugada) una cerveza norteamericana que te dejaba con ganas de pedir otra. Alguna vez pensé que le echaban algo para que los pasajeros rumbo a Cuba se tranquilizaran y no se precipitaran hacia una pequeña y discreta puerta por donde se pedía asilo mientras el Ilyuchin, que estaba ya para el arrastre, se reponía del gigantesco esfuerzo que había tenido que hacer para reparar fuerzas.

Una de aquellas noches pensé en atravesar aquella puertecilla, que parecía la de una cocina y adonde a esas horas no había nadie, y pedir asilo político presentando bien ostensiblemente mi pasaporte francés.

Seguro que habríamos pasado un rato de locura majadera, ni los hermanos Marx, con el inspector que hubiese acudido rápido sin duda, y algo asustado, que sudaría tinta preguntando por radio a sus superiores, o quién sabe si al mismísimo FBI de Washington, si podía aceptarse la petición de asilo político de un ciudadano francés. Normalmente eran cubanos los que se dedicaban a esos ejercicios.

Mientras me tomaba la cuarta gigantesca cerveza –por cierto, ya no me acuerdo quien las pagaría…– imaginaba que me concederían el asilo político, aunque sería extremadamente complicado. Pero, ¡qué cachondeo! Y, ¿qué hubiera sido de mí? Sería el único refugiado político francés escapado vía Gander.

De todos modos, en mi delirio cervecero imaginaba que lo primero que haría cuando las autoridades me interrogasen, nada menos que un comisario, por lo menos, pediría como condición sine qua non que mi residencia fuese fijada en la provincia francófona de Quebec, que es donde el Presidente francés Charles de Gaulle había armado un lío internacional durante una visita oficial.

Todas las altas autoridades de Montreal, que tenían a gala hablar el francés como única lengua oficial y secesionista, lo que provocaba el furor de los anglófilos que tenían el poder e imponían el british como lengua oficial, se habían reunido para escuchar a De Gaulle bajo el gran balcón del ayuntamiento.

Y desde luego que no perdieron el tiempo. En vez de hablar de la belleza de los paisajes o referirse a la fauna, De Gaulle, con el vozarrón que hacía temblar a todo el mundo en los foros mundiales, soltó una frase, una sola frase: “¡Vive le Quebec Libre!” (Viva el Quebec Libre). Casi nada, una auténtica llamada a la insurrección para que los francófonos cogieran sus escopetas de caza y fuesen en busca de los ingleses que les dominaban y todavía les dominan. Hasta temblaron los cimientos de la Casa Blanca pese a que estaban a muchos kilómetros de allí.

Imagino que todos los médicos de la parte inglesa de Canadá tuvieron que movilizarse en aquel bendito año de 1967, el 24 de julio, a toda prisa para administrar dosis de tranquilizantes a los altos funcionarios ingleses que no creían lo que habían oído, un jefe de Estados extranjero, y nada menos que de Francia, llamando a la insurrección de los canadienses franceses. Y luciendo su uniforme de gala, como en los buenos tiempos de guerra.

Pero aquello pasó, como todo pasa. Y se acabó Gander. Y se acabaron los sueños.

Y yo me fui al carajo con las líneas normales que no nos reservaban ni la acogida de la pintoresca policía canadiense.

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