Fotomatón

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Desde que llegamos hasta que nos vamos de la vida estamos vigilado por la fotografía, ese invento nefasto que nunca debería haber existido. Acabo de ver una foto de Francis Ford Coppola, uno de los más grandes del cine mundial. Está muy elegante y vistoso pero con treinta o cuarenta quilos menos. Es como si le hubiesen cambiado. Qué horror-Vivimos en un mundo donde la foto era reina mucho antes de que esas estupideces de malas fotos de los teléfonos portátiles pusieran la imagen al alcance del primer cretino.No es cierto que una foto valga dos mil palabras, sobre todo sin son de Faulkner o de Hemingway por ejemplo, las palabras claro, pero la imagen tiene la solidez de lo aparente. Para saber qué le pasó a Cenicienta tienes que leer aunque sea un poquito. Una foto es la instantánea de un cuerpo, de un momento, de una alegría o de una desgracia. Y de todas las falsedades posibles. Vivimos en un mundo fotográfico. Cualquier escritorio está, como el mío, lleno de instantáneas, en blanco y negro o en color. Cada una de ellas es un testimonio, un momento que tú reconoces, que te persigue. Porque no hay nada más terrible que una imagen en blanco y negro que describe un personaje, un momento. Es como un acta notarial en relieve. Si recuerdas cuándo y cómo se tomó es toda una película la que te pasa delante de los ojos, agrandada, exagerada por la distancia entre el delito y el momento en que vuelves a contemplarlo.

Yo las quemaría todas pero no me dejarían, porque además con el tiempo la imagen impresa adquiere un lado sagrado que la hace intocable. Era así como ocurrió aquello, ella sonreía así cuando disparaste el obturador. Una pintura puede desfigurarse, borrarse, cambiarla. La foto no lo admire. La foto se ha convertido en un objeto de culto. Una especie de testigo de cargo de nuestros mejores momentos, de los peores, de los que no fueron ni momentos. Es muchas veces como la flor de lis que grabaron a fuego a Milady la de Alejandro Dumas cuando era puta. Porque está claro que todos lo hemos sido en algún momento y ha quedado esa flor de lis en papel que se llama foto.Cuando contamos algo de nuestra vida, podemos engañar. La foto no lo permite. Si ese día tu copa estaba medio llena no podrás demostrar que no habías bebido nada. Malditas chivatas esas fotos que no perdonan.

Voluntariamente, ya lo dije, mi mesa de escribir está llena de fotografías de todos los estilos y de muchos años. Creo que lo he hecho porque necesitaba confesarme a mí mismo mis cientos de errores cada vez que las miraba. En todo lo alto hay una gráfica en blanco y negra tomada en la sede de la agencia cubana Prensa Latina en la calle N, creo, en La Habana. Aparece un amigo, Chango, ya fallecido, un enorme periodista que nadie reconoció del todo su valía, y yo que no sé qué miro o si quiero presumir de perfil y al fondo, con los ojos perdidos, una mujer joven y que yo siempre he idealizado. Se llamaba Cristina. Todos estábamos allí para conceder el Premio Glauber Rocha, el más importante por lo profesional del Festival del Nuevo Cine latinoamericano de La Habana. Es toda una vida la que se esconde en esos tres personajes, ligados por una conversación de toda una noche, la anterior, sobre Jesús, sobre proyectos de unos u otros. La noche antes de esta reunión la habíamos pasado en casa de Chango, un lugar que tenía la magia de lo invisible, que nunca he vuelto a ver y que creo no existe más que en el Macondo de Gabriel García Márquez y en mis puñeteros recuerdos.

Bebimos y charlamos toda la noche, ya lo he dicho, de Jesús pero de mil cosas más. Yo aprendía o intentaba aprender cosas sobre la Revolución Cubana que conocía de oídas. Yo siempre he vivido mucho de oídas. Y aparte nosotros tres había personajes que no se encuentran todos los días paseando por La Habana. Gente secreta, que sabía y que a veces contaba. Como el cineasta Pastor Vega, que reconocía que el padre del cine cubano, el gran cine cubano que ahora se desmorona, fue Fidel Castro.

Cristina y yo, en algunos largos y musitados apartes, hablábamos de religión, porque hablar de Jesucristo es hablar de amor, de enamoramiento, de traiciones y de belleza. Creo que me enamoré de ella, porque era la primera vez que en Cuba, que yo conocía poco como todo lo que conozco, que en un país comunista, el último verdadero probablemente, Jesús estaba tan presente. No los volví a ver. Ni a Cristina ni a Jesús.

Malditas fotos. Me corroen metiéndose en mi vida en París, cuando yo no había descubierto todavía la fantasía de la Revolución cubana, donde pensaba que todo era mejor, donde incluso pensé en quedarme. Imbecilidades de occidental mal criado. Y en París estaban mis niñas, mis hijas, mi esposa, la Agencia France Presse (AFP), en la que yo aprendía a ser periodista. Terminé mis clases en el año dos mil, después de cuarenta años de aprendizaje. Ahora he aprendido algunas cosas de periodismo pero no todas. Porque la AFP era como un monasterio donde todos éramos monjes desquiciados menos los jefes y supongo que habría algún cardenal.

Saltar de La Habana a París merecería una medalla de oro. Es salir de un mundo de fantasía, donde hasta se perdería Alicia, a una rigidez de vida donde la fantasía no existe y menos los cuentos chinos.

Déjenme que escoja una de esas fotos, la última, porque las puñeteras se esconden en medio de los libros y reaparecen cuando a ellas les da la gana o calculo que es sobre todo cuando quieren que las vean.

Son varias fotos y un único personaje, una chiquilla de unos 17 o 18 años, que podría haber sido lo que hubiera querido porque además de bonita refinada como algunas estrellitas del llamado nuevo cine francés, era de una inteligencia agudísima, pero mujer ante todo. Y murió por ser mujer. Un paseo a una playa, que no hubiese dado nunca si a su lado no hubiese habido el machito de turno, el tonto de misericordia. El coche de estrelló y ella murió.

Y si, queridos amigos, si tienen la indecencia de decirme que todo eso ya lo he contado mil veces les gravaré en el pecho el sello infamante de Milady. Porque, por lo menos, ella era bella y amante.Dos grandes amores, esa niña y La Habana, cuando Fidel Castro me cogió en un rincón del Palacio de la Revolución y me habló un ratito para que el francesito visitante entendiese que no podría seguir en su puesto de Líder los siglos que hubiese necesitado para acabar su Revolución.Y no la acabó. Cuba está que arde. Falta de todo y mis amigos ni se quejan porque algunos son revolucionarios de los que hicieron todo para que el mundo, el de ellos, fuese mejor. Pese a esas tiendas donde se compra de todo. Como cuando existían las “diplotiendas”, solo para diplomáticos y periodistas extranjeros. Ahora todos los cubanos pueden comprar con moneda extranjera. Qué maravilla. Me huele al timo de la estampita.

Pero no hay que quejarse. Todo es una mierda. Ni revolución ni una limosnita por amor de Dios. Porque tampoco hay Dios y los marxistas, los que mueren en el poder de viejos viejísimos, lo saben y se aprovechan. Que no hay harina, pues jódase señora, que ya llegaran los turistas en sus monstruosos barcos para darnos una limosna.

No hay dios pero lo peor es que no hay vergüenza. Porque la era de los sinvergüenzas se afianza en todos los países, donde disfrutan de sus fortunas mientras los pobres de pobreza aguda no sirven más que para fotos de Facebook. Porque ya tampoco hay revistas que las publiquen. ¿A quién diablos le interesa la foto de un ahogado más en el Mediterráneo, de un niño de cuatro o cinco años esposado por bienaventurados policías fofos norteamericanos?.

Váyase al carajo, compañero.

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