Como Ulises

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Hay días, momentos, segundos, fracciones de segundo, en que uno querría estar en la antigua Conchinchina viendo cómo las campesinas plantaban el arroz y los soldados franceses seguían su conquista de lo imposible. Porque los pueblos terminan por recuperar lo que les han quitado.De pronto se te vienen las paredes de la habitación encima. Hace unas horas, como mucho unos días, eras el Emperador del Universo Galáctico y de pronto, pero no sabes por qué, cómo ni cuándo, ya no cuentas para nada ni para nadie. El arroz sigue creciendo con la paciencia que los dioses dan a lo imposible y tú chocas de una pared a otra.En tiempos, los malhechores y los desgraciados de todo tipo se alistaban en la Legión Extranjera francesa, cuya particularidad consistía en que no se preguntaba de dónde venían ni qué querían hacer con un uniforme, un fusil checo y una bandera que nunca había visto. Ya parece que no se lleva eso de buscar refugio en la Legión.Curiosamente, al mismo tiempo, las estadísticas sobre los suicidios son alarmantes y supongo que están relacionadas con todo esto. Menos gente se va probablemente a la Legión Extranjera, en busca del anonimato y de otra vida. Más gente se quita directamente de en medio, sin dar explicaciones.Suicidarse es una tontería, dicen las almas que Satanás ha elegido para aconsejar a los mortales. Y la Iglesia Católica apostilla que es pecado capital quitarse esa vida que Dios te dio. Pero, ¿qué Dios, y con qué derecho te pone en el mundo sin saber si te va a gustar o no?Vas por la calle, en un autobús, en un metro, y la gente pasa sin ver. Están embutidos en sus mil preocupaciones, en sus cientos de desengaños que empiezan desde que amanece hasta que se acuesta el sol. No fallan nunca.Pero, ¿por qué creen ustedes que Ulises zarpó de su palacio en una isla que probablemente sería paradisiaca para los suyos, Ítaca, y siendo rey se puso al mando de una pandilla de desesperados y levó anclas, sin más rumbo que el que marcaba el dios del viento, porque entonces había un Olimpo, tan insulso y traidor como la vida misma de los que viajamos en metro, a pie o nos sentamos en una silla en espera de no sabemos qué.

Ulises era un personaje mítico, con sus ventajas y sus inconvenientes, y tenía la protección de algunos dioses del Olimpo, como Eolo, mandamás de los vientos, quien le ayudaba en sus correrías. Pero como los humanos, los dioses también conocían las depresiones, el malhumor, y el todopoderoso rey de Ítaca tuvo que luchar para hacer lo que quería. Aunque en realidad no deseaba más que huir de una realidad absurda, la misma que viven los mortales de hoy pero con algunos ventajillas.Mujeres maravillosas se cruzaron en su navegación, sirenas que querían llevarlo al fondo del mar, la bruja que quería quedárselo para siempre haciéndole el amor que solo las diosas sabían hacer. Pero no era feliz porque aunque inmortal no podía hacer todo lo que quería. Hasta que se dio cuenta de que una sola mujer contaba para él, Penélope, su esposa legítima, que le aguardaba en el palacio de Ítaca tejiendo y destejiendo, echando a los machos de su lecho, que ella reservaba solo para Ulises. En lugar de tener amigos como Eolo, el dios de los vientos, que guiaba el divagar de Ulises por los mares más peligrosos, los humanos tenemos otros medios para escapar a la aburrida mortalidad de un destino estúpido. Nuestros dioses, los laboratorios farmacéuticos, han puesto a nuestra disposición cientos de filtros nada mágicos pero eficaces que pueden llevarnos y traernos de la locura a la insensatez o dejarnos apartados del mundo.

Imploramos al Dios Médico la receta de la felicidad de doce minutos. La pastilla que aplaca y evita un suicidio más, aunque algunos saben utilizarlas para sus caprichos de creerse inmortales y escapar a las obligaciones estúpidas de un mundo dominado por la avaricia y la imbecilidad.No somos Ulises, no tenemos barcos, no podemos echarnos al mar y pedirle un empujoncito a Eolo para desaparecer en el horizonte. Ya no hay horizonte. El de los humanos son los deberes diarios de humano sin suerte o con algo que no se le parece en nada.Pero nunca llegaremos a Ítaca y nunca sacaremos la enorme espada vengadora que descuartice a todos los malos, esos pretendientes insidiosos de Penélope. Nunca, nunca, nunca.Tendremos que esperar que nos llegue el momento de marcharnos de la forma más horrenda, sin luchar, según el capricho de no se sabe qué dios, pero ninguno de ellos está en ningún Olimpo con un humor que a veces era bonachón.

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