Palabra de Nobel

Por Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cada día abundan más los cretinos, todos esos que no saben que un libro es para abrirlo y leerlo, porque la televisión les ofrece todas las imbecilidades del mundo a domicilio. Con presentadores millonarios que se han hecho de cuentas bancarias de futbolistas galácticos gracias a sus memeces que millones de gente, no se les puede llamar personas, ven y les garantizan más ingresos con su asiduidad. Escribir escriben los pobres de espíritu, los incapaces de echar basura en una pantalla multiplicada por millones a domicilio. Y escribe un tío como Peter Handke, un austriaco de 76 años que no es precisamente una estrella de cine. Creo que muchos de los que leemos y hasta escribimos le conocíamos solo por haber participado en la película de Wim Wender “El cielo sobre Berlin”, un blanco y negro que destiñe el alma. Escriben también los que se dirigen a un público de medios alfabetizados que les ríen las gracias, porque en realidad no saben escribir. Pero, bueno, el mundo está hecho así. Confieso que no conocía a Handke hasta que ha caído en mis manos “La tarde de un escritor”, unas 120 páginas de cosas escritas que me ha recordado mucho a Milan Kundera, que más que contar se cuenta, se analiza. He dado con este librito que vale su peso en páginas porque Peter Handke ha sido este año Premio Nobel de Literatura, compartido con otra escritora cuyo nombre no viene a cuento.Se leen cosas tan maravillosamente y simplemente profundas como “quisiera tener derecho a sentir alegría una vez” y “ya es hora de que lleguen otros tiempos para mí”. Dos frases echadas entre un montón de letras donde no sucede más que nada pero que son todo un tratado de filosofía. A cualquiera de nosotros, o por lo menos a muchos, nos vienen como anillo al dedo.

Insisto en que este libro, “La tarde de un escritor”, tiene 125 páginas, más o menos como “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway aunque nada tienen que ver. Hemingway contaba la historia de un pescador cubano que personifica la mala suerte, pero también el tesón, la voluntad de ir hasta el final aunque al llegar a la playa no lleves en tus anzuelos más que desengaños. Hemingway contaba y Handke piensa en voz alta. No relata ninguna historia. Divaga aunque muy bonitamente como suele hacerse cuando se piensa en voz baja, casi en silencio. Hay una parte muy corta pero interesantísima en la que habla de la locura. “¿No era cierto que años atrás, cuando solía pasear solo todas las tardes por atajos y veredas sin que nadie se apercibiera de él, llegó a creer, no sin cierta angustia, que se había convertido en aire y que había dejado de existir?… Por ello, y para no tener que experimentar otras vivencias y estar seguro de que no estaba loco sino al contrario de que era una de las pocas personas medianamente cuerdas…”

Y luego tiene anotaciones graciosas: “Acaso no era verdad que desde que aquella época en que creyó haber traspasado, sin querer, las fronteras del lenguaje, y no poder ya regresar jamás, usaba seriamente el apelativo “escritor” para dirigirse a sí mismo, día tras día, en aquel recomenzar sin garantías –él, que, a pesar de llevar más de media vida sin más compañía que la idea de escribir, no había usado hasta entonces esa palabra más que a lo sumo con ironía o con vergüenza”…No intenten buscar otra cosa en este libro que para mí tiene el formato perfecto, el que se lee sin cansarse y sin querer saber adónde quiere ir el autor. Handke no parece querer decir nada de transcendental ni ir a ninguna parte. Te habla pausadamente de cómo se viste, como sale de su casa, lo que no hace y sobre todo lo que no piensa. Como cualquiera de nosotros. Es un libro realmente inteligente de los que deberían leer todos aquellos que alguna vez han intuido que la escritura es algo muy particular y que el escritor, el escribidor, el que escribe, lo hace por la necesidad de explicarse a sí mismo cosas que no comprendería si no las leyese. Aunque las haya escrito él mismo.

Porque a él, como a todos los que escribimos, nos sobra soledad. Lo dice claramente; “le sobraba soledad”. La pesadilla de cualquiera que alguna vez ha pensado que está o ha estado loco o que la locura, al fin y al cabo, puede ser una escapatoria, un callejón que no tiene más salida de la soledad del pensamiento. Aunque quizá sea preferible ver las majaderías de la televisión que inventan esa gente que gana millones no diciendo nada o nada que merezca la pena. Pero probablemente Handke tienen razón y gran parte del público no quiere que le hagan pensar. Porque nos sobra soledad.

 

 

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