Tango

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me gustaría ser tango para llorar sin vergüenza. Me gustaría ser tango para hacer bailar la maldad, la gloria y el infierno.Se hunde el mundo, que está en guerra de una punta a la otra. A veces guerras civiles de policías contra manifestantes indefensos, otras de soldados que matan, que encarcelan y que maltratan a gente muy joven, edad mínima cuatro años para los norteamericanos. Los israelíes liquidan a los palestinos sin tener edad, cuerpo a cuerpo o con bombas que arruinan sus vidas, hasta que Palestina sea Israel, porque eso es lo que manda la Tora de los gobernantes fascistas perseguidos pero nunca atrapados por la justicia.Me gustaría ser tango para abrazar a una hembra sin que las feministas quieran engancharme con un gancho de carnicero como a Mussolini, al que nunca se le recordará por haber puesto de moda la cabeza pelada.Tengo tantos tangos en mí que me avergüenzo cuando hablo porque me parece que va a surgir un bandoneón y tendré que aprender a bailarlo encima de un montón de cadáveres en playas perdidas y abordadas por desgraciados de la vida, en guerras olvidadas en África y en tantos lugares del mundo (¿qué habrá sido de Yemen?). Pero, bueno, che, si los reyes del petróleo que se visten como las mariconas de aquella célebre comedia de Ugo Tognazzi y Michel Serrault de 1987, “La cage aux folles” (La jaula de las locas) ya han permitido que las mujeres conduzcan automóviles, eso sí con el velo bien ajustado.

Claro, es que hay que invertir el dinero. Los reyes del petróleo es gente avispada. Desarrollan la industria del automóvil, que seguramente controlan, y todavía les queda para comprar armas y matar a los infieles. ¿Cómo? ¿Qué todavía no han encargado un tango para acompañar las lapidaciones, cortes de mano (no de manga, por favor) y otros castigos ejemplares.Me da mucha risa cuando me percato de que en Israel viven como cien mil argentinos y las autoridades, tan exquisitas ellas, quieren que haya por lo menos el doble. Me imagino un tango en Tel Aviv bailado por inmigrantes y coreado por chiquillos que tienen la misma edad que los que los norteamericanos meten en cárceles, debidamente esposados, claro, no vayan a ser que aterroricen al mundo. Pero como los policías yanquis tienen muy mala follá no saben lo que es un tango. Pobrecitos. Claro, que no me los imagino dar los pasos del baile más pasional que existe. Qué exquisitez una orquesta de tangos en plena faena mientras los especialistas del Ejército de Israel derrumban casillas hechas con cuatro ladrillos en Cisjordania o directamente en Gaza. Una especie de “Apocalypse Now”. Pero en lugar de la música de La Cabalgata de las Valkirias, aderezadas con ese cuerpo de ballet de helicópteros enfurecidos que nunca nadie logró repetir, tangos a toda voz como Adiós muchachos compañeros de mi vida, Mis Buenos Aires queridos y para terminar, cuando ya las paredes de las casas no son más que arena, Mano a mano. Ya sé, estoy loco, aunque mi médico habla de brote psicótico, creo, pero por qué negar la belleza. Coppola demostró que podías llorar de emoción viendo la carga de sus helicópteros acompañados por la música más añeja del mundo.Y como todo el mundo tiene derecho a su música, para los países africanos que creen firmemente que la guerra es mucho más linda que la paz, les recomendaríamos una partida de Village People. Prueben y estarán convencidos. He verificado pero no puedo averiguar en qué proporción aumentó la población gay cuando en 1977 aparecieron esos locos del ritmo y del buen gusto.

Pero sería la canción ideal para la selva salvaje. E incluso se podría agregar un coro de niños raptados por los combatientes como esclavos para corear “Hagamos la paz y no la guerra”.Lástima que no haya encontrado un tango selvático.Y mientras en Chile Pinochet se escapa de su tumba y como ave fénix manda callar a la gente a palos, balazos y todo lo que haya a mano, en Argentina ha triunfado el peronismo. Esperemos que no tengamos que volver a entonar aquella canción “No llores por mí Argentina”. Pero qué más da. Ya estamos acostumbrados a que la ropa del año pasado vuelva a llevarse la próxima temporada.

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