Generales sin uniforme

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cómo han pasado los años… Y han transcurrido apenas veinte desde que Fernando Gabeira, guapo diputado brasileño, el único verde de Brasil, que llegaba todas las mañanas al Parlamento en su bicicleta, y un servidor nos partíamos de risa con las cosas tan tremendas que contaba.Era un tremebundo contador y uno de esos luchadores por la libertad que entonces ya se dedicaba a tratar de salvar el medio ambiente porque en el frente todo estaba tranquilo. Reinaba entonces en Brasil Don Fernando Henrique Cardoso, Enrique el Hermoso que le llamaban las reporteras de Brasilia a las que se le caía la baba y Satanás sabe cuántas cosas más durante las conferencias de prensa. Los periodistas nacionales y extranjeros, entre los que no recuerdo ninguno que hubiese podido presentarse a un concurso de Mr. Mundo, le odiábamos por su guapura y su simpatía. No se enfadaba por nada y era amable como la señora que me vende a mí los vinos. Les hablo de un mundo muy diferente al de hoy. Si parece que fue anoche, pero en realidad hace ya veinte años y en la capital federal, tan extravagantemente bella y tan desconcertante, sin aceras y sin esquinas dignas de ese nombre, no se veía un militar ni por casualidad. Ahora, me cuenta una “garota” de aquellos tiempos que la capital federal está llena de uniformes. Los únicos que veíamos eran los de unos soldaditos muy monos que abrían paso en una aérea plataforma hasta la entrada de honor del Palacio Presidencial, Planalto. Pero creo que sus fusiles eran de mentirijilla. Cómo han pasado los años. De tener un presidente cultísimo como Cardoso, nada menos que profesor de la Sorbona, la de París, ya saben ustedes cuando Mayo del 68, los brasileños se han encontrado con un militar de rango inferior, teniente de reserva, Jair Bolsonaro, que preside Brasil como si fuera un cuartel. Eso es lo que dicen las malas lenguas, porque el hombre, aparte de ser amigo de Donald Trump, notable ambientalista, solo sueña con convertir la Amazonia en un lindo negocio de todo lo que puedan vender. Y hay que reconocerle que es un tío muy pícaro. Ya he visto artículos muy elogiosos, seguramente bien pagados, aunque el lector cree que no hay gente que gana mucho dinero contando mentiras en esos periódicos que ellos compran. Con cierta estupefacción he sabido que en el fondo es mentira que Amazonia sea el pulmón del mundo, es decir que tenga las reservas de oxígeno que todos necesitaremos para respirar. Y que posea las reservas de agua más pura del mundo.

Como testigo puedo contarles que estando yo en Brasil se armó un lío del carajo porque un diputado de izquierdas, amigo de Lula, el que fuera dos veces presidente y ahora se aburre en una cárcel adonde lo ha metido Bolsonaro, descubrió, con documentos en la mano, que Estados Unidos tenía planes para invadir Amazonia y quedarse con todas las reservas de agua en cuanto se sintiera la necesidad de hacerlo. Washington se escabullo de aquel lío como de tantos otros. Aunque no lo desmintió.

Pero, bueno, serán habladurías. Aunque estos norteamericanitos son un poco raros. Fíjense que en los tres años que anduve por allí todas las mañanas llegaba a Brasilia un enorme avión militar lleno de papel higiénico, agua potable y todo lo que se necesitaría para vivir en caso de emergencia nuclear. Los yanquis no se fiaban del papel de culo brasileño ni un tanto así.

El otro día, en televisión, vi una reunión de altos mandos militares en el palacio de Planalto en Brasilia. Qué penita me dio. Ni los ordenanzas llevaban uniforme. Todos estaban vestiditos con la elegancia de los notarios de Balzac. ¿Será –me pregunté—que a estos guerreros que probablemente hicieron lo suyo durante la dictadura militar que Brasil vivió muy a su pesar entre 1964 y 1985 les asusta que sepan que son militares? Seguramente están hartitos de tanto uniforme. Pobres hombres. Pero la verdad es que con los trajes nuevos parecían esperpénticos actores de pueblo. Pero, bueno.

Qué mundo tan diferente. A ratos, cuando los relentes del güisqui se han apagado, me pregunto si en el fondo el Presidente Jair Bolsonaro no se muestra tan activamente dañino porque tiene miedo. Pero, ¡si tiene a su lado, a sus órdenes, todo el ejército, y los batallones de los fieles de la poderosísima iglesia evangélica que por muy pobre que sean pagan religiosamente (no es una broma, claro) el diezmo del culto! Pues para mí que Bolsonaro no está seguro de que haya todavía jóvenes como los que en la época de la dictadura militar metieron en un buen lio a Brasil.Estados Unidos, con su generosidad habitual, estuvo ayudando a los insurrectos esos veintiún años de dictadura, bastante brutos los pobrecitos míos, mandándoles por correo urgente todos los consejeros militares que necesitaban. Ya saben, los consejeros militares inventados por los Estados Unidos suelen ser militares muy muy muy bestias encargados de enseñar a otros militares quizá tan brutos pero no tan duchos a la hora de martirizar a los prisioneros para que se quedaran calladitos.

Me pregunto si Bolsonaro, teniente, a sus órdenes, ¡Señor!, ¡Sí Señor!, no se acordará de aquel episodio que protagonizó precisamente el joven Fernando Gabeira, el diputado del que les hablé al comienzo y que hoy se dedica al periodismo. En la mañana del 4 de septiembre de 1969, en plena guerra sucia de la dictadura, el embajador de los Estados Unidos en Brasil, Charles Elbrick, salía de su residencia en Río de Janeiro a bordo de su Cadillac a prueba de bombas para dirigirse a su embajada, en el centro. Era tal la prepotencia yanqui, me contaba Gabeira, que el Cadillac ni siquiera llevaba escolta.Gabeira era el líder de un grupúsculo de jóvenes locos que querían luchar por la libertad con el nombre de Movimiento Revolucionario 8 de Outubro (MR8). Y sin pensarlo más de la cuenta interceptaron al impresionante Cadillac y se llevaron al embajador a punta de pistola, así como suena. Lo tuvieron escondido del 4 al 8 de septiembre de 1969. Naturalmente, la policía no tardó en localizarlos y allí volaron los tiros. Gabeira me contaba que escapó relativamente bien. Solo le pegaron un tiro pero que le hizo perder parte del estómago, un trozo de riñón y algún pedazo de los pulmones.Lo curioso es que no lo fusilaron. Únicamente lo deportaron con otros guerrilleros tan jóvenes como él – Gabeira andaba por los veintitantos años de edad–. Cuando acabó la dictadura y se produjo una amnistía general, Gabeira regresó con otros amigos y él se dedicó a la política, convirtiéndose en el único diputado del partido de los verdes.Si parece que fue anoche… Ignoro si ya en el Parlamento Gabeira y Bolsonaro se habrán dado alguna vez la mano, como en aquellas películas de la paz de los bravos.Y así se escribe la historia. Gabeira, lo veo en una foto, sigue con su fantástica sonrisa de aquí no ha pasado nada. Y supongo que a estas alturas el embajador de Estados Unidos ya llevará escolta porque no es cuestión de fiarse de esa canción que musita “Si parece que fue anoche que bailamos abrazados…”Por cierto, ya no se habla de los incendios en Amazonia. ¿Tan bien pagado estarán los que consiguen que la gente se preocupe más por la preparación del próximo carnaval de Rio?

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