Cuba, dólares y emergencias

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Recuerdo sin remordimientos que de niño disfrutaba del chocolate Milo, me enjabonaba con Palmolive, creía en los Reyes Magos y prefería los desayunos con huevos fritos, bacon, jugos y tostadas. Ni imaginar entonces que a los 14 años me seduciría la revolución y conocería lo que implica querer cambiar al mundo sin Milo, ni Palmolive, ni Reyes Magos, ni desayunos a la americana.

Sí, desafiar lo establecido tiene un alto precio, porque desde 1959, cuando todo comenzó, esta isla ha estado obligada a inventar, maniobrar, suponer, equivocarse y no cejar. Primero para sustituir todo lo que se importaba de Estados Unidos, que era casi todo, en medio de una especie de guerra a muerte que se mantiene. Descubrimos después esas alternativas de consumo que llegaron de los países socialistas de Europa del Este, con la Unión Soviética a la cabeza, mediante jabones de tocador sin olor ni envoltura, manteca de cocina en toneles de madera, perfumes siempre con repulsivo olor dulzón y confecciones sin prestancia. Cayó el socialismo europeo -único referente entonces de cómo organizar la vida de otra forma-, se supuso que la experiencia cubana tenía los días contados y comenzó a circular legalmente el dólar -“la moneda del enemigo”, le decíamos en jodedera- como parte de una primera reforma obligada por la circunstancias ante la rigidez estatista de la economía nacional, hasta que un buen día triunfó la revolución en Venezuela, comenzaron a cambiar las cosas en América Latina, nos sentimos más acompañados por nuestro entorno natural, y se detuvieron las reformas que apuntaban a disminuir con la creación de mini empresas privadas y cooperativas el omnipresente papel del Estado.

Todo lo anterior implicó casi 40 años y por lo menos tres generaciones involucradas en la práctica de repartir poco entre muchos, y sin saber cuándo se dio por terminada oficialmente la crisis de los años 90 –si es que terminó- no dimos de cabeza con la actual política de Donald Trump, empeñado en cortarle el agua y la luz a esta isla que insiste en ser distinta, mediante una persecución financiera sin precedentes en más de medio siglo de confrontación. Resultado: desde el miércoles 23 de octubre 40 mil pasajeros, incluidos lo que pretendían viajar a México o a la oriental ciudad cubana de Holguín , no podrán hacerlo por Cubana de Aviación, impedida por decisión de Trump de arrendar más aviones, como venía haciendo a fin de completar sus itinerarios. Y desde el lunes anterior corre-corre en todo el país para comprar en tiendas estatales, en dólares, productos de alta demanda, porque el Estado se quedó sin moneda fuerte para importarlos y acudió a esta medida de emergencia, coyuntural, puntal o como se le quiera llamar, mientras los economistas alertan de las sombras y las luces de una decisión que si bien satisface a muchos y busca recaudar las divisas convertibles que no hay con el propósito de satisfacer demanda y reinvertir en la industria nacional, ha convertido en más inservible que nunca al peso nacional y a ese invento “coyuntural” para borrar la fea imagen política del usd en circulación autorizada en los 90 que se llama peso cubano convertible, el cuc, que para colmo de paradojas se equipara al dólar estadunidense en muchas operaciones y ahora la gente se precipita a cambiarlo en el mercado negro por la moneda del enemigo, que se cotiza a 1.13 cuc (el cambio oficial se mantiene a 0.87 dólar por cuc).

Yo no sé cuánto más me quedará por ver, disfrutar o padecer, lo que sí sé es que volvemos a estar con el agua al cuello y espero que quienes mandan acaben de entender que respirar en el asedio solo será posible si se facilita una real liberación de las fuerzas productivas –no burocratizada como hasta ahora- , dejando a un lado el temor a perder poder político por admitir al sector privado y cooperativo como complemento del estatal, según manda la Constitución que acabamos de aprobar por mayoría.

 

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