Hola

Sergio Berrocal |Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Iba como siempre, con los párpados desabrochados de no ver más que la miseria de un mundo que se decía rico, y de pronto apareció el elegante mendigo al borde de la acera. Llevaba puesta su modista sonrisa de siempre, una sonrisa que Buñuel hubieses podido meter en alguna de sus películas. La sonrisa que tienen los que no tienen otra cosa. ¿Se han fijado como sonríen los pobres?Era un tipo alto, casi guapetón en la soledad de su condición y parecía haber rejuvenecido. Hacía muchos meses que no le veía. La última vez le dijo que le habían prometido un trabajillo. Pero ya con más de cuarenta años, los dientes carcomidos por la desgracia, aunque lucía un rostro agradable y hasta apacible, sabía que tendría que seguir viviendo. Lo único que le consolaba es que los resquicios de la droga los atendían en los hospitales donde todavía había gente de bata blanca con un corazón tremendo. Se agarró a su mano como si hubiese visto a Jesús atravesar el Mar Muerto en medio de camiones, dispuesto a abrazarlo. Pero los dos eran púdicos y quedaron a distancia prudente pero si se dieron un tremendo apretón de manos que valía todos los abrazos del mundo, sobre todo los de esta isla africana donde todo es mentira, aunque las palmadas en la espalda sean ruidosas. Los dos se conocían de vista hacía casi veinte años. Un día se acercó a él pero no le pidió un euro, ni dos euros. Le dijo que le iban a echar del hostal donde le alquilaban una habitación –por un precio módico –nunca la vio, no la quiso vivir, pero que era el paraíso para él—en la que resguardaba su dignidad y cuidaba el lastre que le había dejado la droga. Normalmente no debía de estar vivo, decían los médicos. Pero ya no se metía nada en el cuerpo que no fuese un vaso grande de café con leche cuando las cosas iban bien. Y hablaba de fútbol, siempre impecablemente y pobremente vestido, casi siempre con una chaqueta gris.

Fue la primera vez que le pago el hostal. Le dio unos billetes para que aguantara unos días. Más se gastaba él en güisqui y los hados de Zeus no le decían nada.Era un mendigo esplendoroso, que no mendigaba. A dos o tres personas que había conocido en la calle los obligaba a un donativo con una sonrisa inmortal a que le ayudaran a vivir unos días más en el hostal, porque aunque el frío en este fin del mundo era tenue siempre calaba los huesos.Estuvo un buen rato sin soltarle la mano, cuando las primeras veces apenas le tocaba por miedo a no se sabía que enfermedades. Pero ahora por primera vez sentía que era uno de los tantos que él se cruzaba todos los días por la calle, que buscaban un cobijo sin querer declararse pobre de espíritu. Le fastidiaba un poco su sonrisa, que él, que podía pagársela, no tenía. El que esperaba el billete de veinte euros –nada de monedillas—parecía haber vencido una cierta fatalidad y eso en el fondo le jodía. Porque era un señor.

Sabía que estaba condenado a más largo o corto plazo, porque las enfermedades se le acumulaban y no se curan con la inquietud de la pobreza, con la soledad de la pobreza, con el desprecio que en estos países muertos de hambre pero que comían lo suficiente para vivir con algo de engaño, se llevaba tanto. Cuando se lo contó, el otro, el “rico”, le dijo que a él le habían dado los médicos tres meses y dos días. Y eso porque uno de los doctores era amigo de farras.

Todo el mundo le teme a la pobreza porque sabe que es una cuestión de suerte, no de destino. Este hombre agradable cuya mano no soltaba, no había querido inclinar la cabeza y daba el pego. Cualquiera podía verlo luchar por la dignidad pobre oculta debajo de un cuidado peinado y, sobre todo, de una sonrisa que un día le hizo pensar, a mí también lo confieso, si el pobre de los veinte euros no sería Jesús o por lo menos uno de sus discípulos que el maestro había soltado en las calles de mierda para ver si había valido la pena quedarse crucificado en una cruz de bárbaros romanos sin la ayuda del puñetero padre.

Seguían dándose la mano con un pie en la calle, por donde los coches circulaban como si quisieran aplastarlos, porque la maldad es de los que conducen. Se dijo que nunca le había estrechado la mano a nadie tanto tiempo. Y para no seguir, porque en el fondo le molestaba tener sentimientos, ser un puto sentimental, sacó un billete nuevecito de veinte euros y el otro lo cogió con la otra mano como la cosa más natural del mundo. Cuando se perdió entre la imbecilidad de la gente pensó que habría estado bien darle un abrazo, bueno no, en realidad que le habría gustado estrechar su eterna chaqueta gris. Pero ya no sabía abrazar más que cuando algún cantamañanas le echaba las manos por encima para manifestarle algo que no sentía.Sí, le habría dado un abrazo poderoso, fuerte, largo como en una película de Fellini. Pero ya se había perdido. Por lo menos estaba vivo. La última vez no llevaba dinero y creyó que no le vería más. Porque parecía un tipo capaz de morirse sin pedir una limosnita por amor de Dios. Qué asco. Y Jesús sin venir. A menos que le hubiese pedido la puñetera chaqueta gris para darse una vuelta.

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