Si Gilda  hubiese leído Cenicienta…

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Empiezo a entender por qué tuve una infancia tan averiada. Sencillamente porque no leía cuentos de hadas clásicos que me hicieran pensar que un día podría romper el hechizo que me había convertido en un hijo bastardo y que podría ser conquistador y famoso. Y si no los leía era probablemente porque ya tenía una película en casa con un Coronel de protagonista o sencillamente porque me trataban con tanto mimo, un poco como a los tontitos, que lo más que leía eran unos comics para niños muy graciosos, con un pirata y poco más.Pero jamás de los jamases pasaron por mis ojos Caperucita Roja o Alicia en el país de las maravillas. Estudiaba con las monjas y tal vez consideraban que eran lecturas poco aceptables para un tipo tan sensible como yo. Porque eso sí, hasta que no descubrí el universo del cine, hacia los diez u once años supongo, no me enteré que había otro mundo, otros mundos, en los que uno podría entrar con esfuerzo y perseverancia. Y ahora entiendo por qué los jóvenes del venerable siglo XXI, sobre todos los del 2009, tienen más de gamberros y pandilleros que de románticos. Por qué les divierte más abrirle la cabeza a un amiguito de una pedrada que sentarse a leer cómo Cenicienta llegó a ser lo que fue, una advenediza que no dejó escapar la ocasión de casarse con un príncipe un poco cretino. Finalmente todo estaba en esos cuentos de la infancia, dice el profesor austriaco Bruno Bettelheim, que ya se murió llevándose a la tumba el secreto de su extravagante afirmación que deja perplejo. Y me temo que ya es muy tarde para aplicar las venerables conclusiones que este hombre dejó en “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”. Pero pese a mi enorme respeto por los chocolates suizos, la limpieza de sus calles y sus camas de ciertos hoteles de Berna que con monedas se convertían en un tiempo en una bacanal, me cuesta comprender como un psicoanalista, por pirado que pueda estar, se crea que hay niños tan cretinos para creerse que haciendo lo que él dice –leer los cuentos infantiles—llegarían a ser banqueros o capitanes de los Tercios.

Pero, bueno, hay que vivir de algo y no le dio asco escribir: “El cuento de hadas ofrece al niño la certidumbre de que algún día llegará a conquistar un reino. Aunque al niño le cueste imaginárselo y no pueda creerlo, el relato le asegura que fuerzas mágicas acudirán en su ayuda. Esto reaviva una esperanza que, sin esta fantasía, se extinguiría al contacto de la cruda realidad. Como el cuento de hadas promete al niño el tipo de victoria que anhela, es mucho más convincente, desde el punto de vista psicológico, que ninguna otra historia “realista”.

De niño, de joven, de mayor y ahora, sobre todo ahora, he conocido y conozco a personas un poco imbéciles, quizá de familia, capaces de creerse que los futbolistas son intelectuales desconocidos, menospreciados. Pero pensar que te vas a casar con una reina, con un rey o que la fortuna te la va a dar un hada maravillosa, es pura demencia, supongo que reconocida por todos los psiquiatras. Aunque me temo que algunos psiquiatras mamaron cuentos de esos. Y uno, en lugar de leerse veinte veces Cenicienta, Caperucita Roja y todos sus primos hermanos, iba al cine y disfrutaba con otras aventuras que nunca o casi nunca eran lo que podríamos llamar optimistas. A cambio había besos, achuchones, mujeres muy bellas, mientras en los cuentos, por muy bien que los haya hecho Walt Disney nunca nos sacaron a Rita Hayworth transformada en la perversa Gilda cantándole “Amado mío” al príncipe con el que luego se casaría. Claro que a la Rita su pareja (admirable Glenn Ford) le daba una bofetada que le quitaba el larguísimo guante negro de la mano derecha. Cosas de mal educados, alguien que probablemente tampoco leyó los cuentos de hadas. Claro que el libro del profesor Bettelheim tiene también un final de película:“Sea cual fuere la realidad, el niño que está habituado a escuchar muchos cuentos llega a imaginar y creer que su padre, por el amor que le profesa, está dispuesto a arriesgar su vida para ofrecerle el regalo que más anhela. Este niño cree también que es digno de tal entrega, porque está dispuesto, a su vez, a sacrificar su vida por amor hacia su padre”. Pobrecita Gilda. A ella tampoco le regalaban cuentos infantiles de pequeña. Como a mí.

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