Soledad

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Lo terrible no es estar solo sino sentirse solo. Puedes estar rodeado de gente, en el Metro, en el autobús, en una manifestación por la paz que nunca tendremos, y no tener a nadie a tu lado. ¿Cuántas veces has querido que te den un abrazo, en cualquier momento del día o de la noche? Y cuando te das cuenta, desesperado, te encuentras detrás del teclado de tu ordenador, tratando de comprender y de explicar por qué las cosas son como son y no como tú crees que deberían ser. Hay momento en que estás en una larga sala de espera de un hospital, porque ya vamos decayendo y de vez en cuando te tienen que hacer algún arreglo. Es una sala donde no hay más que esperanza y desesperación. Entonces alguien te dirige la palabra. Pero es para preguntarte si les puedes prestar el periódico. Desearías estar en Francia, donde todo el mundo entabla conversación sobre el tiempo, el que va a hacer, el que ha hecho y el que probablemente hará. Pero no te esperes a oír una voz agradable, agradable por la desesperación, que entienda que estás tan desesperado como él o como ella. Todos los que están sentados contra la pared esperan que alguien les dirija la palabra, les abra la vida de una  conversación por absurda que pueda ser. Qué más da. Lo importante es oír, sin siquiera escucharla, una voz para saber que todavía puedes hablar, que estás vivo, que tal vez salgas del túnel por tus pies, sin que te arrastren en una camilla.

Solo. Sin nadie. Sin esperanza. Porque la esperanza no la venden en el quiosco de la entrada. Sin nadie que te diga que sigues existiendo aunque tal vez el médico que te llame por la puerta amarilla te diga algo rápidamente, no tienen tiempo que perder, hay mucha gente, muchos enfermos, muchas esperanzas, y las esperanzas ocupan más sitio, que ya no necesitarás volver. Que te tomes los medicamentos y quizá para la primavera, si ves que todo va igual de mal, te das una vuelta por allí, pero no te olvides pedir cita, que las cosas no están para saltarse el reglamento. Y cuando te despide en la puerta, si no está muy cansado, hasta los cojones de no saber qué hacer con gente que no tiene cura, te recomendará que aproveches el tiempo que te queda. Y que si eres cristiano o budista o tangerino aproveches para rezar. Por lo menos te ocuparás la mente de esperanza.

Tú le habías dicho que te dolía el corazón desde hacía varias semanas, él echó una sonrisa canalla, con sus 70 años es probable que a él también el corazón se le parara a ratos. Y sonrió largamente, como si estuviese meditando, cuando en realidad contaba sus propias pulsaciones, acordándose quizá de aquella canción en que aquella rubia escarlata repetía que su hombre le había partido el corazón.

Sales a la calle. Hace sol y un vientecillo de frio. Una muchacha que no debe de conocer más que un cachito de la vida te sonríe, probablemente porque se ha dado cuenta de tu estado. Le devuelves la sonrisa y te entran ganas de invitarla a tomar algo en el bar de la esquina. Pero con las feministas nunca se sabe.

Cuando el taxi te ha dejado en tu destino, qué risa, como si hubiese destino, le pides que te lleve al aeropuerto. Llevas el pasaporte encima y tu tarjeta de crédito. Te has decidido a darle la sorpresa a ese amigo que de verdad te quiere, el único, pero que vive a 8.000 kilómetros de donde estás comprando el billete.

Cuando al día siguiente o no sabes cuándo, porque llegado un momento un avión es una esfera del tiempo que no cuenta, llegas tras el trasbordo a un taxi al domicilio del amigo, la casa está cerrada. Una vecina, es un país donde todavía hay vecinos, te cuenta que lo hospitalizaron hacía dos días. Te dice dónde. Vuelves a por otro taxi, que ahora cobran lo que le da la gana porque el capitalismo tonto de los antiguos revolucionarios que ya no lo son, tal vez porque esos a los que me refiero nunca lo fueron.

En el hospital, una muchacha de alargadas uñas vestidas de rojo, con ojos de querer enamorarse te contempla antes de darte el número de la habitación. Tu amigo está en coma. Y el médico, un colombiano simpático, te asegura que dentro de dos días ya no estará. Se habrá ido al cielo. Entonces te ríes porque con sus pecados, ese no iba al cielo ni recomendado por el Presidente. Le explicas al médico la causa de tu sonrisa y te sigue.

Dos días después asistes al entierro, en el más majestuoso cementerio que habías visto en tu vida. Pero solo. Bueno, hay dos personas más. Cuando he vuelto a mi casa, siempre se vuelve, porque en algún lugar hay que morir, y es más fácil hacerlo donde te conocen, ya no tomo el té negro de la ternura, el que me daba ganas de vivir. Y es que ya no tengo ganas de vivir. Y morir es complicado. He pensado en hartarme de todas las pastillas que se acumulan en la vida, pero una amiga médica, que casualmente es de las que van en las ambulancias y se juegan su honor por salvarte, me ha dicho tranquilamente que con un lavado de estómago se acabó el suicidio. Y que además te echarán una bronca por no haber acertado.

Ya no me queda desde mi terraza de mi isla africana que seguir viendo a los noruegos pasar en busca de sol baratito, baratito porque la crisis económica de Europa es una catástrofe y el sol está de saldo. Me dan ganas de tirarles las macetas, pero qué culpa tienen ellos si estoy en esta isla africana.

Después de haber dejado a mi amigo en aquel suntuoso cementerio de La Habana pegunté el camino de Sierra Maestra a otro amigo. Le dije que quería alquilar un caballo, o un mulo no muy revoltoso y comprarme una escopeta de caza para volver a hacer la Revolución.

Pegó tal risotada y durante tanto tiempo que se me quitaron las ganas de enmendarme. Entonces nos fuimos a su casa y nos hartamos de ron. Nunca fui a Sierra Maestra ni me hice guerrillero. Y sigo en la isla africana esperando que el corazón se parta de una puñetera vez.