La carga del Imperio británico
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando Errol Flynn cae muerto en el penúltimo plano de “La carga de la brigada ligera” parece como si hubiese sido el primer ministro británico Boris Johnson defendiendo de una forma muy particular y guerrera la salida de Gran Bretaña de Europa (el brexit), su aislamiento y su ruina. Porque las películas tienen esa virtud de a veces retratar situaciones reales e implacables. Actualmente, Gran Bretaña, que fue uno de los países más poderosos del mundo, con sus Imperios, sus chaquetas rojas valientes y resignadas a la muerte por el triunfo de la bandera, está a punto de convertirse en un país con muchos problemas al separarse de la Unión Europea. Y convertirse en la isla que siempre ha sido, con mal tiempo y peor humor. Últimamente con Boris Johnson y antes con la insoportable primera ministro Theresa May, los ingleses echaron toda la carne en el asador para seguir imponiendo sus cuatro voluntades al mundo entero. El orgullo es algo que todo inglés tiene antes de que lo conciban sus padres. Del mismo modo que Errol Flynn, oficial de su Majestad emplea los métodos más sucios para que la carga de la brigada ligera de la que él forma parte pueda devolver a Inglaterra todo el esplendor que tuvo antaño, cuando reinaba en la India y por donde una chaqueta roja pasaba se establecía el orden británico.

Cuando Flynn cae muerto después de haber atravesado con una lanza a su rival, jefe de una poderosa tribu, personalización de todos los enemigos del Imperio, es como el fin de la historia de la poderosa Inglaterra que quiso someter al mundo por los métodos más discutibles y sucios, y siempre con la violencia del más fuerte.

Da pena ver al actor que tan buenos ratos nos hizo pasar en esta película de Michael Curtis de 1936 caer desfigurado en tierras de Crimea ese fatídico 25 de octubre de 1854.

Una carga de la brigada ligera, compuesta por la élite del ejército, que tanta semejanza tiene con las cargas lanzadas una y otra vez, con la petulancia británica como lanza Theresa May primero y ahora Boris Johnson, que seguramente será el último en caer, aunque la historia no ha dicho todavía si clavará su lanza antes de perecer en el corazón de esa Unión Europea que no quiere ceder a los caprichos de un país que se creyó el amo del mundo.

Lo más espantoso de “La carga de la brigada ligera” como película es ver al habitual sonriente Errol Flynn demudado durante casi toda la película, como si realmente estuviese jugando con su lanza el Imperio que defiende.

Imagino con mi pensamiento totalitario que cuando ya la que se llamó Gran Bretaña se haya marchado de la Unión Europea (cómo lo habría disfrutado el Presidente-General Charles de Gaulle), a las nuevas generaciones de inglesitos les prohibirán ver “La carga de la brigada ligera” y otras tantas películas en las que el Imperio eran caballos preciosos, de película, montados por caballistas que cuando podían iban a bailar y a meterse bajo las faldas de la hija del gobernador de Jartúm o de donde fuera.

Los británicos han sido pródigos en hacerse publicidad en el cine, algo que le enseñaron probablemente los norteamericanos. Porque me imagino a un jovencito que no conozca más que el lugar donde vive ilustrando su memoria histórica con las mentirosas muchas veces películas que los norteamericanos rodaron sobre cómo salvaron al mundo, desde la inevitable “Casablanca” hasta el título que ustedes quieran. El pobrecito mío se hará una bandera norteamericana y hasta a lo mejor, que siempre hay que pensar en lo peor, se compra una foto de Donald Trump.

Ay, cine mío, cuanto nos has amado y engañado. Eres mujer. Quieres pero hieres. Pero nos has hecho reír, amar, odiar, ser valiente, ser cobarde, vestirnos de héroe, amar a las mujeres o a los hombres más bellos del universo que todo se perdona.

Hace 62 años tuve que tomar un barco en volandas en el puerto de Tánger, antigua ciudad internacional del norte de África, y había dos naves en el puerto. Una salía para Estados Unidos y otro para Francia. No quiero imaginar lo que habría ocurrido si tomo el que iba a un puerto yanqui. Quién sabe si no hubiese llegado a ser consejero de la Primera Dama de la Casa Blanca, la guapa claro. Pero Jesús, que siempre me tuvo una simpatía muy particular, me hizo subir en el carguero mixto que me llevaba a Marsella. Y Francia me amó como yo la he amado y la amo a ella, pese a los pesares.