Lejos del ganado

Mauricio Escuela

Vivimos tiempos de egoísmo en todo el mundo, nos ha apresado una idea de que solo el “sálvese quien pueda” funciona, como ocurrió con los tripulantes del Titanic. De hecho, las oportunidades que pululan en mi generación se escurren entre becas y viajecitos que premian no una obra, no un mérito, sino cierta habilidad, una malicia que nada tuvo que ver ni con la formación académica ni el tesón intelectual. Estamos, por así decirlo, de regreso a la era de las cavernas en términos de solidaridad y valores.

¿La culpa reside en los medios?, puede ser, ya que todos los canales comunicativos solo trasmiten ideas de éxito, donde vale cualquier cosa con tal de alcanzar lo que los presentadores llaman “tus sueños”, que suelen resumirse en dinero, una casa, un auto moderno y, si eres hombre, muchas amantes bellas. Así sucede desde la Gran Bretaña hasta México, pasando por nuestra islita caribeña que no escapa a los embates de esta vida posmoderna. Hay muy poca diferencia entre el show América Got talent y otros engendros como La Voz Kid o Nuestra Belleza Latina, donde un dizque zar de la moda, feo como un sijú platanero, ofende a delicadas muchachas porque las envidia y las llama gordas o narizonas o culonas.

Son tiempos malos, los reguetoneros protestan porque no logran colarse en los Grammy Latinos y amenazan con un boicot mediante sus conexiones con las disqueras y los dueños del poder que nos idiotizan. Son tiempos también de chantajes. Y mientras Osmel Souza, que así se llama ese cienfueguero autodenominado zar de la belleza, monta sus arrebatos en cámara, como si fuese una damita en celo, los cubanos alucinan ante las interminables temporadas de estos reallity shows, donde una jueza, Ana María Polo, grita y da martillazos en el estrado con una locura propia de quien jamás se acercó a una escuela de derecho ni leyó ningún clásico. “¡¿Tú sabes lo que eres?, un desgraciado, un mal marido, un hombre que debiera morirse!”, asegura la Polo en cada programa, sazonando a los invitados esporádicos, que llevan casos legales de lo más insólito, desde uno que cambió su mujer por una gallina hasta otro que se cree que es Elvis Presley.

En esta era todo está diseñado para la soledad, para que no amemos a nadie, incluso para sacarles, al odio y la alegría ante la desgracia ajena, ese jugo amargo del placer. Lo peor es que nuestros hijos crecen sin ver una ópera ni una buena película, sin leerse “El idiota” de Dostoievski ni acercarse a los poemas de Ezra Pound. Los cristianos dirían que llevamos la marca de la bestia, que sería en este caso el código de barras de las tarjetas electrónicas o algún tatuaje en el cuerpo, pero ni en los seguidores del buen Jesús debemos confiarnos, pues hay más de un engendro que se ha colado entre los cánticos celestiales y ahí está la infame Iglesia Universal del Reino de Dios, que plantea que quienes más dinero donen más seguro irán al cielo. Por cierto, su obispo Edir Macedo, acusado de mil fraudes y multimillonario, financió una ambiciosa producción fílmica donde lavó su imagen y que llegó a exhibirse incluso en nuestra Cuba. Una vez más, los medios dictan la mentira diaria, por encima de los principios.

Dicen que eso que sucede es lo normal, que se trata de la libertad, del reino del pluralismo, del resultado del ejercicio continuo del poder compartido. Y no faltan hasta quienes defiendan la existencia de shows donde se actúa al margen de la legalidad y se violan todos los límites éticos, como ocurre con el despreciable Ota Ola, un mediocre transformado por obra y gracia de la maldad en líder del alarido, la histeria, la fake new y la bajeza, quien también se autodenomina “rey de las redes sociales”. ¡Menuda manía con los términos monárquicos y las noblezas de último momento! Viendo a Ota Ola, uno termina creyendo en la existencia del infierno, aunque dude de si hay o no un cielo,  ¿cómo tanta gente decide condenarse en ese juego sucio?

Aldous Huxley tenía razón, en estos tiempos le llamarán felicidad a la tristeza y riqueza a la miseria, porque el mundo se ha resemantizado, cambiando los conceptos, apropiándose de nuestra capacidad de pensar. Y mientras voy a la biblioteca y busco un volumen de cuentos de Salinger para leer el fin de semana, noto que los anaqueles permanecen llenos de polvo, intactos, como si hiciera siglos que nadie los tocase. En cambio, al salir, un grupo de muchachos habla sobre la última pelea de perros y un can reposa en la acera con las marcas de dicho combate, tras haber despedazado a otro infeliz e inocente ser. Nada, es lo normal, más escándalo hay en verme a mí porque llevo un fajo de libros debajo del brazo, leo todo el tiempo, hablo poco y visto mal.

Llámenme pesimista, pero en este lago de amarguras a veces siento alivio cuando paso frente a los cementerios y leo, en alguna lápida o en el frontis, la palabra latina Pax (paz) y me alegro de saber que, al menos algún día, todo esto terminará.

Ahora voy a leer, un ejercicio que no se concibe y que, es consenso, no sirve ya para nada porque no impresiona a los jurados de los reallity shows ni le salta las lágrimas o la risa malvada a ninguna casera menopáusica y morbosa.

Los reto a que un día se separen del ganado, los estoy esperando.

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