¿Arde Amazonia, señor Presidente?

Sergio Berrocal

Éramos tan abundantemente, tan redomadamente felices y no sabíamos que un día no demasiado lejano, como quien dice a la vuelta de la esquina, nuestro mundo, en el que nos enfangábamos de felicidad hacía más de un año, podía irse al carajo. De la llegada, más que asombrosa, de un antiguo tornero de Sao Paulo a la elitista Presidencia de la República, les hablo de Lula, claro, donde permanecería dos mandatos haciendo las cosas bastante bien según los analistas, a la tempestad del desierto salido de ningún sitio, cuando los vientos se hicieron tempestad y cuando nadie podía ni imaginarlo, fuese elegido para Presidente un diputado casi desconocido –en tres años no me lo encontré ni una sola vez en los lujosos salones del Senado o del Parlamento–. Presidente, duro, puro y eminentemente extremista. Tanto que se convirtió rápidamente en amigo de su vecino de los Estados Unidos, Donald Trump. Era un antiguo teniente del Ejército, que había pasado años en un partido sin gran importancia pero con su titulo de diputado que en Brasil, la mayor superpotencia pobre del universo, cuenta un rato.

De pronto, las voces que tan izquierdistas son cuando la miseria aprieta, daban un viraje hacia la derecha más tremebundamente extremosa para convertir al ex militar Jair Bolsonaro en el primer Presidente realmente de extrema derecha de Brasil.

Yo ya estaba lejos de Brasilia, del restaurante donde nos reuníamos algunos periodistas, el Carpe Diem, y de todo lo que durante tres años había sido un paraíso mucho más bello que la muchacha de Ipanema.

Del sueño iniciado en 1997, cuando la Agencia France Presse me nombró director en Brasilia y cuando teníamos que vérnoslas con un Presidente brasileño que por su exquisitez parecía salido de un libro de Proust, profesor de la Sorbona, la de París, no de una de esas cosas que ahora imitan en los desiertos hartos de petróleo y que quieren darse postín. Fernando Henrique Cardoso, guapo, elegante, educado hasta el empalago. Dentro de la miseria de un país que siempre ha sido gobernado por los ricos, para su solo provecho, y donde los pobres siguen siendo millones y para toda la vida, todo parecía marchar medianamente bien. Salvo que Brasil, pese a las sonrisas cautivadoras del elegante Jefe de Estado, seguía dominado por los miserables, y no los de Victor Hugo, que se ganaban la vida como podían, vendiendo cartones y toda la basura de las administraciones con carricoches arrastrados por carros desvencijados. Más allá, en el nordeste, la prostitución ayudaba a vivir y se daba incluso el caso de padres que mandaban a sus hijos a buscarse la vida en los anocheceres cálidos de Fortaleza, la capital, o en cualquier lugar donde hubiese un turista.

Pero nosotros, los corresponsales extranjeros, encargados de contar lo que ocurría en aquel imperio con pies de trapo de los que no querían ni los traperos, vivíamos como pachás y no nos importaba tomar café en el Palacio de Planalto, sede presidencial, en Itamaraty, la bella construcción sin par inventada por Oscar Niemeyer, comunista de pura cepa que supo construir la ciudad que no volverá a existir, con salones perdidos en el espacio que parecían pasearse por el cielo. No era cuestión de estropear nuestros bellos mocasines europeos.

Confieso que pasábamos allí, en la opulencia de los más que ricos, más tiempo, que buscando temas en el vecino barrio pobre de Paranoa, sucursal de la pobreza pura y dura, donde en suelos de tierra y paredes de ladrillos mal ajustados subsistían los que esperaban que un día cambiarían las cosas porque para eso estaban las iglesias evangélicas que les pedían paciencia y que no olvidasen el diezmo, por favor.

Pero lo cierto es que de ese pueblo perdido en la desesperación salió un piscinero, obrero encargados de mantener convenientemente nuestras piscinas, que llegó a presentarse a unas elecciones locales. Y aunque el pobre se había comprado, Dios sabe con qué fatigas y trampas, un traje de raya diplomática que me enseñó con mucho orgullo temo que todavía siga con sus mangueras quitando el barro de las piscinas. Porque he olvidado decir que no lo eligieron ni sus vecinos, faltaría más. Un pobre diputado local.

Supongo que tantos años después, y con tantos cambios, los pastores evangélicos, que por cierto dieron un empujón decisivo en las elecciones para que Jair Bolsonaro, el teniente, llegase a Presidente, siguen jurando a sus feligreses que Jesús llegará un día de estos y arreglará las desigualdades. Y Jesús, el pobre mío, sin enterarse.

Mientras, el antiguo oficial se preparaba probablemente en un oscuro despacho del Senado o del Parlamento para dar el salto a la fama y ser el primer Presidente que se declaraba encantado de que la Amazonia arda porque así habrá más tierra cultivables. El mismo que afirma sin que se le caiga una pestaña que lo importante en Amazonia no son esas tontadas de que es el pulmón del mundo, en eso es tan incrédulo como su compadre Trump, sino que lo que se buscan son piedras preciosas. La verdad es que me extraña que no haya mencionado que el interés por ese medio millón de kilómetros cuadrados de selva está también, y mucho, en las plantas medicinales que los grandes laboratorios del mundo entero vigilan en busca del remedio universal.

Total, que antes de que los piadosos evangélicos ayudasen al teniente a ser amo de todo, Lula había dejado una buena impresión, que Bolsonaro se esfuerza por lo visto de borrar porque considera que todos esos que querían ayudar a los pobres no son más que una pandilla de rojos.

Y tiene probablemente razón. ¿Recuerdan aquellas campañas de prensa histéricas cuando empezó a arder Amazonia? Ya casi nadie se acuerda y se menciona solo cuando hay un hueco en el periódico que rellenar.

Bolsonaro el magnífico reina y quién sabe si en las próximas elecciones, cuando ya Amazonia sea un solar, no vuelven a elegirle. Con la bendición de esos curas cavernícolas que en Brasil dominan el espíritu de la gente porque les aseguran que un día serán sino ricos bastante agraciados en dineritos.

Confieso, me confieso y pido perdón, por haber sido tan feliz durante tres años en ese país de ensueño. Aunque lamento, así de pasada, que haya tanto pobre. Pero, si no los hubiese, ¿de qué diablos hubiésemos escrito? Ahora con la Amazonia a punto de ser destruida ya hubiese sido otra cosa. Pero está visto que no puede tenerse todo. Que Jesús me perdone. Y que pronto saque de la cárcel al exPresidente Lula, aunque me parece que ya le pasa como a los incendios de Amazonia, que lo están olvidando.

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