Cuba y los contrapesos

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Sin figurar entre los invitados, correteando como todos mis colegas de prensa extranjera detrás de la señal de la televisión estatal cubana, que con dos horas de retraso transmitía el 10 de octubre la sesión extraordinaria del parlamento, y sin quitar la vista del “Minuto a Minuto” con que Cubadebate informaba de la misma plenaria en la que Miguel Díaz-Canel estrenó el cargo de Presidente de la República y Esteban Lazo el de titular del Consejo de Estado (CE) y del legislativo, me iba haciendo preguntas, a la par que conformaba las dos notas que desde México me urgían enviar, porque ellos están habituados a cubrir en vivo lo que ocurre en su Congreso.

Que la tv transmitiera en forma diferida, quizá para editar lo que no se quiera que trascienda, lamentablemente va siendo una norma. No creo que esa práctica genere gran molestia entre la mayoría de los isleños, sin tiempo pienso yo para dedicarle muchas horas a seguir en detalle acontecimientos de ese tipo. Aquí las horas se evaporan entre encontrar un transporte para llegar al trabajo y adquirir en el mercado los básico a fin de seguir pa´lante. El dolor de cabeza es para los que tienen que informar más allá de la frontera compitiendo con minutos y segundos, aunque también este bendito oficio suele prepararlo a uno para todo. Más complejo me ha resultado entender –y aun no lo tengo todo claro- por qué la nueva estructura del liderazgo político cubano se abre a un Primer Secretario del Partido Comunista, a un presidente de la República, otro del CE y el parlamento, y a un primer ministro. Funciones que centralizó primero Fidel Castro y después su hermano Raúl. A partir del 10 de octubre quedaron definidos tres de esos liderazgos y Díaz-Canel deberá proponer en breve al primer ministro.

En este contexto de llegar a tiempo con mis notas y sin ánimo para ir al otro lado de lo evidente, recordé entonces que Ricardo Ronquillo me había dado sin yo pedirla, en el diario Juventud Rebelde, su interpretación de esta distribución, varias horas antes del comienzo de las sesiones y del corre-corre. “La que está por conformarse al más alto nivel y hacia la base de la nación -escribió Ronquillo-  será una estructura con una mejor definición de poderes que desde el primer vistazo apunta a acentuar los contrapesos políticos, en un período en que se profundiza la paulatina sustitución de las figuras históricas en el liderazgo y toman las riendas personalidades más jóvenes, que no acumularon la autoridad que ofreció la participación en la lucha antibatistiana. Ese equilibrio y diversidad de poderes, bien administrados, pueden favorecer una mejor proporcionalidad, ecuanimidad, armonía y balanza en la toma de decisiones, y a la larga cimentar la fortaleza e irreversibilidad del sistema institucional refrendado en la Constitución recientemente aprobada”.

Punto de vista este que hoy, mientras disfrutaba el último café que queda en el armario –también escasea-, me llevó de regreso a un voluminoso libro de testimonios de una periodista rusa leído hace algunos años, dirigido a profundizar en las causas de la desaparición de la Unión Soviética. El texto recoge decenas de testimonios de funcionarios del Kremlin, intelectuales, hombres y mujeres de a pie y dirigentes del Partido Comunista en niveles regional y de base, y concluye que si bien el PCUS tenía planes de contingencia para todo –desde una guerra internacional hasta una catástrofe natural mayúscula- nunca previó que el socialismo en el gigante euro-asiático podría ser desmontado desde arriba.

Es obvio que los fundadores del socialismo en Cuba conocen esa experiencia  y han tratado de adelantarse a lo imaginable a fin de que esa alternativa social trascienda y hasta ahora parece que el cronograma se cumple, a juzgar por lo que se aprecia, con transmisiones diferidas incluidas. No obstante, será el tiempo, el implacable, el que diga la última palabra.

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