Cuando Jesús visite a Lula

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Si Jesús el Nazareno volviese a aparecer por la tierra, tardarían dos semanas en juzgarlo y volverlo a crucificar.En mis tiempos, cuando yo vivía en Brasil, los pobres de solemnidad, gran parte de los brasileños, claro, estaban convencidos de que Jesucristo volverá un día a la Tierra para ajustar cuentas a todos esos canallas que propagan el hambre y la rabia de morir sin haber vivido.Lo decían enormes cartelones en la estación de autobuses de Brasilia y la gente se lo creía. Incluso yo volví a tener esperanzas en la humanidad. Pero estoy convencido, y no es porque ahora los brasileños tengan un Presidente convencido de que Amazonia sin árboles estaría más elegante y sería más rentable, de que Jesús no tendría tiempo ni de pronunciar un sermón. Nos pasamos la vida maldiciendo a lo maldito, creyendo o diciendo que creemos que un día no muy lejano, o lejano, qué más da, las mentiras no tienen límite, habrá justicia en la tierra, que seremos medianamente felices, que no nos perseguirán, que seremos libres de ser buena gente. Cuando veo las fotos del que fuera dos veces Presidente de Brasil en la cárcel donde le metió su sucesor, el teniente Jair Bolsonaro, me da risa. Se le ve de vez en cuando recibiendo visitas y hasta premios en un lugar que se supone es su prisión. Y la sorpresa es ver a un Lula aparentemente satisfecho, hasta ha engordado un poquito, recibiendo a sus ilustres visitantes con una sonrisa de lo más hollywoodense.

No he leído que a alguien le de asco ver esa representación de la mentira. Una sola vez en mi vida, allá por los años noventa y tanto, vi a unos presos en una de las cárceles más siniestras de Brasil y que, curiosamente, está en una de las calles más encantadoras de Río de Janeiro. Eran todos presos a vida, porque habían matado, descuartizado o cometido algún pecadillo que según se vea no son tan pecaminosos en un país donde el hambre y la desesperación te llevarían a cortar a cachitos a tu propia madre.

Y les aseguro que aquellos presos que yo vi detrás del papamóvil, donde les esperaba el Papa Juan Pablo II para una bendición, no era gente con la que yo hubiese tomado café. Eran tipos desesperados, aplastados por un sistema que no entendían por muy criminales que fueran. Y ahora veo a mi Lula sonreír – “es que le obligan”, me dice alguien que lo sabe todo—y hasta parecer feliz. Claro que debe de ser porque le dan premios y otras cositas, algo que probablemente no hubiese tenido de haber estado paseándose por su barrio de Sao Paulo.

Creo que si Jesús no va nunca a Brasil en plan de vengador, que falta haría no hay duda, es porque sabe cómo son las cárceles de ese país maravilloso. Y la verdad es que ni su papá, el que le dejó clavado en la cruz, tendría arrestos para hacerlo. No estamos hechos para la felicidad. Lula lo creyó –nos lo había dicho tantas veces cuando no era más que un diputado de la izquierda—y así le ha ido. Porque la gente no conoce de su leyenda más que fue dos veces Presidente de la República. ¿Pero tienen ustedes idea de lo que debió costarle a este antiguo tornero salir de la miseria natural en la que viven los pobres en Brasil, conseguir que aunque fuese medio analfabeto le diesen un puesto en el sindicato y hasta le dejasen expresar sus ideas pese a ese frenillo en la lengua que tan simpático le hace?

No me he fijado mucho pero creo que poco se ha dicho que en su primer intento para la Presidencia –porque después de todo era el único representante de la izquierda brasileña que podía intentarlo—lo noquearon sus adversarios ricos. Le sacaron en los periódicos una novia indebida, una querida vamos, y un aborto o algo parecido. Y como los brasileños son tan buena gente –imaginen que han elegido a Bolsonaro, un señor que no piensa más que en liquidar de un plumazo nada menos que la Amazonia, de la que depende el agua y el aire que un día no tendremos, rompieron la papeleta de Lula por sinvergüenza o algo parecido. A él le han hecho lo que le harían a Jesús si tuviese la peregrina idea de aparecer un día repartiendo la buena palabra en la estación de autobuses de Brasilia. Le han encerrado y cuando al Nerón de turno le de la gana lo soltará. Pero imagino que ya entonces Lula no sonreirá como ahora en las fotos de las visitas. Estará destrozado, viejo, y no se acordará ni de lo que es un torno.Me da tanta pena verlo con los encopetados señores que no se perderían una foto con el preso por nada del mundo que olvido que vivimos en un mundo no solamente de gente mala sino de imbéciles profesionales. En fin, no seamos tan negativos. A lo mejor Jesús baja de donde esté, o sube, que uno tampoco sabe, y va a darle al dos veces Presidente un cristiano abrazo en su cárcel modelo.

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