La libreta virgen

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Estaba en un cajón de mi mesa desde hace un millón de años, desde que yo decidí que mi vida de agustino periodista de la Agencia France Presse (AFP) se había acabado. Había decidido mi retirada mientras con otros corresponsales extranjeros en Brasilia (capital de Brasil, no lo olviden) rendíamos un homenaje alcoholizado a Lula, que todavía no había conseguido ser Presidente de la República (luego se desquitó por dos veces) pero tampoco se había tropezado con el Presidente Bolsonaro para que lo metiese en la cárcel… Días después vivimos una una crisis monumental monetaria, devaluación del prestigioso real, la moneda brasileña, tan monumental e inesperada (al presidente Fernando Henrique Cardoso le sorprendió en una playa del nordeste de donde lo sacó un helicóptero del Ejército) que tuvimos que trabajar a destajo y con lo poco que sabíamos de economía estábamos todos más que agotados. Aquella misma tarde, otro compañero y yo ingresaríamos en un hospital lujosísimo, es lo que se llevaba en la capital, adonde no acudían pobres porque no tenían tarjetas de crédito internacional, porque se sospecha que teníamos tocado el corazón por los vaivenes de la moneda. A mí me encerraron en una enorme habitación donde hubiese podido acoger a por lo menos a los cuarenta o cincuenta migrantes que lleva cada una de esas embarcaciones de refugiados que llegan habitualmente a esta isla africana mía en busca de comida y, sobre todo, de la libertad que se seca como los bañadores de los noruegos al sol de estas playas que no sirven para otra cosa. A ellos no les importa y tratan de no molestar a los bañistas que los miran con cierto asombro. Cuando llegó el momento en que la jefa de recursos humanos de la AFP decidió y me hizo saber que al día siguiente llegaría un avión con una tripulación médica para trasladarme a París y que allí me curarían (lo único que ella quería era evitar las enormes facturas de aquel hospital donde no me tomaban más que la tensión de vez en cuando), pegué un salto, me vestí y salí corriendo hacia mi oficina tras firmar el alta voluntaria.

No quería marcharme de Brasilia. ¿A quién diablos le gustaría irse del paraíso? Total que la libreta de notas que he encontrado es azulada, con la mención en la portada de Agence France Presse y la precisión de Note Book. Tiene unas cien hojas y por no sé qué casualidad está virgen.Quizá la estuve guardando para unas notas muy especiales que nunca tomé. Pero ya no me acuerdo por qué. Tal vez esperaba que Lula fuese Presidente. Y ahora que está en la cárcel… Bueno, Dios sabe. Ya que estamos debo confesar que a mí tomar notas siempre se me ha dado regular. He tenido más confianza en mi cerebro que en lo que anotaba. Y algunas veces, la maravillosa Any, corresponsal de Associated Press, cuya oficina estaba por encima de la mía, me tenía que ayudar a descifrar mis jeroglíficos. Aunque otras veces es cierto que yo también le servía de traductor a ella. Pero ese bloc azulado siempre me siguió de París a Madrid, a La Habana, a Colombia, a Brasil… Siempre inmaculado. Me parecía tan lindo que creía probablemente que necesitaba un periodista más ducho y más elegante para emborronarlo por primera vez. Algo así como una iniciación.

Ahora, ya fuera del circuito, hundido en lo que los optimistas llaman la jubilación, sigo escribiendo pero he dejado de tomar notas. Todo en la cabeza. Aunque no se lo crea ese magnífico profesor amigo mío de Navarra (la mejor facultad de periodismo de España) quien no me creía cuando yo le decía que tras mi jubilación no había conservado notas para inspirarme al escribir mis recuerdos. Creía que bromeaba. Bueno, no sé si ya estará muerto. Hace tiempo que no doy una conferencia en Pamplona. Espero que le vaya muy bien. Si vuelvo a verlo le hablaré de la libreta de notas azul. Y se la enseñaré. Virgen. Como debe ser.

Creo que le hará gracia.

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