Todos malqueridos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Muchas veces me he encontrado solo en el Metro de París, pero eran raros momentos, ratos en los que te dedicas a pensar en que no piensas. Lo terrible es encontrarse solo en tu medio, el lugar donde pasas la mayor parte de tu vida, en tu casa, donde se supone según todas las publicidades siniestras, que tienes que estar rodeado de calor, afecto, amor. Cuando eres más joven casi no tiene importancia. Entras, sales, tienes un montón de cosas que pensar y a veces apenas si te queda tiempo para decirles cuatro cosas a los niños y cruzar algunas palabras con tu mujer, si la tienes, que no siempre valen la pena. Pero hay multitudes. En París, frecuentaba una panadería en particular, aunque me cogía un poquito más lejos, porque la compra de una baguette daba lugar a medias conversaciones con alguna sonrisa, sobre todo de parte de la vendedora. Era una forma de no conocer la soledad, de estar en un círculo de gente viva. De aquellas baguetes, que en algunos momentos la dependienta envolvía pausadamente, ganando tiempo, han salido más de un amorío. En aquellos tiempos, años ochenta, en el metro de París se intercambiaban palabras, frases, incluso comienzos de charlas y más de una sonrisa. Salías a la calle y a veces el periodista de turno, el vendedor de periódicos, que tiene más derecho a llamarse periodista que los que escriben, porque al menos él lo ofrece y trata de venderlo, ni te hacía caso o se cruzaban esas palabras sagradas en París que se refieren al tiempo. Algo era algo. La soledad es una de las enfermedades que más se sufre en el siglo XXI. A veces ni en las escaleras o el ascensor que tanto frecuentas se cruza la menor palabra, ni siquiera una sonrisa de compromiso. Cuando has llegado al portal la impresión de soledad es apabullante. Entras en el café y puede que te salgas sin consumir porque nadie te hace caso.Vivimos en la época de la indiferencia. Nadie tiene importancia a los ojos de lo demás. Imagínense que en Europa han tenido que instaurar el día del abrazo, el día de la sonrisa. Yo, cuando veo una mesa petitoria, aunque sea en favor de la decapitación de los imbéciles, me acerco, doy algo y a cambio me llevo una sonrisa, por lo menos una media, y alguien me toca en el pecho, a veces es la mano delicada de una señora, para pegarme una banderita.

Odio a algunos de los personajes que figuran en mis artículos, y los maltrato, pero eso es pura literatura, no hay daños. Pero ya la gente se ve con el derecho de hacerte lo mismo en vivo y en directo. Te miran con cara de malas purgas o como mucho con esa indiferencia que es todavía más dañina.No nos queremos, y apenas en las familias, donde los besos de llegada o despedida se han convertido en un odioso lastre que trata de evitarse. Se guardan las apariencias en la calle, cuando alguien te pide fuego o el nombre de una avenida. Hay inclusos quienes aprovechan para intentar entablar el comienzo de una conversación, de una reflexión, que casi siempre falla, porque a nadie le interesas.

Los extranjeros dicen que los parisienses tienen mala leche, que son desagradables al máximo. Es cierto sobre todo cuando llueve. Pero en otras ciudades es el mismo trato, sobre todo ahora que se teme que cualquiera pueda darte un navajazo en lugar de pedirte el nombre de una tienda. La calle se ha vuelto una jungla. No hay la menor convivialidad. Y a veces, si alguien te contesta es porque es extranjero y necesita, con cuatro palabras, saber dónde está la parada del autobús. La gente no habla más que en la radio, donde imbéciles de todas las razas, de todas las categorías sociales se precipitan para participar telefónicamente en una emisión y decir cualquier estupidez que será celebrada con carcajadas por el presentador, un cretino obligado a serlo. Tengo incluso la idea de que estos individuos que se hacen los simpáticos durante el tiempo que dura su trabajo, cuatro, cinco horas, son formados en escuelas estajanovistas de imbecilidad agua norteamericana de los años 50. Y, además, saben que una mala risa para un mal chiste contado por un oyente puede costarle el puesto.

Quizá sea que no tengamos nada que decirnos. Porque a veces encuentras en un restaurante a una serie de personas sentadas alrededor de una mesa, y que se supone tienen alguna afinidad para haber escogido el mismo espacio, que sacan las sonrisas y las palabras con precaución, las gastan lo menos posible en espera de que llegue el plato y puedan meterse el tenedor en la boca y hacerse los mundos o callar para siempre. A menos que estén consultando sus importantes mensajes telefónicos.

El silencio del desamor. La indiferencia del desamor. Eso es lo que más se lleva esta temporada. A veces una cajera puede hablarte cinco o seis palabras mientras te da el cambio, pero es raro. Nos hemos vuelto antisociales. Y estoy seguro de que hay gente que va a la consulta del médico para contarle su vida entremezclada con síntomas de catarro nasal, un dolorcillo en el costado izquierdo.

Médicos que me merecen el mayor respeto me afirman que, efectivamente, mucha gente va a verlos porque sabe que allí alguien las escuchará, aunque sea solo un cuarto de ratito. Luego, con la receta o el informe en la mano, siempre podrás encontrar a un empleado del centro médico con el que seguir hablando pretextando una palabra que no entiendes.

Todo por no estar solo y mudo durante más tiempo.

 

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