Marilyn Monroe, rabia y amor

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hay días, todos, toditos todos, que no deberían tener ningún tipo de amanecer. Amanecer es el comienzo del fin. El comienzo de la guerra que se libra cada uno de nosotros para sobrevivir.La ves queriendo huir de la locura corriente, socialmente admisible, de la que se nadie escapa cuando tienes cuatro dedos de frente. Locura que a veces termina con un tiro, en la boca, nunca en un pie. Una parte de su vida de estrella consagrada, Marilyn Monroe la vivió en el letargo de no estar en ningún sitio, sino de vez en cuando en algún sanatorio mental para gente que podía pagárselo. Porque en Estados Unidos, como en el resto del mundo, los locos pobres no tienen adonde ir. En Europa, se han suprimido los manicomios. Ya no existe en la terminología médica más que brotes psicóticos. Pero Marilyn tenía una carrera, era una estrella, con sus altos y sus bajos, por lo cual necesitaba tratar de vencer esa locura que viene por ráfagas y te revuelca en la demencia más abominable. Aparentaba, se disfrazaba de ella misma, pero no de la loca, con sus sonrisas que nadie supo copiar, con el maquillaje, con todos los medios que tiene una mujer de cine. Porque en cierto momento había caído en desgracia, le pagan menos, la consideran menos, hasta se le fue el marido, aquel dramaturgo cuyo nombre no me da la gana pronunciar. Lo ves en un documental de una televisión que alguien ha sacado de un cajón no porque quisiera darle a Marilyn una posibilidad de explicarse sino porque no sabía qué poner aquella noche en la pantalla y a la gente siempre le gusta el morbo. Lo pasaban el documental a esa hora de la madrugada en que uno mismo se pregunta qué hace delante el televisor y por qué no ha tenido el valor de saltar por el balcón, por la terraza, la ventana, o lo que tenga a mano. O por qué no ha sido capaz de tomarse todo el contenido del estante reservado a los fármacos.

Marilyn sonríe con los labios mal pintados, pero el pelo impecable, rodeada de una jauría de esos periodistas que vivían de la carnaza fresca, aquella que en aquellos años gustaba tanto en Holywood, donde había periódicos especializados que contaban todas las maldades del mundo. MacCarthy no había pasado todavía por allí o quizá fue él quien inventó esa forma de derrotar a la gente a la que se quiere aplastar. Porque no se puede ser tan bella y famosa y que nadie quiera que desaparezcas, como en esos cuentos terribles en que la bruja pregunta al espejo quién es la más bella. Eso se llama envidia. La que le tenían a la actriz más singular que ha conocido el mundo. Marilyn rodeada de cámaras malhechoras, como ametralladoras, Marilyn en momentos de paz en los que escribe lindas y patéticas cartas. Porque era una de las pocas que sabía leer y escribir en un mundo donde solo bastaba contar billetes. Cartas que nadie leía probablemente. Yo las he leído muchos años después, cuando ya llevaba una buena temporada enterrada en las profundidades del olvido.

Marilyn loca de amor por un infame Presidente Kennedy, ese obseso, el mismo que estuvo a punto de organizar una bella guerra nuclear, que hubiese borrado a Cuba del mapa y a millones de cubanos que intentaban hacer una Revolución. Porque Marilyn era a su manera una mujer muy libre. Era mujer de hombres y adoraba a ese presidente hasta el que la llevaban a escondidas para que le dieran la satisfacción sexual que necesitaba para seguir probablemente hablando con Kruschev de la guerra o de la paz tal vez.

Porque dicen, lo cuentan, que Marilyn se moría por Kennedy y probablemente era falso. Ella lo único que quería es que la amaran de verdad, no entre dos achuchones en un sofá. Pero nosotros, los periodistas de los grandes medios internacionales, mundiales, convertimos a Kennedy en un héroe, porque son los que escriben los que inventan las leyendas. Un héroe cuando no era más que el hijo de una familia archimillonaria escogido para ser Presidente, porque así lo había dispuesto el padre de toda la familia, un nazi al que tuvieron que echar de Gran Bretaña donde ejercía de embajador de los Estados Unidos de América, cualquier cosa.

Pero a Marilyn le importaba un carajo. Aquel Presidente, aquel al que cantó en la Casa Blanca jugándose su reputación y más tarde su vida, era su amor. Capricho de mujer quizá, pero era así. Y Kennedy sabía que tenía a su disposición a la actriz más bonita, más inteligente que existió jamás en Hollywood. El padre-fundador de la extrema derecha francesa, Jean Marie Le Pen, que durante un tiempo, tiempo de mi París, presumía de que todos los hombres tienen, han tenido o tendrán un cáncer de próstata, decía que Marilyn parecía una camarera al lado de Brigitte Bardot, gloria de la Francia de De Gaulle que la comparaba con la importancia de las fábricas de automóviles francesas. Pero Le Pen siempre ha sido de una vulgaridad hasta cuando quería parecer distinguido gracia a sus millones.

Brigitte Bardot nunca fue Marilyn ni de lejos. Brigitte jugaba la vulgaridad inocente, la belleza perversa que pedía el público masculino francés. Marilyn fue única, sorprendente, extraordinaria, aunque sus primeras tarjetas de visita fueran desnudos en un calendario. Pero pronto impuso una personalidad, una forma de ser mujer que no se había visto todavía en la pantalla, con la aparente inocencia que lucía en su primera película importante, “Jungla de asfalto”, donde sus ojos en medio del humo del habano de su viejo y rico protector parecía prometerte el paraíso que no existe. Porque nada es verdad. Ni la religión ni las mujeres.

Y Marilyn, de plano en plano, con los ojos lleno de locura, expresiones de loca, procuraba volver a ser, no dejar de ser sobre todo el alma de un país sometido por el sexo prohibido. Pobre Marilyn, tan bella y tan frágil, tan enamorada y tan traicionada, tan vilipendiada cuando llegó el momento de echarla abajo como un viejo edificio de lujo ya pasado de moda. Y ella cantaba con aquella vocecilla que daban escalofríos “Feliz cumpleaños” a un Presidente ambicioso y poderoso, salido de una familia cuya única pasión era el poderío costase lo que costase. Pero ya ella estorbaba. Demasiada mujer para tan poco hombre.Pero la locura intermitente que todos llevamos dentro seguía, delante de chismosas cámaras pagadas para matar con palabras y chismes. La perseguían, la persiguieron hasta aquel día, el 5 de agosto de 1962, cuando la encontraron muerta. Aquella mañana que nunca debería haber asomado al horizonte y sobre todo haber entrado en su dormitorio. Marilyn había dejado de ser Marilyn, o la habían matado.

Quizá murió por haber amado demasiado, y porque siempre creyó que su Presidente podría salvarla. Cuando el 22 de noviembre de 1963 aquel hombre fue asesinado en su descapotable, algunos dijeron que había sido la venganza de la vida. Que quien a hierro mata a hierro muere.Nunca se supo nada más. Ni siquiera qué pudo ser de aquellas sábanas de la última noche de Marilyn Monroe en un mundo absurdo que no es

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