Por qué no fui Hemingway

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Ya he cumplido casi cincuenta años más de los que tenía Ernesto Hemingway cuando se suicidó el 2 de julio de 1961 en Ketchum, Idaho, un rincón de una Norteamérica que ni conozco ni tengo ganas de conocer.He pasado mi vida escribiendo y como él soy periodista. Hace mucho que dejé atrás los 62 años de edad (los mismos que tenía él cuando se mató) pero no he conseguido escribir nada que se le parezca a “El viejo y el mar” o a uno de los relatos más modestos que a sus comienzos, con 19 años, publicaba en el Kansas City Star. No es que ahora yo quiera hacer mi mea culpa, para que se rompan el pecho de risa, por no haber sido nada parecido a Hemingway, es simplemente que con todos los años que he vivido y escrito más que él no he llegado a nada que vaya a quedar en las librerías y nadie se jactará en la peluquería de haberme saludado bajo la lluvia en París. Ya sé que todos no somos iguales. Que no podemos ser todos genios, ni siquiera para cortar el pelo, pero tengo la impresión de haber perdido el tiempo, y eso que fui a la misma escuela que Hemingway, como decía un amigo mío cubano, gran periodista, a la UPC (Universidad de la Puta calle). Pero da un poco de vergüenza. Ni siquiera tuve nunca un león a tiro, ni vi el Kilimandjaro al lado de la mujer más bonita del mundo diciendo cosas encantadoras sobre la muerte, la vida y lo que queda, si es que queda algo.

Ni conduje una ambulancia en el frente italiano durante la Primera Guerra Mundial (1914) ni pude contar que pasé mi convalecencia cuidado por una enfermera norteamericana (un bomboncito), igualmente voluntaria, antes de seguir corriendo detrás de las aventuras.

Ni que las bombas que caían sobre Madrid durante la guerra civil española (1936-1939) tenían un perfume romántico que ni la MGM lo hubiese conseguido.

Y qué les cuento de la liberación de París. Él dijo, y todos lo creímos, que se adelantó a las tropas oficiales francesas para liberar la capital de Francia emborrachándose en el Hotel Ritz de París.

Ya, me dirá mi abogado defensor de oficio, porque mis cuartos no me dan para pagarme otro, es que cuando su escritor hizo todas aquellas cosas e incluso dicen que bailó con Marlene Dietrich que por todo traje llevaba un lujoso abrigo de pieles, usted sólo tenía seis añitos de edad. ¿No querría ser ya un héroe con esa edad?

Es verdad, si calculas la vida y las posibilidades de la vida con ese rigor matemático es cierto que Hemingway era ya un señor hecho y derecho mientras tú ni ibas a la escuela primaria. Pero, ¿por qué tuvo que ser así?

Aunque mucha de la gente de esta época maligna en la que vivimos y en la que no se lee nada porque te lo cuentan todo, pero leer ni los Evangelios, y menos cualquier libro de ese señor llamado Ernesto Hemingway, no se haya metido entre pecho y espalda cualquiera de las maravillas que escribió ese maldito yanqui, no hubo ningún otro escritor como él. Joyce, tal vez, pero bueno, fue el autor de “Ulises”, pero era irlandés, hombre callado por demás que nunca anduvo con leones ni quiso ser un héroe en todas las guerras que encontraba. Son cosas muy diferentes.

Con la ayuda de este abogado mío que no me cobra un centavo me doy cuenta de que no pude ser Hemingway, vamos ni acercarme a lo que hizo, o hacer algo de lo que escribió. Ustedes que no saben muy bien de quien les habló y que probablemente no han visto más que películas adaptadas de sus obras, si hoy alguien escribiera algo parecido, de lejos, de muy lejos a “El viejo y el mar”, la aparentemente sencillita historia de un viejo y acabado pescador cubano que es derrotado por la vida, le darían dos premios Nobel. Es cierto que a Hemingway le dieron uno, pero insuficiente, sin la menor duda.

A él se lo concedieron creo que en 1954, cuando todavía ese galardón valía algo, pero bueno…

Ustedes, gente de los años dos mil, gente hecha de plástico moldeado por la técnica y la falta de ilusión por la vida. No tienen idea lo que fue Hemingway y creo que aunque hayan leído algunas de sus portadas ya se acordarán más por sus aventuras amorosas, sus borracheras, sus daiquiris, sus mujeres enamoradas, tres por lo menos, nunca sabrían apreciarlo porque pertenece a una época en la que los hombres no tenían que huir de las feministas, eran más bien las feministas las que corrían detrás de ellos, y porque la vida, dicen, me cuentan, era otra cosa.

¿Cómo quiere usted leer ahora mismo a Hemingway, degustarlo, apreciarlo, cuando Donald Trump está todavía en la Casa Blanca, con tan poca gracia que tomarse un güisqui con Perrier parece hoy más sacrificio que satisfacción de vivir?

Acuérdense que Hemingway se pegó un tiro cuando el 2 de julio de 1961 decidió irse a buscar aventuras a otro mundo, lejos de la mediocridad de un FBI por el que él se creía perseguido, y por una administración fiscal que pensaba andaba detrás de él para no dejarle ni de qué comprarse un cartucho para el fusil con el que puso fin a todo.

Pero, en fin, si son valiente, sobre todo ustedes los más jóvenes, a los que el FBI todavía no busca por sus ideas subversivas, lean a Don Ernesto Hemingway. Y luego, cuando hayan           manoseado las páginas, no embutido en uno de esos aparatitos que ahora sirven para todo, creo que pronto hasta para hacer mayonesa, me lo cuentan. Podríamos ir a tomarnos un café juntos, aunque sea metido en una cajita de cartón.

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