José José confunde a Dios con un vendedor de vino

Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Un meme de Facebook me hizo reflexionar, era una foto del fallecido cantante José José entrando a las puertas del cielo mientras preguntaba: ¿aquí vive el hombre que transforma el agua en vino?  Más allá del humor negro, que se burla del alcoholismo que por poco destruye la carrera del artista y se lo lleva al otro mundo antes de tiempo, viene a mi mente la naturaleza nostálgica, trágica y a la vez cómica de ese sonido viejo que va en retirada, el de las voces cursis y las canciones simples que sonaban sin parar en las esquinas de los barrios pobres de Latinoamérica. Nos queremos parecer al rico, hemos construido una mentira, en ese empaque viene el producto Maluma y todo lo que se asemeja a dicho personaje: se trata del adagio de que con crudeza, violencia, trampas y groserías, el macho, que grita su reguetón, puede imponerse desde las junglas hambrientas del continente. Hace unas semanas se hizo viral, por cierto, un video del energúmeno Maluma llorando porque logró adquirir su primer avión privado (el titular dejaba caer que compraría incluso un segundo y así muchos más). Lo que sea que esté pasando, en este pedazo de mundo machista se van a bolina los Juan Gabriel, los José José, los Julio Iglesias y toda una caterva de líricos llorones, que encabezados por el carnavalesco Rafael llenaban el ambiente de un insoportable pesimismo de hombres cornudos y decepciones amorosas. Ya uno pasa por la esquina y solo oye el traqueteo sin forma del último reguetón, de cuya bazofia solo se entiende  a veces la frase “mueve tu culo” o algo así. Creo que la última generación que escuchó a los viejos fue la mía, aún de hecho recuerdo aquellos tiempos del servicio militar en que unos amigos solían hacer guardias en una solitaria garita, oyendo una y otra vez los llantos de la “Oreja de Van Gogh” o aquel tema tremendamente cursi: “qué lástima pero adiós, me despido de ti y me voy”. Por mi parte, solía amanecer empapado de rocío de la noche, tras una de esas faenas junto al fusil, y con un radiecito de pilas con canciones como “Sacrifice” de Elton John o “The wind of change” tocada con todo el estruendo de “Scorpion”. Eran tiempos cursis, pero uno lo que menos esperaba era hallar un disco con 20 supuestas canciones cuya letras se resumen en “mueve el culo” y estrofas compuestas de otras palabras como tra, tra, tra, pim, pam, pum, donde para colmo se tiene el descaro de anotar en los créditos a tanta gente como que si se tratase de la Novena Sinfonía interpretada por la Sinfónica de Berlín.

De aquellas guardias recuerdo al primer teniente (el grado más bajo en el ejército cubano) Julio Iglesias, un tipo de unos veinte y pico de años, bajito, muy delgado, con cara de niño, un ser entretenido al máximo que no tenía temple alguno para la vida militar. Para colmo llamarse como la estrella de la canción le añadía un toque más burlesco aún, en aquel mundo de hombres en uniformes y solemnidad. El chiste más socorrido para amenizar las noches aburridas consistía en llamarlo a la oficina central, dejándole recados de parte de su hijo Enrique Iglesias o de su amigo Marc Anthony. Una vez hicimos un muñeco con los colchones del albergue y lo vestimos de soldado, para que a la salida de la oficina, en mitad de la madrugada, Julio se lo encontrara colgado de un árbol, y diera el grito que dio, retumbando la alarma de aquella unidad militar en los confines de Santa Clara, donde el diablo dio las tres voces y nadie lo oyó.

No imagino ahora las guardias con un trap de fondo o con la canallesca de Maluma diciendo estupideces, mucho menos en medio de las palabrejas de Bad Bunny, a quien alguien le recomendó con acierto que se atendiera con un logopeda antes de querer cantar. Lo cierto es que, aunque jamás soporté a los llorones cantantes de la década prodigiosa y de las otras épocas, los prefiero antes que estos pandilleros que se adueñan de cifras millonarias de dinero por volver subnormales a los jóvenes de hoy. A lo mejor me equivoco y ya me estoy poniendo viejo, pero la música debe expresarnos algo positivo, aun cuando verse sobre cuernos, asesinatos, traiciones, como aquella que nos consuela con su estribillo “si tú quieres seremos amigos, a ella la quiero y a ti te he olvidado, no te aferres…” del nada viril Juan Gabriel, nuestro Michael Jackson de Ciudad Juárez.

La partida de José José, el que fue paloma por querer ser gavilán, marca un punto de inflexión en esta vida cotidiana de alienaciones donde no sabemos qué es la verdad y qué no. Aún esta mañana escuché algún vecino nostálgico con un disco completo a todo volumen, que me lanzaba la voz triste de ese que recién murió: “ya lo pasado, pasado, no me interesa el ayer, sé que sufrí y lloré, todo quedó en el ayer”. Antes odiaba esa canción, en extremo cursi, repleta de metáforas facilonas, pero ahora siento que una parte se me va, como si ya estuviera yéndome también al otro mundo. ¿Serán los años? ¿Tan rápido pasa la vida? Hasta ayer andaba yo por los pasillos de la facultad de periodismo, muchísimo más delgado, con mi melena a lo Paul McCartney mientras las amigas del aula me comparaban con el jovencito Justin Bieber. ¿Qué ha pasado?

Será quizás que los tristes, como José José, jugamos al final en el mismo campeonato y terminamos nuestra mejor etapa decepcionados, junto a la vida diluida en un vaso de alcohol o pidiendo una audiencia en el cielo, con ese hombre que convierte el agua en vino (lo cual para nosotros más que un milagro sería la prueba de que las ilusiones no se acaban con una vieja canción de la época de los artistas llorones).

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