La Revolución cubana en París

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Un montón de gente de mi generación – nos creíamos ganadores, ignorábamos que éramos perdedores natos – aprendimos a fumar (tabaco rubio) y a beber (güisqui) con las películas negras y otras menos negras norteamericanas. En la maravillosas Jungla de asfalto, la jovencísima Marilyn Monroe me enseñó que querer y poder nunca se conjugan. En el apartamento, Jack Lemmon, acababa por comprender que no hay nada más seguro que el fracaso. Y ya no le hablo de las crónicas callejeras con policías corruptos y detectives con alma de Blancanieves. La copa enla mano y el humo en los ojos orquestado por émulos de Nelson Ridler eran nuestros mandamientos. Ahora, ya no hay películas negras sólo de colorines donde se beatifica a los mascachicles y a los cocacoleros. Ya no está tan bien visto fumar y beber en el cine yanqui, aunque exista. Hasta el más desternillante y elegante héroe de dibujos animados Lucky Luke tuvo que dejar su eterno cigarrillo que le cambiaron por una brizna de hierba entre los labios.En los años sesenta, París era para nosotros una bañera de ilusiones. Fumábamos y bebíamos aquel güisqui que nos daba alas de libertad. Llegó la Revolución cubana y pensamos de nuevo en la esperanza. Y en los guateques demuchachas muy peinaditas y lavaditas con faldas de vichy y vestidos ceñidos en su caída como corolas de flores del bien que permitían todos los sueños, apareció el Cubalibre.Seguramente con retraso porque he leído que en Cuba lo introdujeron los soldados norteamericanos al terminar la guerra entre Estados Unidos y España. Ellos pusieron la cola y, por lo oído, los cubanos sacaron el ron. Una demostración más, dicho de paso, de que Estados Unidos no pierde nunca el hilo de los negocios.

Entonces pasábamos noches locas en los grandes hoteles de París en medio de desfiles de ropa íntima femenina y de mesas cargadas de caviar, salmón ahumado y champaña a gogo. Alguna que otra noche bailábamos con luces tamizadas en el piso de algún amigo y con el ritmo más lento del mundo, propio para dar alas a Francia en su carrera para ser el país con mayor número de nacimientos. Revolución cubana por medio, empezamos a ingerir

Cubalibre y fuimos felices. También es verdad que al mismo tiempo amábamos a John Fitzgerald Kennedy porsu estampa. Nos emocionaba aquello que decía o que decíanque dijo: No te preguntes lo que tu país ha hecho por ti sino lo que tú has hecho por tu país. Éramos indecentementedichosos, creíamos en la humanidad y ni siquiera nos percatábamos de que Kennedy también jugaba en el bando de los malos. Cosas de la juventud y quizá hasta del autolavado de cerebro que produce la bonanza del alma. En los años setenta seguíamos respetando los ritos delcine negro. Y fue entonces cuando tuve que convertirme en inventor.

Por aquellos felices años yo andaba de jefe de la Redacción latinoamericana de la tarde en la Agencia France Presse en París. Era el turno más angustioso porque al alud de noticias que caía a esa hora de Europa se unía el que recibíamos de nuestras corresponsalías latinoamericanas. Tenía a mi alrededor un magnífico equipo de periodistas.El mejor que podía existir. Lo malo es que algunos de sus componentes seguían tomando copas mientras tecleaban sus despachos, en una eterna humareda de cigarrillos broncos. Entonces aparecían al lado de sus máquinas deescribir inconfundibles medias botellas de ginebra que dejaban boquiabiertos (no sé si de admiración o de asco) a los demás periodistas de tres o cuatro nacionalidades que nos rodeaban en la gran sala de Redacción del tercer piso del edificio de la Place de la Bourse. Aquello de ser el centro de atención me preocupaba. La solución vino sola cuando una tarde de otoño me perdí en el sótano y me tropecé con una máquina distribuidora de Coca-Cola que acababan de instalar. Y se me iluminó el deseo de rescatar a mis compañeros del oprobio de ser considerados como los borrachines de la Redacción.

Les reuní alrededor de un café y les expuse mi plan, que aceptaron a regañadientes pero a sabiendas que yo podía ser más cabezón que ellos. A la tarde-noche siguiente, las botellas de ginebra fueron reemplazadas en las mesas de mis redactores por las inconfundibles botellitas de la famosa cola, ante el estupor del resto de los periodistas a Redacción. Algunos ingleses,franceses y hasta una alemana de la que siempre estuve enamorado aunque ella nunca lo supo, Hansy, no tardaron en acercarse con una sonrisa de decepción en los labios.

Al rato, y sotto voce, unos y otros me preguntaban por la redención de mis compañeros. Entonces le conté que les había convertido al refresco peliculero porque habíamos descubierto que era un afrodisíaco de lo más eficaz. Desde ese momento, la máquina de Coca-Cola no dio abasto. El secreto de la “conversión” era de mucho más prosaico.

Mis compañeros habían aceptado proveerse de botellas de refrescos y vaciarlas hasta dejar sólo un fondo suficiente para que la ginebra añadida no fuese visible. La ilusión óptica era perfecta. Así fue cómo inventé el Cubalibre con ginebra, con lo cual di a los ingleses, grandes consumidores ginebrinos y dicen incluso que la Reina Madre se conservaba en este transparente líquido, una razón más de tartamudear en español.

 

× ¿Cómo puedo ayudarte?