Un fango que apesta y un cine que huele muy bien

Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Uno tiene momentos en que solo el cine lo salva, son esos instantes en que cualquier libro representa un torturador viaje a través de dolores de otras épocas y personas, que atormentan a este lector atribulado por el mezquino ahora. Por eso vale sentarse delante del ordenador, buscar un film de culto lo más ajeno posible y ya la magia está hecha. “La favorita” es una de esas piezas que diluyen el presente banal mediante un exquisito juego cinematográfico, así hallé el sosiego en este pueblo español del siglo XVI, que no se ha movido de sitio ni de era, deviniendo una especie de monstruo. El film narra una historia de lesbianismo en la Inglaterra de la Reina Ana y nos refiere las interioridades del pink power en aquellos tiempos de pelucas, mosquetes, candelabros y lujos cortesanos. Un instante muy inglés para un provinciano aislado como yo, que poco tiene que ver con nada que se relacione con élites, intrigas ni puestos de codicia. Dos mujeres, bellísimas, rondan a la Reina, quien es un ser lleno de complejos, fea, sin ninguna sabiduría política ni deseos de gobernar. Por detrás de la trama se adivina un periodo en la historia inglesa donde la monarquía dejó de ser absoluta, para caer en manos de los chismes e intereses de la burguesía citadina y los terratenientes.

Pero un romance gay, lésbico, en la corte real no dejaba de ser un escándalo, uno que ya prefiguraba la de rollos que envolverían a los monarcas de la pérfida Albión en esta era posmoderna. De la Reina Ana no trascienden grandes cosas, solo que representaba la continuidad de la corona, luego de un intenso periodo inestable de revoluciones, dinastías que se agotaban e inseguridad entre fundar una república o seguir con el reino. En una escena asoma la cabeza el periodismo rosa, cuando una de las amantes amenaza a la monarca con revelar sus cartas eróticas al diario que dirigía Jonathan Swift. No se trataba de tiempos medievales en que todo valía, sino de una modernidad donde la imagen ya se posicionaba en directo y se volvía incluso peligrosa.

Todo ese aderezo chismográfico se vive desde el ojo de una cámara que se mueve como observando a través de una cerradura, cosa habitual en las cortes. También se fragmentan los espacios temporales a partir de relatos independientes, que se titulan con frases poderosas y a la vez repulsivas (por ejemplo: “Ese lodo apesta”). El mal olor del fango de las calles de Londres se debía a que el pueblo hacia allí sus necesidades, a lo cual llamaban “comentario político”, y ante esta develación no hice sino reír porque es obvio que se trata de una muestra del más fino humor inglés. Esos lobos de mar saben cómo construir una trama que lo tenga todo, de ahí que aún ahora, cuando ya no son un imperio, sigan pareciéndonos serenos, inteligentes y, faltara menos, muy cabrones.

Mientras veo “La favorita” recuerdo que en esos tiempos ya existía este poblado español y medieval en que vivo y seguro llegaban aquí los más severos comentarios contra los ingleses y su Reina. Hasta quizás se hablaba de la natura invertida de la soberana, una muestra de que “el demonio sexual” había poseído a los herejes. Más allá de eso, salta la diferencia de criterios en torno a la intimidad entre nosotros y los ingleses, ya que mientras para ellos en una alcoba se podía hacer de todo y que no saliera en los periódicos, para los hispanos hasta la más tierna intimidad resulta invadida por un espíritu de culpa que no nos deja vivir, herencia del catolicismo. Por eso el film resulta genial, porque le habla a nuestros prejuicios, a la visión que tenemos de la mujer y su fortaleza o debilidad, a esos pensamientos que llevan siglos en unas mentes detenidas.

Es proverbial la homosexualidad entre los ingleses, al punto que se les suele llamar anglicones (suena parecido a maricones), ¿sucederá esto debido a la excesiva hipocresía en que viven, metidos en sus casas bebiendo té? Como quiera, siempre la imagen de Sherlock Holmes, hipersensible, sin mujer, con su eterno compañero Watson, me pareció muy gay, casi icónica de la vida del reprimido. Ana vendría siendo un capítulo más en esa serie extraña que relaciona a los ingleses con el sexo y que tiene su mayor fetiche en Jack The Ripper, aficionado a destripar putas en lugar de penetrarlas.

Otras actrices, de bellezas contrapuestas (morena contra rubia, joven contra madura), encarnan a las favoritas en pugna por el deseo de la Reina, un puesto que garantizaba no solo influencia política, sino bienestar individual en un país regido por un sistema de castas, en el cual nadie podía saltarse la valla, so pena de morir. Emma Stone, la rubia, es de esas chicas que solo de mirarte trasmiten sensualidad y encarna un personaje que sufre la clásica trasmutación y que mueve la trama hacia un conflicto central, terminando ella por llevarse el favor de la Reina. Simplemente impecable.

El film llegó hasta mi laptop mediante un amigo cineasta, quien confundió a Emma Stone con Emma Watson y me aseguró que valía la pena ver a la bruja de Harry Potter desnuda. Pero no hay zonas explícitas, solo sugerencias corporales, lo cual envuelve la trama de un sensualismo lésbico excitante. Rachel Weisz, galardonada con un Premio de la Academia, encarna a la belleza morena, casi latina, que pierde la batalla por la cama de la Reina y es la esposa del Duque de Malborough (el famoso Mambrú) y que al final de la trama abandona Inglaterra, a pesar de la genialidad de su personaje que luchaba por alargar los conflictos continentales y la influencia de Londres en el mundo. Ella también, en su erotismo y crudeza de intereses, merece el elogio masculino, así como el de una crítica que se vio abrumada por su actuación. A estas bellezas las tendré en mi laptop mucho tiempo y seguro veré el film más de una vez, como sucedió con otras cintas como “Ojos bien cerrados”, a la cual no canso de buscarle interpretaciones.

El buen cine es capaz de competir con un libro y ganarle y no creo que haya una novela o biografía que me traigan mejor la era de la Reina Ana que este film. En las tardes aburridas de este pueblo español, en medio de una Cuba calma, no hay otra forma de pasar el tiempo que hundirnos en una trama que lo tiene todo.

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