La niña que habló con el cielo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Lo que cuentan los viejos periodistas, que ya no tienen nada que vender, suelen ser verdades, aunque a veces lo que te cuenten parezca imposible. La historia que ahora les voy a relatar la viví en mis propias carnes y todavía se me erizan los pelos cuando la recuerdo. Piensen lo que quieren pero les juro que no es más que la verdad. Ya no me queda tiempo para mentir. Anna tenía la gracia de la felicidad. Acurrucada a la incierta sombra del parasol sólo dejaba de hablar para tomar con dedos largos y finos una sardina recién salida del espeto. Por encima de la mesa, y a pocos metros, las olas siempre cansadas del Mediterráneo se arrastraban por la arena. Terminó vorazmente la última sardina de su plato, bebió larga y ansiosamente sangría fresca y suspiro saciada. La amiga que la acompañaba todas las mañanas al rito playero apoyó la barbilla sobre sus puños y esperó que siguiera contando. Anna se recreó en una sonrisa escapada de algún recuerdo y pasándose teatralmente la servilleta por sus labios pulposos cruzó las piernas a la oriental, una vieja manía de la infancia. Los ojos verdes que le comían una cara de casi virgen renacentista chisporrotearon cuando decidió continuar su relato. — Cuando mi papá murió (eso de fallecido es muy cursi) yo tenía seis años. Ya puedes imaginarte en qué estado se encontraba mi madre, que además no sabía cómo hacerme comprender que no volvería a ver más al único amor que tenía desde que nací. Pasaron los días y yo trataba de entender cómo mi papá, que tanto me quería, se atrevía (sí, creo que fue exactamente eso lo que pensé), a condenarme a la soledad. Una tarde en que mis lágrimas caían silenciosamente en el chocolate de la merienda, mi madre me explicó de pronto que mi papá estaba en el cielo, un lugar del que alguna vez yo oí hablar pero sin tener ninguna idea clara de lo que podía ser. ¿Y eso está muy lejos?

— Verás, Anna, el cielo está allí arriba, bueno, muy lejos, en medio de esas estrellas que tanto te gusta mirar… Como era muy bueno, a tu papá Dios se lo llevó con él. Aese lugar también le llaman el paraíso. El nos ve y desde allí nos protege.

— Entonces, ¿podemos ir a visitarlo? ¿Cuándo vamos? ¿Por qué no me lo dijiste antes?

— El caso es que es muy difícil, bueno imposible, llegar allí.

— ¿No puedo llamarle por teléfono? ¿Tienes su número?

— …Verás, no sé, bueno para de llorar, cariño, voy a tratar de encontrarlo… Unos minutos después, mi madre volvió al comedor con una sonrisa triunfante:

— Mira, aquí lo tengo, te lo he apuntado, pero como el cielo está tan lejos no puedes llamarle hasta esta noche…). Anna dejó vagar los ojos por las mesas que otros turistas

ocupaban a su alrededor. Los fijó fugazmente en un tipo de pelo corto y rostro muy moreno. A través de las gafas de miope vio unos ojos que le dijeron algo. No tuvo tiempo de proseguir su investigación porque su amiga reclamaba nuevamente su atención.

— Aquella noche, hacia las nueve, esperé a que mi madre saliese del salón y marqué el número de teléfono que llevaba en el trozo de papel. El teléfono al que llamaba sedescolgó casi en el mismo momento en que yo marcaba el número: Oiga, ¿es ahí el cielo? . Y rápidamente agregué:

Mire usted, señor, mi papá ha muerto hace poco y hoy mi mamá me ha dicho que está en el cielo. Querría hablar con él porque le echo mucho de menos. Mi mamá tambiénestá muy triste y a veces la veo llorar. Creo que nunca olvidaré la voz que consoló mi desasosiego.

Era templada y firme, daba confianza:

— Mira, hija, tu papá no puede ponerse en este momento pero sé que estará encantado de que le hayas llamado.

— ¿Cómo está mi papá?

— Muy bien, hace un rato estuvimos charlando y me habló de su hija, que debes de ser tú, ¿no?. Tú no le digas nada porque podría pensar que soy un cotilla, pero mecontó que te quiere mucho y que te añora un montón. Estoy seguro de que cualquier día de estos va a visitarte. Aunque ten en cuenta que aquí en el cielo son muy estrictos y no nos dejan salir así como así.

— ¿Pero sabe usted si piensa en mi?

— …Claro que piensa en ti. Me dijo que eras muy guapa aunque un poquillo travesilla…

— Bueno, sí, a veces no hago caso de lo que me dicen y además me paso mucho rato viendo la tele.

— Pese a todo eso, él te quiere mucho… La conversación terminó cuando aquella voz que para mí venía del cielo prometió que papá me llamaría…

La amiga estaba encantada con aquella historia tan enternecedora.

— ¿Nunca supiste quién te contestó en el cielo?.

Anna soltó una sonrisa con algo de nostalgia.

— Nunca. Cuando pude haber averiguado algo ya era mayor, el número de teléfono se me había olvidado y el tiempo me había calmado las ganas de desesperarme.

La amiga se ensimismó en la contemplación de las olas. El hombre de las gafas se había acercado a la mesa en compañía de un mozalbete mucho más joven, quien se

dirigió a ellas con una sonrisa de triunfador de playas:

— Perdonen, queríamos tomar una sangría pero no conocemos este chiringuito y como vemos que ustedes la tienen en la mesa, se nos ocurrió preguntarles…

— Esta suntuosamente rica – se apresuró a decir la amiga mientras con un gesto de sus brazos les invitaba a sentarse. Gestos y camarero hicieron que en pocos segundos aparecierandos enormes jarras de espeso color rojo. Al cabo de un rato, el gafitas dijo algo. Anna, que se había mantenido en una zona neutra delimitada por lassardinas y la sangría, se mordió unos dientes blancos y afilados e imperceptiblemente hizo un gesto a su amiga. Un montón de años después, acababa de reconocer la voz del cielo, pero ahora ya era mayorcita para saber que la esperanza no puede dejarse escapar. Para ser un adjunto del cielo, el tipo no estaba nada mal. Anna se encajó las gafas del sol – gesto que en ellaanunciaba una decisión irrevocable – y se prometió queestaba vez no se dejaría embaucar con promesas y que nunca más le colgarían el teléfono de la ilusión.

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