La mujer de Federico García Lorca

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

¿Y si Federico García Lorca, el más grande de los poetas españoles asesinado por los franquistas en 1936, a tiros, en una cuneta que jamás se encontró, no hubiese sido tan homosexual como pretendían sus enemigos, muchos de los cuales deseaban su muerte la más ignominiosa posible por no ser un macho como ellos? Leer a Lorca es pura exquisitez. Pero a mí lo que más me ha llamado la atención es que cuando habla de mujeres a veces pierde los pedales, como si la homosexualidad no fuese más que una leyenda o una parte de su ser: ¿Fue Lorca lo que hoy llamamos bisexual, uno de esos machos que no desdeñan a los hombres y que se ha puesto muy de moda en Europa este siglo? En este siglo XXI, hombres y mujeres muy jóvenes, apenas la edad de votar, se exhiben en la televisión presumiendo de esa bisexualidad. Declaran como quien pide un Martini, que no les importa nada meterse en la cama con un hombre o con una mujer. Da igual. Lo que sea más agradable, suelen alegar. Ni en tiempos de Anais Nim se oían esas “confesiones” amorosas que pueden tener mucho de exhibicionistas. A mí me cuesta mucho trabajo pensar que Lorca fuese solamente un homosexual. La homosexualidad, es conocido, fue una de las causas mayores por las que los militares franquistas, que eran lo más macho que había en la tierra, mandaron matarlo como a un gañán. Porque el poeta, ya conocidísimo y apreciadísimo, probablemente incluso por alguno que le dio el tiro de gracia, era muy respetado y pertenecía a una familia más que acomodada. Eran tiempos de guerra civil (1936-1939) en la que se mataban sin más a los que no tenían dónde caerse muertos. Pero se respetaba a la burguesía y a los más poderosos. Él gozaba de amistades más que importantes y todo el mundo le conocía en la Granada de su asesinato. Era una personalidad en el mundo de las letras pero igualmente en la sociedad que es lo que más respetaban los uniformados. Se sabía que en la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde estuvo un tiempo, frecuentaba a personajes como Luis Buñuel o Salvador Dalí, gente de bien y respetada, había tenido relaciones con hombres o eso es lo que pretenden algunos biógrafos. Aunque Dalí pertenecía a una familia muy rígida de Cataluña, su padre era notario, terminó su vida con una mujer muy conocida en el ambiente artístico de París, Gala. Muchos, muchísimos eruditos pretenden que fue su gran amor. Estuvieron hasta el último momento de vida inseparablemente juntos.

Pero tampoco se esconde que el poeta y el pintor mantuvieron un idilio que dio mucho que hablar en la Residencia de Estudiantes, donde ambos vivieron cierto tiempo.

Pero cuando se leen sus obras se llega a dudar que un hombre como él que habla en algunos de sus poemas con la precisión sexual y enamoradiza pudiese ser un señorito homosexual.

Algunos de sus versos dan que pensar. En Preciosa y el aire, escribe:

“Niña, deja que levante

Tu vestido para verte.

Abre en mis dedos antiguos la rosa azul de tu vientre”.

Otro ejemplo del Romancero gitano:

“Émbolos y muslos juegan

Bajo las nubes paradas.

Alrededor de Thamar

Gritan vírgenes gitanas

Y otras recogen las gotas

De su flor martirizada. Paños blancos, enrojecen

En las alcobas cerradas.

Rumores de tibia aurora

Pámpanos y peces cambian,”.

Pero adonde ya parecen disiparse toda las dudas es en la más bella de sus composiciones. Esta, no les digo el título, ya la reconocerán.

“Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río”.

Hay pocos autores capaces de darle a la sexualidad estas cartas de nobleza.

“Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.”

Y a partir de aquí es el macho cabrío roto del furor del deseo que no puede aguantarse más.

“Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.”

El poeta parece volverse loco. No hay intención literaria, parece un auténtico revolcón amoroso entre un hombre y una mujer:

“Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.”

Y termina casi con un suspiro que no se le escapa del pecho sino de la bragueta;

“No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.”

Cabe la posibilidad de que escribiese esos versos, de lo más bello que existen pobre el amor carnal para disimular su condición de homosexual. Pero parece poco improbable porque es de una tal emoción que parece difícil fingir. Estos trozos de verso no pueden salir de alguien que no haya sentido realmente y fuertemente los muslos de una mujer entre las manos: “Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.”

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