Piñacera entre leones y perros

Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Uno ya tiene cierta edad y comienza a sentir por los demás. El egoísmo pertenece por entero a una juventud gozosa que no se abandona a sí misma y vive cada segundo al máximo. La segunda etapa de la existencia trae otras cosas, como la vergüenza ajena, eso que nos viene a la mente cuando vemos a otros haciendo algo en extremo desagradable, ridículo. Presencié recientemente en la red social Facebook el más actualizado ring de boxeadores amateurs cubanos, compuesto mayormente por peloteros de los equipos de las provincias de La Habana y Holguín. Sí, los integrantes de ambas novenas de baseball salieron al campo a comerse vivos unos a otros, practicando deportes de combate que le dejaron el rostro ensangrentado a más de uno.  El video, que ya se hizo viral entre los facebookeros, nos trae otros malos recuerdos de enfrentamientos entre esos mismos equipos y más, en los predios de un juego televisado a estadio lleno. La vergüenza ajena vino cuando vi bates y cascos que golpeaban a los cuerpos, gestos groseros, palabras inmensas que se adivinan en el audio en off de las cámaras, rostros repletos de odio. ¿De dónde sale tanta rabia? El deporte nacional ha tenido a figuras de una ética intachable, a la vez que una carrera brillante, y eso fue en los mejores momentos, cuando las novenas sí sostenían una fortísima rivalidad entre sí o si no recordemos los clásicos Industriales vs Azucareros. Los mismos que se enfrentaban mediante la técnica deportiva luego unían sus esfuerzos bajo la bandera cubana cuando iban a los eventos mundiales. Eran buenos tiempos.

Ahora no sólo en el estadio sino en muchos espacios, uno ve que la violencia queda sublimada, junto a posiciones machistas. Una madre que nos pasa por delante le agita el bracito a su hijo y le dice que “él es hombre y no se puede quedar dado”. Por suerte, en Cuba es ilegal la posesión de armas, blancas y de fuego. Con enseñanzas como esas, cualquier chico se siente con potestad para llevar adelante hasta las últimas consecuencias una agresión, sin medir el daño real que hace. Hoy los peloteros tienen menos edad que yo, rondan los 19 y los 24 años, y eran unos críos cuando yo cursaba el preuniversitario y la facultad de periodismo. Los vi a algunos más de una vez formarse como “hombres” en un machismo callejero que roza el peligro y finalmente ingresar a las nóminas deportivas, sin que la ética de esa profesión les entrase.

El odio en la pelota cubana nunca ha existido, ni siquiera entre jugadores individuales que luchaban por un mismo lauro en alguna de las especialidades del deporte. Ahora, al parecer, los pitchers le lanzan pelotazos adrede a los bateadores, buscando sacarlos de la temporada, a la vez que estos últimos toman venganza obviando los reglamentos en el campo y la decencia de comportarse como ciudadanos y no como “hombrecitos ofendidos en su honra carcelaria y machista”. Lo más triste es que estos espectáculos vienen sucediendo desde hace una década, en lo personal me desagradó saber de cierto director de equipo que se abalanzó sobre un periodista, por el simple hecho de ejercer el criterio. Eso dijo mucho y fue una premonición de cosas peores.

Antes, cuando las mascotas de las novenas eran puñados de arroz y hojas de naranja, eran más los choteos que las amenazas, más las risas que los golpes. No le echo la culpa a los animales que hoy denominan a los equipos (leones por la Habana y perros por Holguín), aunque sí abogo para que los profesionales del deporte se comporten como personas. Mayor efectividad no es más fuerza bruta, ni hombría significa retar al otro a un duelo de golpes con el bate. Lo peor es que, concluido el incidente, todos estaban preocupados por la decisión de la Comisión Nacional de Baseball, nadie por el pésimo ejemplo que se le había dado a la adolescencia y la juventud actuales.

Una ética que impacta en un público que ya no goza como antes sino que gusta de lanzarles improperios a los jugadores, al punto en que la presencia de la policía en los estadios es ya indispensable. Ni siquiera cuando a fines de la década del 90, Santiago de Cuba era una aplanadora que borraba del mapa a sus rivales, se oyeron las barbaridades que hoy suenan en los terrenos deportivos. Recuerdo con gracia cierto juego entre orientales y villaclareños, donde un espectador le decía al pitcher: “dale fulano, poncha a esa naranja” en referencia a la mascota del contrario. O aquel “remolca remolcador” que  gritaba un fan en una final cuando bateaba el estelar Ariel Borrero.

Los muchachos de hoy prefieren el futbol y tienden a ver la pelota como un pasatiempo venido a menos, sin las luces del Bernabéu ni las chorradas de los narradores españoles, pero con educación todo podría retornar a su sitio. Está bien que se caldeen los ánimos, pero no al punto de convertirlo todo en un espectáculo o reallity show. Por otro lado, si bien en decadencia, el deporte nacional de Cuba merece respeto, en memoria de los grandes momentos que nos hizo vivir a todos.

No obstante, los peloteros-boxeadores serán sancionados, pasará el tiempo, una madre irá por la calle agitando la violencia de su pequeño y, si nadie ataja, en unos años tendremos otro más que tira el casco y le pega con el bate a un compañero. Sísifo, el personaje mitológico que alzaba la misma piedra sin parar, también juega baseball.

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