Caracoles cubanos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Extraño mundo el que circula por una prensa extraña que corre por los teléfonos móviles, y que no es prensa ni es nada sino fantochadas de una noche de invierno. Quieres que los cubanos coman gigantescos caracoles para paliar la falta de otros alimentos. Pero, ¿por qué no se reparten por toda La Habana langostas de las que está lleno y repleto el mar Caribe? ¿U ostras? ¿Es que no hay otras en el mar Caribe? Para los señoritos del mundo de los ricos-pobres que somos los europeos, los caracoles, chiquitos, adorables, hermafroditas, con sus cuernecitos de peluche, son un manjar. En Francia los comemos mucho, los degustamos. Hay haciendas dedicadas al cultivo del caracol, que se crían en frondosas y gozosas hojas de ensalada y otras verduras. Recuerdo cuando en mi casa los comíamos al horno, con una mijita de mantequilla y unos granitos de perejil. Era un manjar. ¿Y por qué los cubanos no comen ostras por ejemplo? Están rodeados de mar y las ostras, las de las perlas maravillosas de Aladino, son el manjar más delicioso, manjar de dioses. En una playa perdida en las profundidades de una arena bronca de Bélgica recuerdo haberlas tragado desesperadamente, hermosas como filetes de vaca suiza, con cerveza Vieux Temps. Lo que sucede con los caracoles cubanos es que el mundo se está derritiendo. Ya no sabemos lo que inventar para destruirlo todo. Pero, ¿por qué la gente se empeña en que Donald Trump está destruyendo el planeta? Ya lo hacemos muy bien, muy requetebién, los que no tenemos ningún poder, con nuestras estupideces que además se escriben en esos “periódicos” de teléfonos y la gente, incluso los que no pueden porque no saben, lo leen y lo creen. Hemos inventado un mundo para que todo el mundo crea lo que unos y otros quieren.

Les escribo, por si quieren encontrarme, desde una isla africana donde muy cerca, en Córdoba, la española, no la de los argentinos, se comen caracoles en su jugo. Se beben vasos de caracoles y luego se arrancan a mordiscos. Un vinillo blanco por encima y los tontos son felices. En ese pueblo de califas y concubinas de otros tiempos no hay ostras o por lo menos yo no las he visto. Esos bichos que se tragan vivos y que juegan con tu estómago una vez que los has tragado.

Y con tanto mar, ¿por qué los haitianos no comen a saciedad? ¿No tienen ni caracoles? Pero, bueno, ¿adónde vamos a parar? A ninguna parte, porque lo esencial es no ir a ningún sitio. ¿Creen ustedes realmente que en Washington DC están muy preocupados con mis teorías sobre los caracoles, ostras y otras suculentas langostas verdes, son las de aguas frías, me avisan, pero las de Cuba yo las he probado y puedo asegurarles que son preferibles al pollo, cien mil veces más ricas.

Nada preocupa a nadie más que a los que lo padecen y están tan acostumbrados, tan puñeteramente acostumbrados, que ya da igual. “¿El señor tomará de postre un helado? ¿De fresa o chocolate?” Vida espantosa donde no hay más que dos clases sociales, los que se hinchan comiendo y los que tienen que ir corriendo por las calles en busca de comida. En Europa, cosa que yo sólo había visto en Brasil, ya hay mucha gente que con nocturnidad y alevosía registran los cubos de basura en busca de algo que llevarse a la boca. Ya les gustaría tener caracoles jugosos, con una mijita de salsa picante.

Son reflexiones de una mañana de comienzo de otoño largo y estúpido en países donde los caracoles no son un remedio contra el hambre sino un manjar solo para gente con medios.¿Será que nos estamos volviendo todos locos? ¿Será que ya no hay remedio a la locura de la estupidez engarzada en un teléfono portátil que lo mismo te da una receta de caracoles gigantes que de patatas envueltas en salsa verde?

Volvámonos locos y oremos, hermanos.

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