Hemingway y los pimientos fritos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Ya no leo a Ernest Hemingway ni siquiera en la suntuosa edición de La Pléiade que una editorial francesa dedica a los más grandes, con papel biblia que dan ganas de rezar por lo menos un padrenuestro cuando lo abres. Soy un presuntuoso. Por mucho que leyese a Hemingway en ese mausoleo no iba a aprender nada más. Porque ya está todo aprendido. Y a partir de un momento no quedan más que los recuerdos. Mirando al horizonte que parece anunciar un otoño tontorrón, cuando el calor quema viva a esta isla africana no estaba pensando en Hemingway ni en La Pléiade sino en un plato de pimientos verdes andaluces fritos con mucho aceite y más prohibiciones médicas. Hacía tiempo que no lo comía y esta tarde terminé el resto, frío, claro, que quedaba en un rincón, con pan medio negro y aceite de oliva. Es un manjar. Y nunca me había dado cuenta. Pero desde que he entrado en mis 80 años, que huelen bien, con ese dibujo que forma como un jardín de Versalles en una tarde de primavera, quizá veo las cosas distintas. Quizá hasta deje de ser presumido y comprenda por fin que los pimientos fritos pueden valer un capítulo de Hemingway. Bromeo, claro, aunque no sé si a él le hubiesen gustado. Probable porque pasó largas temporadas en España, pero con señoritos vestidos de matadores de toros, caballos de lujo, tendidos de plaza de toros donde una bota llena de vino tinto valía un imperio. Creo que realmente Hemingway fue un señorito, el yate, el Pilar, la Finca Vigía y todas esas cosas. Tuvo hasta un lugar perfecto para hacerle el último corte de mangas a la vida. Pero no estoy seguro que probara mis pimientos.

Que fuera más o menos chulo no lo discuto. Imagínate que Life, aquella revista por la que cualquier periodista del mundo hubiese donado un riñón, y que tú seas el protagonista absoluto, con tu novela El viejo y el mar publicada íntegramente en el mismo número. Nunca se había visto nada semejante. Y todavía eras joven para el triunfo. Y lo gozas como se podía gozar pasando las páginas de Life con sus portadas desiguales pero que llevaban al paraíso de la fama.

En el fondo, Berrocal, eres un puñetero envidioso. Hubieras dado tu vida por haber tenido el honor de esa publicación fuera de serie. Hasta hubieses hecho un pacto con el diablo y con la escopeta.

Era mucho Hemingway. Pero, créanme, y no es por hacerles de menos, los pimientos fritos de los que les he hablado no los comerán ustedes en ningún lugar fuera de mi isla. La edición de La Pléiade se puede encontrar fácilmente en París a condición de pagar la barbaridad que cuesta par algo que finalmente no son más que palabras cosidas en un momento en que Jesús guiaba las teclas de tu máquina de escribir.

Pero todo se va al carajo, inexorablemente. Llegarán tiempos, ya casi han llegado, en que la gente no sepa quién era Hemingway, en que la bestialidad humana no sepa que desde Ulises se escribieron obras maestras que realmente sí que valían mis pimientos fritos. Pero imaginen que los grandes de este mundo, y el más grande de todos, el que con dos frases cortas tipo anuncio televisivo pueden hacer desaparecer un país con todos sus habitantes, pueden hacer desaparecer lo que le de la gana. ¿A quién puñetas les va a interesar Hemingway o mis pimientos fritos?

Ya sé, he tenido un mal día, una asquerosidad de día. De esos en que no querrías levantarte

nunca jamás.

Ya empieza a caer la tarde y como para animarme o evitar que me desespere aún más, nuestro canario, se llama Pitusin Hemingway, así como suena, lo juro, se ha puesto a cantar cuando no lo hacía desde días atrás porque le habíamos cambiado de jaula. Una mucho más grandes, más lujosa, pero él quería la suya, y hasta que no lo ha conseguido no ha vuelto a cantar.

Todos somos iguales.

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