Cuba bien vale un Cederre

 Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Este aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución no fue como otros, de hecho se sentía en las calles un olor fresco, la gente salió a celebrar, más que una fecha histórica o partidista, una fiesta. Cualquiera piensa que, en la era de las redes sociales y los juegos online, un evento como este está condenado, sin embargo a Cuba no llegan aun los efectos más nocivos de la posmodernidad y las calles lucían las banderas nacionales, los colores blanco, rojo y azul, las calderas de caldosa humeantes, las fogatas, las cadenetas de papel, las hojas de palmera en las ventanas, las aceras pintadas de blanco, la alegría, la despreocupación. Y eso vale mucho. Cuba atraviesa lo que los medios de prensa llaman una coyuntura, con el peligro de volver a aquellos años duros de periodo especial en tiempos de paz, cuando una barrita de maní era un lujo que yo guardaba para fechas como mi cumpleaños. Pero los isleños jamás pierden los espejismos, ni la necesidad de reírse, aunque batan los peores vientos. Al pasar por una cuadra en las afueras de la ciudad, veo a unos negros jocosos, entrados en edad, que arman un barullo, me acerco y oigo al más viejo decir: ¡son 60 años y vamos por más!, y luego agita las manos y da palmadas al aire. Otro, más adelante, discute con un vecino: ¡que tú no eres comunista, pues estás embarcao, porque yo sí!, ¡si los CDR son del Comandante y eso hay que celebrarlo!

La mayor parte de los revolucionarios cubanos sigue siendo fidelista, sueña con los años de Fidel, aquella gesta épica que hizo de Cuba un país en la centralidad de la historia, sacándonos de un anonimato insular. A la gente no le interesa tanto Marx, sino saber que mientras el gobierno sea de izquierda, todos somos iguales y tenemos el derecho de reclamarlo públicamente. Conozco pocos militantes que crean en el materialismo dialectico y se hayan leído El Capital, de hecho, los más fervientes seguidores del socialismo suelen ser personas de sabiduría popular, sin más conocimientos que aquellos que están a la mano y que en Cuba son más que en otras regiones de América Latina.

Aunque sé que existe en el país gente crítica con el sistema, y lo respeto, hay muchísima  que sin hipocresía ni falsa militancia defiende un proyecto izquierdista. Y no se trata de coacciones, ni de vigilancia, como suele decirse en cierta propaganda: el CDR en Cuba funciona más bien como una comunidad barrial cualquiera, donde los vecinos se ponen de acuerdo para reclamarle cosas incluso al mismo gobierno central, lo cual significa una especie de asamblea popular permanente.

En los años que he vivido, conocí más de un presidente del comité que ni siquiera militaba en el partido comunista, incluso que no simpatizaba con dicha ideología y aun así nadie importunó. La historia reciente no es la que se cuenta por ahí, aunque cierto que como en toda sociedad actual se hayan cometido excesos y errores. Pero ni el CDR equivale a un Gran Hermano orwelliano, ni su principal tarea deviene en reprimir. Muy lejos de eso, cabe destacar que las fiestas de vecinos son manifestaciones espontáneas de felicidad, en la cual cada quien, desde una postura humilde, aporta a la fiesta con algún ingrediente de su cocina para el gran ajiaco o caldosa, metáfora de la cubanía.

Se sabe que en una supuesta Cuba futura, los que plantean el fin del proyecto izquierdista estigmatizarían cada aspecto de este presente cumbanchero que se ríe en medio de la amenaza de los apagones y el casi nulo transporte. Mas no cabe que los vecinos, con su bafle a todo dar, con una botella de ron y una mesa de dominó, anden en las frustraciones y rabias de unos pocos que se consideran mayoría.

A la altura de las diez de la noche, los niños se alborotan en la cuadra, se oye una bulla, y un estruendo, acaban de desinflar la piñata, con diferentes regalos para cada uno de los pequeños. Es un esfuerzo hecho por sus padres, que, sin poder, recolectaron algunos dineros entre todos, para darles ese momento. Salgo a la puerta y me lleno de nostalgia por aquella cuadra donde mataperreé a mis nueve años, mientras una música de festejos como estos sonaba. Digo que vale la pena la paz, aunque ellos, los niños, hoy saboreen caramelos malos, criollos, sin ningún chicle, o que vean en un palo con adorno la quinta esencia del juego o la maravilla. Esto tenemos que preservarlo porque nos supera, sin importar militancias de carné, sólo por verlos a ellos reír.

Se equivoca mucha gente de la derecha si piensa que tras 60 años de izquierda, hay una multitud de cubanos dispuestos al derribo, ya que en todo caso el cansancio que sufrimos no recae sobre el socialismo sino encima de un bloqueo que en estos días recibe el repudio de casi la totalidad del mundo, con excepción de los propios Estados Unidos y el Estado de Israel, que ya olvidó los dolores del Holocausto. Esos negros que agitan las manos, esos padres que izan una piñata, son más sabios de lo que Trump cree, más ricos de lo que otros tantos piensan y muchísimo más decentes.

Vale la pena y veo que yo mismo podría ser ahora uno de esos niños, ajenos al noticiero de la televisión que anuncia más sanciones contra Cuba y que relata las miles de vicisitudes de una pequeña isla para ahorrar el poco combustible que posee. Es un privilegio nacer entre tanta ternura, que se refugia detrás de la risa preocupada de los adultos,  alegría que tampoco desaparece.

Si entraran los norteamericanos nos hallarán dispuestos, pero no tristes, serios, pero sin desánimo, será una interesante fiesta de los CDR.

Me retiro de la puerta y, con la bulla como banda sonora, termino de escribir las últimas líneas de esta crónica. Mañana cuando se lea, habrá quien diga que miento y que en Cuba nadie celebra esa fecha, pero alguien tiene que contar la verdad de la isla, aunque algunos consideren que los de aquí solo tenemos derecho al silencio.

Vale la pena.

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