Cuba, la pelirroja y “la isla maldita”

Manolo Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Ocurrió en una cola y aseguro que no es ficción. Llegó silenciosa e hizo la pregunta de rigor, “¿Usted es el último?”. Ensimismado respondí en monosílabo, sin mirarla; pasaron unos minutos y hablando para ser escuchada afirmó como en un suspiro que me llegó a la nuca. “Esta isla está maldita”, y el lamento inesperado tiró de mi hombro izquierdo y giré, hasta encontrarme frente una pelirroja despampanante. Nunca supe si era roja legítima, para comprobarlo habría tenido que llegar al sur de su belleza, y a los 70 y tantos años esa es una inmersión difícil, pero allí seguía ella, hablando y revelando con quién lo hacía, sin que yo atinara a preguntar. “Tenía razón mi abuela, coño”, dijo y continuó sin que fuera capaz de discrepar o bendecirla. “Los indios llegaron aquí por el oriente desde Suramérica, en troncos convertidos en canoas, ¿y qué pasó con los que se asentaron?, desembarcaron los españoles con sus armaduras, sus lanzas y sus caballos y los barrieron; a los gallegos que se deslumbraron por la isla y se quedaron porque esta era la tierra más hermosa que ojos humanos vieran, los criollos les partieron el brazo en las luchas por la independencia; después a los criollos los yanquis se los metieron en un bolsillo y cuando al fin fueron patriarcas y desarrollaron la primera república, llegó la revolución y se los quitó todo. ¿Y ahora qué?, que los que apostaron por la revolución y se quedaron, si no son dirigentes de alto vuelo, gerentes o generales, están comiéndose un cable”.

Quedé perplejo, tenía ante mí a una mujer exuberante de no más de 35 años con una síntesis singular de la historia nacional; tenía ante mí a una mujer que hablaba a fin de ser escuchada y el silencio recorrió la cola de punta a cabo; todos en la fila estaban pendientes de ella y quizá hasta de mi sorpresa, porque seguía frente a aquel pedazo de mujer olvidado de la cola que en ese instante se movió tres pasos. Entonces remató la síntesis con una sonrisilla traviesa y yo supongo, solo supongo, que reí en respuesta y, al fin, hablé como si fuéramos amigos. “Apretaste”, le dije, mientras la cola dio otros tres pasos y yo me moví de lado porque quería saber más y supe que era ingeniera, que la síntesis venía desde su tatarabuela y se actualizaba de generación en generación en su familia. Llegamos al motivo de la cola, hicimos lo que cada uno iba a hacer, nos despedimos y cuando ella se fue parando el tránsito, porque se desplazaba con una cadencia capaz de erizar hasta a los calvos, supe que contaría su historia. Nunca, en 60 años de colas, he vivido una como esta; en tiempo de crisis la gente reacciona a su manera. Pero como después de su suspiro y mi asombro llegamos a hablar un poquitín, supe que pese a su visión maldita no tenía en planes irse de la isla –cosa rara a esa edad-, que se disponía a dejar el sector estatal y a lanzarse a la aventura del trabajo por cuenta propia –le desee suerte- y para colmo de paradojas, sin que tampoco viniera al caso, concluyó: “Aunque a Trump le joda, vamos a salir de esta”.