Teoría lingüística del mojón

Por Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La cinta “El joven Karl Marx” (2017) del director haitiano Raoul Peck intenta actualizar el tópico de quien fuera padre del socialismo en la era contemporánea y un economista genial, cuyo análisis del capitalismo se situó en la centralidad de la teoría vigente. Sin dudas se trata de una entrega atractiva, con una recreación de la época envidiable y un guion emocionante. Sin embargo, los realizadores cayeron a ratos en lugares comunes achacados a la idea de izquierdas, un defecto de fábrica que ni siquiera la crítica especializada tuvo en cuenta, a la hora de evaluar los aportes y falencias de un tema siempre espinoso. Marx era hijo de un judío converso, que intentaba insertarse en la sociedad burguesa de la Alemania dominada por los prusianos. La formación filosófica del muchacho estuvo marcada por la influencia del profesor oficial del Estado y mayor figura de la época, Friedrich Hegel. De ahí la pasión que pronto despertó en Karl el estudio de la historia y las implicaciones más allá de los hechos y los datos fríos. El film obvia la etapa de formación intelectual y arranca con un joven periodista de la Gaceta Renana que emplaza a los demás escritores desde una postura más allá de lo revolucionario y permisible, un profesional por demás autosuficiente y egocéntrico, a ratos absolutista. No es que existan pruebas de que Karl era o no de un ego desmesurado, lo importante resulta en que así lo colocan desde el inicio y ello traza una trayectoria que desemboca en la propuesta de un comunismo de corte autoritario, donde los contrarios son irreconciliables y deben ser aniquilados. El director permite la deriva quizás a conciencia de esa corriente que existe en el capitalismo acerca de que el socialismo y la democracia no se equivalen, grave error de concepto. De manera que Peck se torna una cámara de eco del principal elemento de propaganda de la Guerra Fría, y ello en una cinta que quiere resaltar la valía del exponente del pensamiento emancipador.

¿Dónde está el Marx humilde, que piensa desde la docta ignorancia y a partir de allí llega a las profundas propuestas renovadoras?, ni siquiera se respeta la seriedad de una tesis como la oncena sobre Feuerbach, esa que llama a pensar y transformar el mundo, ya que en la cinta se la coloca como una ocurrencia del joven Marx mientras corría por las calles junto a su amigo Engels. Se trató de obviar al intelectual y de promover al provocador y pendenciero, al que bebe sin parar y anda con el pelo suelto, al camorrero que se autodenomina genio (lo fue sin dudas) sin que en el film se diga por qué. Esto, además de divertido, propio de una película de aventuras, es peligroso para aquellos que quieran acercarse en serio a la vida de Marx.

Karl fue un burgués renegado, como Engels, pero más que activista, más que oponente de los socialistas utópicos, fue un hombre de un sentido inigualable de la lógica, un héroe del pensamiento crítico y por tanto una de las cabezas más perseguidas en la Europa de su momento. Ese episodio se soslaya bastante en la cinta, se prefieren hechos románticos, de suspense, donde la trama se tuerce en razón de un género determinado que garantiza la fórmula del éxito taquillero. El resultado no nos arroja un material que le haga justicia a la grandeza del homenajeado.

En el pasaje, sin dudas revelador del principal defecto de la cinta, en que se le cambia el slogan y el nombre a una organización de socialistas utópicos por otros apelativos más radicales, se observa un Marx autoritario, que aboga por la violencia como única arma de cambio. Y es cierto que en varios pasajes el pensador concibe la obra de la Revolución como un hecho primero de armas, pero por encima de todo de justicia. En la película poco se habla de las propuestas de Karl acerca de un nuevo Estado transicional, así como de la viabilidad lógica de una sociedad de iguales, pero se hace hincapié en el joven virulento que enarbola ese autoritarismo a tiros. Se nos deja caer, en una operación de fake new, que los socialistas tienen una esencia destructiva y no creadora.

Pero donde falla también la cinta es en no recoger el principal logro del Prometeo de Tréveris: su crítica al estatus quo. Allí hubiera estado el aporte, en que los jóvenes de hoy, además de identificarse con el suspense y que las chicas se enamoren del actor que encarna a Karl o el que lo hace con Engels, supieran en qué es revolucionario el marxismo. El pensador alemán no dio, como se cree, una fórmula, sino un contrapoder, un desmontaje, y a partir de allí nos interrogó sobre cómo vamos a llevar adelante el cambio práctico. Como filósofo al fin, no ofrecía actos de magia, sino sentencias inquietantes, con datos e investigaciones sobre el destino del hombre real.

Hay biografías que pueden encerrarse en unas cuantas carreritas con música de suspense, como las de un corredor de bolsa o algún mafioso, pero las que versan sobre aquellos que cambiaron el curso de la historia caminan por debajo de una espada de Damocles. No se puede alcanzar lo total desde una propuesta light, simplificadora, ni pretender que con un background y algunas peleíllas el público se quedará satisfecho con una cinta que debió ser y decir muchísimo más.

Al final, se coloca como colofón de las revoluciones en el siglo XIX, el episodio de 1848, que no fue otra cosa que una movida burguesa a nivel continental, cuando la verdadera intentona, la Comuna de París de 1871, se obvió. Según Peck, a partir de los dos o tres hechos tratados por él con superficialidad, se produjo una conmoción, y allí se deja la sentencia fílmica. Nada de la Revolución Rusa de 1917, ni de los experimentos socialistas del siglo XX, mucho menos de la vigencia de Marx en un mundo sin estructuras lógicas, cuyo sistema de consumo amenaza la propia estancia de la vida en el planeta. El episodio de aventuras, en tono de dibujo animado, evitó cualquier debate.

Peck es un exiliado de la dictadura de Duvalier que estudió cine en Alemania, él mejor que nadie conoce que la verdadera emancipación no reside en juergas callejeras y pelos sueltos y pleitos, pero a uno le da por pensar que al director haitiano se lo tragó, también, el monstruo que tanto criticó Karl Marx.

 

 

 

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