80

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Ya llegó, ya se fue, ese terrible número ochenta que no querías ver en tu carné de identidad, porque sabes que es difícil asumir para un hombre que siempre fue joven. Ernest Hemingway lo entendió muy bien cuando apretó el gatillo de su rifle derechito a su cabeza. Tenía 61 años, edad ideal para los que presumimos de haber vivido. Más allá ya es como vender castañas congeladas a la puerta de un supermercado cerca del Ritz de París.Hay que saber hasta dónde hay que ir, claro que no no lo sabías cuando aterrizaste en La Habana aquella madrugada en la que viste a aquella chiquilla maravillosamente bella de ojos negros como el tizón. ¿Qué habrá sido de ella? Pues si vive andará por algún rincón de Cuba con sus recuerdos, sus cargas de la vida, esas malditas cosas que no hay quien te las lleve. Quizá ella te vio también en aquella madrugada abrumadora de calor en el viejo aeropuerto habanero José Martí cuando tú esperabas a que a tu autobús le diese la gana arrancar. Venías de un país, la France, donde habías vivido la primera parte de tu vida como periodista joven, aprendiz de contador, donde empezaste a enamorarte aunque ya llevabas a tus espaldas las vivencias de Tánger, Errol Flynn y su yate, su adorable esposa, Patricia Wymore. Te creías un chiquillo porque solo tenías 17 años. ¿Y ahora qué? ¿Qué m cuentas en este 24 de septiembre de 2019, día de tus ochenta años. Quién te lo iba a decir, que llegarías tan lejos, en la edad, digo, porque lo bueno y lo que en tus tiempos estaba de moda era quitarse de en medio a una edad razonable. Y no es razonable tener 80 años cuando todavía escribes, piensas, escribes, le das vuelta a la vida y la vida es un torbellino que a rato no te deja vivir.

Siempre te habías preguntado por qué Hemingway se pegó aquel tio tan jovencito, 61 años. ¡un chiquillo, mon Dieu, un niño! Pero si él conservó su sonrisa triunfadora hasta el final en que la escopeta hizo pum fue porque sabía, no porque estuviera loco ni porque creyese que le perseguían los cabronazos del FBI y otros “fils de pute” (en español, hijoputa no me suena tan claro), pero me gusta más la versión en francés, suena más viril, como debió sonar el gatillazo allá en las montañas.

Pero, ¿qué quieres?, ni eres célebre, ni rico ni te conoce casi nadie. Si te hubieses pegado el tiro a lo Hemingway te habrían metido en la cárcel porque eras un desconocido. Y aguantaste hasta estos fatídicos 80 años porque sabías que ni Jesús te haría caso.

Pero es curioso porque en unos días te has dado cuenta de que la gente te quiere menos, sobre todo esas mujeres a las que enamoraba tu saber escribir, tu saber contar mentiras, porque ya sabemos que ha sido lo único que has hecho en tu puñetera vida. Ya hasta el dentista te respeta como si se hubiese encontrado delante de la estatua de Tuntankamón. Eres un viejo, aunque dures más o menos. Pero los malditos 80 ya no te los quita nadie.

Pero como eres igualmente un empalagoso viejo sigues dándole a la máquina, haciendo que la gente sepa que estás todavía medio vivo, que a ratos te arrastras por los recuerdos de haber visto al Beatle aquel en un jardín del Vedado, La Habana, Cuba, continente libre de América. Ella te convenció de que os sentarais un rato al lado de aquella estatua. Y ahora te das cuenta de que es peor ser estatua que tener ochenta años. Aquella muchacha maravillosa que era entonces una chiquilla y que estaba dispuesta (y sigue dispuesta) a dar la vida por su Cuba, mientras otros tomaban el primer bote para buscar la vida maravillosa en Estados Unidos, donde un día se encontrarían, si no ellos sus hijos, con esa cosa viscosa que es Presidente del país más poderoso del mundo.

Y finalmente, porque siempre has tenido mucha prisa, cuando te saliste de la Agencia France Presse, esa maravillosa universidad libre de periodismo, donde había alguna gente, minoría, que te quería poco y que tú querías menos, con solo sesenta años te dijiste que había que tirar palante y seguir arreando con la estilográfica, que ya era un ordenador, pero que antes fue una magnífica y cara Mont Blanc.

Sabes una cosa, Berro, has hecho lo que has podido, has tenido mujeres, tienes una mujer fija que nadie sabe por qué te quiere y procura que no te refríes, has tenido, tienes a medias, unos hijos maravillosos que aunque tú sepas que ya saben andar solos tú tratas de ayudarles aunque solo sea con tus palabras, palabras de sabiduría, dicen los gilipollas, porque a medida que uno va corriendo en los años se da cuenta de que sabe menos de lo que creía. Pero la gente no lo sabe. La gente es bestialmente abominable. Y hay incluso gente que en varios países te leen y te llaman de todo, incluso listillo.

Los ochenta años de mi vida me duelen porque no pude hacer todo lo que hubiese querido hacer. No supe parar un coche que se estrelló con alguien que yo amaba más que mi vida. Pero es mentira, uno siempre se ama más que nadie. Somos egoísmo hasta en la víspera de la incineración.

Hace muchos años, en los Campos Elíseos de París, escuche una canción de Claude François, “Comme d’habitude”, los pormenores y por mayores de una pareja en la que el tipo siempre lleva las de perder. Frank Sinatra, ese chulo que tenía la voz más maravillosa del mundo, cantó una adaptación de ese estribillo con el título de “My Way”. Y a mi manera yo también me meto en los ochenta años esos que a ustedes les parecerán un asco. Pero si supieran cuanto los gocé, cómo los amé, cómo me amaron, que vida tan fabulosamente fabulosa he tenido… Jódanse. Y si no, péguense un tiro en la boca de preferencia si todavía no han llegado a la edad de Hemingway.

Y me acabo de enterar que Sofia Loren ha cumplido 85 años. Se ve… Se nota… Aparenta un poquito mayor que yo…