Aquellas viudas negras que no volverán

Por Mauricio Escuela

Las noches de los años 90 eran de goma, se estiraban durante largos días en los que no teníamos electricidad. Uno salía para la escuela primaria con las luces apagadas y al volver, nuestros padres cocinaban con leña o carbón la magra comida. En la narrativa del tiempo salen algunos destellos de alegría, como aquellos jodedores empedernidos que, sin nada más que hacer que esperar a que pasase la época de infortunios, se reunían en el cercano parque central de Remedios para jugar a “Escriba y lea”. Así se llama un añejo programa de la televisión cubana, que por entonces no podíamos ver, ya que era un lujo en la situación de retorno a las cavernas del periodo especial en tiempos de paz. “Escriba y lea” comenzaba cuando caía la tarde, se daban cita allí varios profesionales de la ciudad y bajo la luna del parque comenzaba la andanada de historias, adivinanzas y preguntas. Lo mismo se indagaba por Maximiliano Robespierre que por Julio Problema, uno de los personajes populares de la villa, por el ganador de la última serie nacional de pelota que por una amante de Gorbachov. Para mí, entonces con 5 o 6 años, aquello era una maravilla, mucho mejor claro está que la televisión, ya que entre risas, gritería y humoradas de todo color, uno se iba adentrando en el mundo de los adultos, quizás muy tempranamente, como aquellas veces en que se hablaba sobre determinadas partes de la mujer o alguna situación de “pegadera de tarros”.

Y es que la infidelidad conyugal estaba en el centro del interés de esos jugadores, ya que ellos se quedaban allí hasta altas horas para enterarse de todos los movimientos de la villa, en especial de las llamadas viudas negras. Resulta que a determinada hora, salían unos espantajos encapuchados que corrían por las calles aledañas, asustando a todo el que se atravesaba. La leyenda asegura que eran hombres que iban a poseer a sus amantes, o a mirar hueco (voyeristas), o a bugarronear, pero nadie lo ha demostrado, solo existen especulaciones, las mismas que elaboraban en sus tertulias literario-chismográficas los jugadores del parque. De manera que le debemos una gran oralidad a esos que con malicia trazaban el itinerario del amante de fulana, o el marido de determinado gay escondido en el armario pues por entonces había tremenda moderación aún en ese aspecto.

Con mis escasos conocimientos sobre el mundo, aquello fue mi primera enciclopedia, llena de las referencias cultas que elucubraban un psicólogo, un poeta, un teatrista, un médico y otros tantos que se iban uniendo a las conspiraciones. Luego, cuando leí El Decamerón de Boccacio me di cuenta de que, aquellos que se encerraban a contarse historias en épocas de crisis y de peste bubónica, se asemejaban a nosotros, solo que nuestro piquete salía muy campante a la calle, sin la censura de otros tiempos y contextos. Fue una etapa de gran libertad, a pesar de no tener nada o poco que comer. Una vez andaba yo cazando cocuyos cuando vi una de esas viudas y, obsedido por tener una historia de primera mano para las tertulias, perseguí al encapuchado hasta cierta casa en los ejidos de la villa, en medio de la más absoluta oscuridad.

Cuando el sujeto llegó a la puerta, encendió una chismosa y comenzó a quitarse la capucha, pero mi emoción decayó y a la vez dio un vuelco al ver que, debajo de los trapos, el susodicho traía otra máscara y con ella en el rostro entró a la vivienda. Mi imaginación de niño no concibió en una primera instancia la lógica del suceso, sino que creí que aquella segunda cara postiza era de carne y hueso y no una argucia, un artificio. Tanto era el miedo, que lo no conté nunca en las tertulias, sin embargo a los pocos meses una mujer sufrió un ataque de celos de un marido suyo, con golpes incluidos, en ese mismo barrio donde presencié la aparición. Eran momentos en que el mito y el tiempo se fundían y uno estaba en esta tierra por estar, pasando las horas entre la libreta de cuentas matemáticas de la escuela y los corretajes para ver los muñequitos de la televisión un día sí y dos no, como racionados, como si la felicidad se comprase en la tienda.

Por eso mis únicos dibujos animados, los que guardo con más pasión, son los salidos de las conversaciones, de las lenguas viperinas y brillantes, de los hablantines. Sí, soy de pueblo, y cuando he vivido en La Habana suelo escribir crónicas sobre Remedios en el diario Granma o el Juventud Rebelde, lo hago mientras otros arrastran su pasado como una sombra y se hacen los europeos y los prósperos y eructan carne habiendo comido huevo. No tengo ningún problema con reconocer que durante años la única pizza que consumí era un pan de yuca con algunos trozos de queso criollo y que bebí mi primera gaseada cuando tenía 10 años. Uno no es lo que traga, sino lo que quiere ser, y yo quisiera volver por las noches a unos años en que todo parecía tan fácil y grandioso como encender un mechero de luz en medio del parque y ponernos a chismear. Sin embargo, aunque retorne el periodo especial, no vendrán los jugadores. A la altura de mis 30 años, la mayoría de los jodedores de antaño o han muerto o están muy enfermos o cansados para el ensueño. Y la gente de mi edad optó por construirse, aquí o allá, mini castillos de naipes que apologizan el consumismo y la apatía, somos una generación seca mayormente. En el cauce de este río que no se detiene, parezco un pez del pasado, que se asfixia poco a poco.

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