Cuba, crisis, colas y ron Santiago

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Desde comienzos de año hay escases de muchas cosas necesarias; desde hace casi dos semanas se vive, o mejor dicho, se padece una crisis energética que solo los contrarios quieren que pique y se extienda, y en esas condiciones extremas los cubanos vuelven a organizase de manera espontánea a fin de sobrevivir de la mejor manera posible, actuando como en un thriller de Oliver Stone, aunque en este caso, lo que les voy a contar sobrepasa la mejor de las ficciones.

Sobre las 10 de la noche del viernes 20 de septiembre Tatico, un vecino, telefonea a José Antonio Ballester. “Me acaban de informar que están descargando gasolina en El Vedado y que de ahí el camión cisterna viene para el barrio”, dice y da la alarma. “Avísale a Jaidarys (otro vecino) que yo salgo para allá”, responde José Antonio, quien desde el lunes a la seis de la mañana le caza la pelea a la distribución de gasolina y calcula cada kilómetro que debe recorrer con lo poco que le queda. Con rapidez de alarma de combate despierta a Vivian, su mujer, quien antes de acostarse dejó preparado un termo de café,  le informa que está ocurriendo lo que llevan tres días esperando, sale en busca del Peugeot, que esa vez no guardó en el garaje porque tenía la intuición de que ese viernes sería el decisivo, y parte hacia el objetivo -Vivian lo hace caminando a fin de no perder tiempo- , el  servicentro cercano en torno al cual ya se ha organizado una fila de autos que crece por segundos porque Tatico, Jaidarys y él no fueron los únicos que recibieron un aviso, ni tienen la exclusividad de la organización espontánea. Ese mismo día –como en los anteriores- la escena se reedita por toda la isla, mientras rumores, conjeturas, e informes oficiales corren a la par. Su hijo Juan Carlos le había informado que el mismo viernes estuvo siete horas en fila por la misma razón, que hay gente separando espacios en las colas por el equivalente a cinco dólares por auto y que a la hora del cuajo solo se despacha lo que quepa en el depósito.

En la mañana de ese mismo día, el canciller Bruno Rodríguez había denunciado ante la prensa nacional y extranjera que Estados Unidos está tratando de impedir totalmente el suministro de petróleo a Cuba como parte de una escalada de agresiones, en la que incluyó la reciente decisión por Washington de expulsar a dos diplomáticos de la misión permanente de la isla en Naciones Unidas. Desde hace unos cinco meses, EU presiona a navieras y compañías de seguros “de Suramérica (Venezuela), de Europa (Rusia) y de África del Norte (Argelia) para cortar el abastecimiento de petróleo”, afirmó el ministro y para concluir remató que esas acciones “no arrancarán ninguna concesión de nuestro gobierno y nuestro pueblo; Cuba no acepta chantajes” para cambiar de rumbo.

Antes, durante y después de que el canciller hablara las colas seguían y la que le correspondió a José Antonio en la intersección de 41 y 42, al oeste de La Habana en una noche-madrugada fresca, fue como un muestrario de otras muchas. El motociclista que quiso burlares de los demás y no hacer cola, la bronca de palabras, el retiro cabizbajo del listillo, la paralización del avance hasta que volvió la calma; la teniente coronel de cara enjuta a la espera como todos; el médico que pidió permiso para alertar a otros cinco galenos que se fueron sumando de a goteo y empujaran hacia atrás a los demás; el recuerdo de la crisis anterior cuando en los años 90 se anduvo a pie o en bicicleta y se soñaba con comida; el comentario de los más viejos de que “esto comparado con aquello es una fiesta”; la intranquilidad generalizada porque a las dos de la mañana la cola avanzaba a ritmo de jicotea coja; y el mulato grande y fornido que llegó con su mujer y sus hijas, sacó varias botellas de ron añejo Santiago y comenzó a brindar con los demás. “Pensé traer un dominó pero después lo descarté porque hubiera sido una jodedera”, dijo entre risas, mientras sus hijas y sus novios se pusieron a bailar con la música del carro.

A la mañana siguiente la cola seguía en esa esquina y la policía intervino para organizarla y demandar que solo se vendiera la gasolina que a cada auto le faltaba en el tanque. José Antonio, Tatico y Jaidarys, la teniente coronel, los médicos, el contento del ron Santiago y los demás cargaron todo lo que quisieron porque tras 60 años de escases y retos los isleños se han acostumbrado a vivir con reservas por lo que pueda presentarse. Los del lado de allá, del Norte, no perdonan y quieren forzar un cambio y a los del lado de acá, como buenos isleños, no les da la gana de cambiar.

 

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