La serie que me salvó la vida

Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hace dos años que mis días son menos tristes, sobre todo las tardes, cuando me paro en la puerta de la casa y noto que el tiempo pasa sobre una juventud que a poco se despide. Mientras el sol cae, sufro de una melancolía que solo mitiga el humor, un placebo de este tiempo que sale además tan barato, como lo es encender la laptop y abrir el fichero que contiene la serie “La que se avecina”. Una amiga seis años menor que yo, a la que anduve pretendiendo sin éxito, me regaló (¿en compensación?) el paquete con las diez temporadas del audiovisual filmado en España, cuya trama lo colocó entre los más visionados y exitosos de todos los tiempos. En Cuba el humor está en crisis, padece de un provincianismo que no lo deja levantar vuelo, sus chistes pierden sentido unos metros más allá del malecón habanero. En la televisión  hay un programa que muchos califican de insignia, “Vivir del cuento”, una serie de sketches que giran alrededor del personaje de Pánfilo, un jubilado que vive de los magros productos del subsidio estatal. Los cubanos ven en las desgracias del anciano un motivo de burla ante las adversidades y de irreverencia de cara a la casta burocrática y sus absurdos. Y es que resulta providencial eso de que los isleños se ríen de las desgracias propias, pero en mi caso jamás ha sido así: los males cotidianos me deprimen, paralizan todo tipo de creación. Por eso evito ver a Pánfilo, solo algún que otro capítulo que trate temas de cierta trascendencia y espinosa data. “La que se avecina”, en cambio, ha triunfado en todo el globo, se tradujo, fue comprada por televisoras de la más diversa cultura. Imagino incluso a jeques árabes riendo con la serie o a indígenas de la Amazonía. Más allá del sufrimiento, hay cierta carcajada que nos saca de este mundo, sin que perdamos el contacto con sus problemas y la conciencia de que debemos luchar para que todo mejore. Pero la risa nos mantiene, mientras, vivos, una condición sin la cual nada se logra y que no consiste solo en respirar y comer, sino en un pensamiento crítico y creativo constante. Para un periodista, o escribidor de cuartillas, eso es fundamental, casi diría un elixir. No vale por tanto la burla de nuestras circunstancias, sino una toma de sentido, y este tiene la marca del ceño y la preocupación, así como del análisis y la búsqueda.

En la serie española hallé personajes que, aunque reflejan una verdad local, tocan el universalismo. ¿Quién no conoció alguien tan huraño y retorcido como el mayorista de pescados Antonio Recio?, diría incluso que nuestras vidas están repletas de seres que más o menos actúan así, egoístas. Y el campesino de Albacete Amador Rivas, que sueña con convertirse en un vividor follador, roza el simplismo primitivo de muchos que hoy ven en el dinero y las mujeres la esencia de sus vidas. Concepción esta última, por cierto, que suele estarse en sujetos empobrecidos y de poco éxito con el sexo opuesto. “La que se avecina” encuentra el secreto del triunfo en el arquetipo, un espejismo del teatro tan antiguo como la comedia misma, y que se basa en el tratamiento de aquellos aspectos feos y desagradables, que puestos en situación son hasta aceptados.

Se trata de una sitcomedy, como dirían los norteamericanos, y por ende cabe en cualquier circunstancia. Se ve detrás la marca del estudio y la meditación teóricos, como por ejemplo en el capítulo que saca a los personajes de la serie y los lleva al mundo real, una secuela que nos recuerda los mejores pasajes de la obra de Pirandello. La diferencia con respecto a los sketches cubanos es que, mientras estos aspiran a vivir del cuento, “La que se avecina” nos crea una historia donde pensarnos más profundamente, sin  evasiones ni chistecitos salsosos que nada dicen más allá de cierta crítica política.

El humor de Cuba está demasiado en el mismo lugar, cree que sus problemas son los más grandes e insolubles y que todo el mundo tiene que reírse. El comediante de cabaret les roba las frases a sus colegas y uno puede pasearse por el país, oyendo las mismas burlas, una y otra vez, mientras el público ríe. Y esto último es lo peor, cómo ha surgido un  espectador que no le exige al humorista, sino que concede la trampa de lo exacto, de la reiteración hasta el cansancio del personaje con guayabera que dirige, del tonto que sufre las inclemencias del transporte y el salario, del vivo que es negociante. Recientemente, un comentario periodístico en el diario Granma intentó la crítica sobre este tipo de comedia, pero con tan poco garbo profesional, que salieron tirios y troyanos en una campaña feroz, que acalló el criterio del columnista.

Sin dudas tiene que existir un Pánfilo, pero también un Antonio Recio, una Maite, un Coke, un Enrique Pastor, todos estos personajes de la serie española que hace dos años salvó mi vida, cuando la depresión por la reciente muerte de mi padre me apartó del periodismo y hasta de la existencia más chata. Pánfilo, en aquel entonces, habría acabado con las pocas ganas que tenía de pararme de la cama, pero por suerte vino “La que se avecina”, a instalarse en el vecindario de mi laptop. El humor es arte y se hace para la edificación humana, estaría bien que se analizara hasta qué punto conviene decir que todos los cubanos gozamos con lo que sufrimos.

Este isleño que soy ni sabe bailar ni ríe con sus desgracias, aun así no creo justo que se me escamotee la pertenencia a los atardeceres de mi isla.

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