La bestia presidencial que llevamos dentro

Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Ahora sí es David contra Goliat, pues toda la fuerza se dirige contra ese pequeño ser que vive en el medio del mar Caribe, la Cuba de la gente alegre y despreocupada que anda con el ceño y la seriedad en ristre. Sí, el presidente más imbécil que haya tenido Estados Unidos cree que la extorsión lo prestigia, que el único método para alcanzar el triunfo reside en las más sucias artimañas. Más de una treintena de barcos fueron víctimas del chantaje para que no vinieran hasta la isla con sus cargas de combustible. Al unísono, Twitter aplicaba un férreo silencio a miles de cuentas cubanas, bajo el pretexto de proteger las normas editoriales de la plataforma. Lo que ninguna administración había hecho tan evidente es para Trump motivo de orgullo, así actúa ese bebé caprichoso de la Casa Blanca, como si el mundo fuese un juguete que puede romper y tirar. Los cubanos no significamos más que un número en su boleta de votantes para las elecciones del 2020, un certamen donde la bestia presidencial quiere el triunfo mediante el chantaje, la posición hegemónica, el arrastre de aquellas porciones más extremistas y resentidas de la población norteamericana. Es la arrogancia de un animal (con perdón de los animales) que aspira a una Cuba en ruinas, como trofeo ante sus seguidores. Eso, el dinero y el fraude le grajearían cuatro años más en los que el mundo temblará bajo la papada gelatinosa de Trump.

El complejo militar industrial y petrolero cree que los cubanos mantienen con vida a Venezuela y acabar con el orden en la isla se torna entonces una tarea de inteligencia. Todas las variantes han estado sobre la mesa, pero no existe el pretexto perfecto para darles una concreción. En su lógica agresiva, Estados Unidos espera desestabilizar dos países de la región, para luego intervenir mediante el tratado armamentístico que firmaron los miembros de la Organización de Estados Americanos (OEA). Saben que el hambre es mala consejera y que en el pueblo cubano late la inquietud terrible de un segundo “periodo especial”, o sea el regreso de la total miseria de los años 90. A Trump no le importa, mientras en la isla nos espantamos los mosquitos, hacemos colas y sudamos en medio de madrugadas sin electricidad, él tiene todo el confort de millonario producto de los repetidos fraudes fiscales, trampas y falsos quiebres que cometió.

A los cubanos nos queda resistir, tengamos el pensamiento que sea, pues no se trata ya de izquierda o derecha, sino de sobrevivir, de nuestros hijos, madres, hermanos y amigos. Trump agrede al que sea, encarna la maldad de estos tiempos: el egoísmo del capital que solo saca cuentas, fríamente, y elige el camino más corto hacia la ganancia. No faltan  cubanos que, viviendo en el confort del exilio o emigración, se alegren de estos desmanes, algunos incluso creen que será el fin del orden y el inicio de alguna guerra intestina. También muchos libios se alegraron de la destrucción de su país, el bombardeo y la miseria, pero tras la muerte de Gadafi no quedaron ni vencedores ni vencidos: todos fueron directo al basurero de la historia en una nación en quiebra.

A los que piensan que Trump actúa en nombre de la democracia, los invito a observar el estilo de trabajo de dicho presidente plagado de violaciones a la ley de su propio país, extorsiones a las libertades y daños a los valores liberales en general. No es el heredero de Washington, sino del más puro fascismo. Baste decir que, una vez más, el pueblo norteamericano debió padecer el gobierno de un no elegido, pues se sabe que las elecciones del 2016 las ganó Hillary Clinton. Quizás la ecuación tramposa esté otra vez en marcha y veamos una campaña Trumpista basada en la imagen de hombre fuerte y restaurador que suele ofrecer la bestia presidencial. Ejercer presión contra los enemigos externos siempre funciona, cuando se habla de nacionalismos populistas, en este caso de parte de un ejecutivo que no ofrece políticas públicas internas.

Quienes apoyan a Trump en este juego merecen el calificativo de miserables y me consta que no son pocos, solo hay que echar una mirada a los sitios llamados independientes y cubanos, donde laten exultaciones de alegría. Ni siquiera Inglaterra celebraba la eficacia de su bloqueo naval sobre Alemania, aunque era evidente que entre 1915 y 1918, el hambre cundía entre el pueblo y el ejército germanos. Me cohíbo mucho de usar la descalificación, aunque entre cubanos abunda, pero la actual coyuntura nos obliga a los hombres de bien para con el pueblo. Lo que el juego político y la ideología no logran, no se debe alcanzar mediante la violencia. Al parecer los principios morales se destierran de un mundo donde cada vez somos más cosas que seres humanos, y hasta nos mostramos orgullosos de ese vacío de esencias.

Da vergüenza pensar que es la misma nación de Lincoln, la que proclamó una revolución contra el despotismo y sirvió de modelo a otras revueltas libertarias. Poco a poco, el faro se apagó ante el mundo y una gran esvástica sustituye a las estrellas del cielo norteamericano, pues el mal se tornó tendencia y norma entre los gobernantes de la Casa Blanca. No importa que haya quien se moleste, que incluso la oposición demócrata haga actos de protesta abierta, porque el poder del ejecutivo abusa del resto de las instancias políticas y acerca a Estados Unidos a un peligroso autoritarismo.

Trump representa lo peor del ser humano y existe gracias a eso mismo, para que el mundo cambie, hay que vigilar de cerca la bestia presidencial que llevamos dentro.

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