Nuestro parentesco con las ciudades en ruinas

Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En la ciudad donde vivo, San Juan de los Remedios, hay inmensidad de sitios donde perderse. Uno camina por las callejuelas y ve en las esquinas miles de historias, todas estrambóticas, añejas, en este lugar que ya tiene más de cinco siglos. Para Cuba, medio milenio es muchísimo tiempo, ya que somos un país que no cuenta con las edades antigua y medieval que fundieron el crisol europeo, sino que constituimos una amalgama de gente venida de afuera, que aún intenta entenderse.  Por eso el periodismo isleño se despeña detrás de los clásicos, como mismo ocurre con la literatura, porque en nosotros existe la fascinación constante, ese impulso tentativo que nos pierde. Por las calles de mi ciudad hallo dichos destellos, aquí una historia de judíos, allá una de negros, acá cierto cementerio escondido con los restos de los indígenas primigenios. Nada se compara con las esquinas que se derrumban, esas casonas viejas, cuya leyenda se perdió y que no nos contarán ya nada, a no ser que les inventemos un pasado. He visto desaparecer varios de estos edificios a lo largo de mis 30 años, puedo decir que en Remedios ello se vive casi como la muerte de un familiar. Los villanos se aglomeran en torno al derrumbe, lamentan y echan culpas, tiran fotografías, se roban alguna pieza (puerta, reja, ladrillos) y se van. A los pocos meses, ya hay un vertedero y nadie se acuerda de lo sucedido, empieza el borrado de la memoria. A quienes escribimos nos queda, no obstante, la tarea de llenar esos vacíos.

Recuerdo cuando, en medio del ciclón Ike, allá en los inicios de la primera década de este siglo, se desbarrancó en su estruendo la conocida “remendona”, un edificio de dos pisos, con más de doscientos años de construido. A diez cuadras sentí la explosión, que casi asemeja a un bombardeo sobre la ciudad. Muchos corrimos en medio de la tarde, entre postes caídos, matojos, lluvia feroz y vientos que nos jalonaban. Allí, el montón de ladrillos se convertía en una masa roja, de fango, donde las maderas antiguas nos mostraron que estaban podridas y que el aire les dio el puntillazo. Casi de inmediato, llené el vacío de historias, recordé la vez que mi padre me llevó a ver un colega médico suyo que vivía en el piso superior y cómo, en medio de agujeros en el suelo, de trozos de cartón que se hunden y peligros en medio de la oscuridad, aquella “remendona” ya anunciaba su muerte, veinte años después. La fortaleza de una imagen como esta reside en el nivel de miseria con que vivía aquel médico, en medio de una década como la del 90, cuando para muchos un dulce de maní era un “lujazo”.

La “remendona” pasó a llamarse Carmen 2, en los registros de la vivienda de las oficinas de la ciudad, y luego, cuando se hizo un feo parque de cemento en el lugar, comenzó a nombrarse como la plaza de la muela, porque es allí donde los muchachos y muchachas del cercano preuniversitario, se citan para enamorarse. Entre los matojos tropicales y en medio de bancos rústicos, han ocurrido ya enlaces que perduran y hasta  se engendraron familias. Así, la historia nos narra cómo de la ruina nace el amor, de la muerte la vida, en una especie de episodio novelesco, casi propio de viejos panfletos. Sin embargo, los escribidores pasamos por allí e imaginamos las columnas, los arcos, las puertas de madera tallada, la escalera y los pisos de arriba siempre a punto de caer. Paso por Carmen 2 y al subir la vista, mis ojos trazan la silueta del balcón, donde aún veo los helechos abundantes cuyas raíces pudrían los ladrillos, hasta despedazarlos.

Al otro extremo, lejos de Carmen 2, está una casona de portal, al inicio de la calle Máximo Gómez, cuyo estilo me transmite ciertas aventuras. No sé por qué me imagino que vive allí algún caballero, quizás del tipo Batman o El Zorro, que se esconde durante el día como una alimaña, para resurgir en la oscuridad con fuerza y justicia. El edificio se está cayendo, asemeja casi una cueva, con sus desconchados, columnas sin equilibrio y techo casi inexistente, o sea el sitio perfecto para esconderse. Pero lo que más me llama la atención es el cartel de “peligro” que alguien escribió en una pared, con una burda pintura negra, casi sepulcral, que le da un toque a lo gótico, poético. No sé si la casona del caballero se caerá en esta temporada de lluvias, lo cierto es que todos los indicios apuntan a que los villanos ya asumieron su muerte, quizás miren de reojo y con codicia hacia los muros engordados y rojizos, a la espera de que caigan, para llevarse los ladrillos, uno a uno y en una carreta por la noche, y que estos engrosen alguna construcción ilegal, otra historia nueva que tendrá también su siglo último y derrumbe.

Pareciera que quienes escribimos somos una especie de buitres, pues vemos en las muertes una ganancia para otro tipo de vida. En lo particular, suelo irme hacia esas partes de las ciudades más viejas y buscar los recovecos que están a punto de romperse, así he hecho siempre en La Habana, cuyas mansiones me narran tantas cosas, en medio de la decadencia del solar, la bulla, el sol y los vertederos de basura. Esta fascinación tan romántica existe en los poemas de Lord Byron, inspirados por las ruinas de las ciudades griegas, cuyos agujeros él llenaba con historias. Imagino que Cristóbal Colón sufrió del mismo mal, cuando iba en sus viajes hacia una América desconocida y tuvo que vaciar su imaginación a cada paso, ya que hallaba en el nacimiento de una nueva verdad, la muerte de sus propias verdades personales.

Los escribidores somos los buitres de las ciudades, y solo nos sentimos bien entre ruinas porque suelen parecerse demasiado a nosotros. En nuestra fuerza mental coexisten el descubrimiento y la muerte, como dos entidades que se suceden. Quedamos así, muchas veces, como los únicos autorizados a contar la historia y de esa manera vertemos una literatura fabulosa, al estilo de los cuentos antiguos.

Si uno pudiese elegir, fuera una ruina, ya que estas no mueren, sino que mutan, son siempre otra cosa, en una eternidad que el escribidor  envidia.

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