Paz y amor

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El anfiteatro estaba atestado. El viejo profesor, con chaqueta recién comprada en los almacenes de la esquina porque se había olvidado la suya en el hotel, miró a los alumnos y tuvo un gesto con los ojos tan extraño que no sabía si iba a echarse a llorar o a reír. Su última novela, Corazón, el titulo no podía ser más cursi, lo había impuesto la hija del editor, con la que François mantenía un idilio tórrido pese a que ella tuviese muchos años menos que él. Se conocieron cuando él fue a entregar la novela y desde entonces no se habían separado. Cuando ella tuvo la edad reglamentaria se casaron en una iglesia anglicana a la que pertenecía toda la familia. François no hubiese creído jamás que aquello sería un enamoramiento que resistiría a un revolcón en la cama. Pero ella no era así. Era de una rigidez monacal en las relaciones amorosas. Estaba sobre todo la diferencia de edad. Eli iba a cumplir los 20 años. Una mujercita hecha y derecha pero el novio, François, tenía la dulce edad de 74 años. Ella decía que no le importaba nada que era el hombre más maravilloso, culto y apasionante del mundo. Y él apostillaba que esa edad suya era la del segundo y definitivo amor. Papá y mamá inclinaron la cabeza y se dispuso la boda para meses después. François pensaba en todo esto –adoraba a Elis de todo su amor—mientras ya no quedaba sitio en la sala y un tipo de la editorial hacía las presentaciones. La novela no tendría nunca el Premio Nobel, comentaba François con mucha calma, pero ya ha rebasado los dos millones de ejemplares y a mí lo que me interesa es que me lean. A su lado, calladita, con un cuaderno de notas entre las manos, la niña de la casa estaba orgullosa. Corazón era el triunfo de aquel hombre que había trabajado en los muelles de París, donde antes se arrastraban las barcazas con enormes sogas, había recorrido media Europa hasta que decidió enrolarse en un trasatlántico y volver a su patria, Estados Unidos, a la que soportaba muy mal porque decía que su única contribución a la civilización eran las guerras y el viaje a la Luna.

A los protagonistas de Corazón los conoció en un campo de refugiados palestinos de Beirut, donde trabajaba para un departamento de Naciones Unidas. Ella, Maria, así, como la Virgen, solía decir ella, se había enamorado de Alí, un musulmán a quien no le importaba que ella fuese cristiana. Se casaron y tuvieron dos niñas. Y un día, como en las películas, les presentaron durante una reunión a un alto comisionado de la ONU. Para hacerles el cuento leve, y aunque me traten de cuentista, que en el fondo es lo que soy, resultó que María era la nieta de aquel señor multimillonario y poderoso que la buscaba desde hacía años. Total, los muchachos se casaron y, naturalmente, se fueron del terrible campo de refugiados.

De ahí salió el libro Amor, que en su primera tirada se convirtió en un best seller endemoniado, con proyectos de series de tv, una película con Richard Gere en Hollywood y yo qué se más.

–No es culpa mía –sonreía siempre el amable François. La historia es muy bonita y yo la escribí cuando todavía en el mundo la gente se interesaba por la terrible historia del pueblo palestino.

Su encuentro con Elie si que fue de película. Cuando llevó el manuscrito a la editorial, ella trabajaba con su papá porque adoraba los libros. Fue un flechazo que ni de película. Y aunque el viejo editor veía que la diferencia de edad era terrible –¡puede ser tu abuelo!—no hubo nada que hacer.

Elie estaba más enamorado aún porque la muchachita que parecía no haber roto un plato se reveló una amante extraordinaria. Ella fue quien le pidió que la desvirgara y que le hiciese un hijo. El consintió a la primera parte y descubrió la amante que ni Hemingway se había, al menos que se supiera, tropezado en las calles de Venecia. Pero en cuanto al hijo: “Doucement, mon amour. Ya veremos”.

Se casaron, no comieron perdices porque a ninguno de los dos les gustaba, y se instalaron cerca de Nueva York. Una vida plácida hasta que estalló el cañonazo. El New York Times descubrió con pelos y señales que el supuesto abuelo del palestino del campo de refugiados de Beirut era un impostor de altos vuelos. Había estafado a medio mundo y algunos hasta insinuaban que había conseguido hacerlo incluso con el mismísimo Presidente de la República, que tenía fama de hombre de negocios. Fueron días y noches de escándalo. Algunos insinuaron que François había sido el inventor de la historia para darle una salida honrosa al estafador. Pero hete aquí que el mundo seguía revuelto. El escándalo se apagó con la misma rapidez que había prendido y ya no se volvió a hablar de nada más. Por entonces, los Estados Unidos estaban mandados por un presidente amable y sencillo aunque algo colérico, muy amigo de los israelíes, a los que había prometido ponerles la embajada en pleno Jerusalén, rompiendo todos los protocolos y todas las ideas. Gran escandalera mundial hasta que François tuvo una idea. Dicho y hecho.

Al día siguiente, los periodistas acreditados en la Casa Blanca supieron por boca de su Presidente, aquel hombre tan terrible pero que en realidad era un tierno al que le gustaba que su esposa, la bella muñeca, le contase un cuento todas las noches antes de dormirse. Porque de sexo nada.

Estados Unidos edificaría su embajada en el mejor lugar de Jerusalén dentro de una colonia palestino-cristiana donde veintidós familias de ambas religiones vivirían y formarían el personal de la representación diplomática.

El primer ministro de Israel, que ni nombre tenía, tuvo un medio infarto pero se repuso y no tuvo más remedio que aceptar.

Siete meses después, la bandera de Estados Unidos flotaba en una enorme urbanización donde marines palestinos y cristianos montaban guardia ante la primera embajada extranjera en Jerusalén. Fueron días hermosos. Por orden del Presidente de Israel, las fuerzas armadas dejaron las armas y por Jerusalén y los territorios ocupados, que ya no se llamaban así, paseaban turistas aburridos porque ya no se tropezaban con soldados feroces armados hasta los dientes. Visitaban los lugares santos pero con un fuerte aburrimiento. Pero la paz reinaba. Echaron abajo el cinturón de cemento y ya no hubo división entre palestinos y judíos. Todos se cruzaban en las calles. Los niños palestinos, acostumbrados a las intifadas con pedradas van y vienen, se aburrían mortalmente. Hubo que comprarle play stations y juguetes estúpidos. Los soldados israelíes iban abandonando sus uniformes, sus armas, y se dedicaban a regentar chiringuitos para turistas.

Qué tiempos maravillosos fueron aquellos. Un poco aburridos, es cierto, pero por fin la ONU no tenía que reunirse un día sí y otro no. Y se habló de convertir el destartalado edificio de Nueva York en apartamentos para migrantes sirios, que ya ni tenían que pasar por la aduana norteamericana. Hasta que una mañana descubrieron el cadáver de Simon. Se había dejado una cartita: “Yo soñaba con la paz pero no con este mortal aburrimiento. Cada vez que el veo al primer ministro pasear a los turistas por el Jordán… La vida no vale la pena”. Se había pegado un tiro con una de las últimas balas que todavía podían encontrarse en Jerusalén. El Presidente de los Estados Unidos se divorció y se unió con un gay ultraortodoxo que todavía conservaba sus tirabuzones. En cuanto a Eli, se metió a monja en un monasterio de Grecia. ¿Qué no han creído una palabra de esta historia? Pues hacen mal. Así se llegó a la paz entre árabes y judíos. Es cierto que es un poco aburrido, pero desde que están llegando los turistas de los Emiratos Árabes Unidos ya parece un poco más divertido.

Viva la paz.

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