Habitantes de los libros

 Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Mi primera vez entre los libros transcurrió con el mismo olor, un tufo a papel viejo que me fascina, que trae recuerdos junto a anaqueles enigmáticos, repletos de historias, donde lo mismo había una novela, que un ensayo, unas memorias, alguna lámina reveladora. Mi reino en otra vida debió ser el de Borges, y hasta creo que ejercí como él ese ejercicio de ratón de bibliotecas. Los trabajadores de esos recintos olorosos a sabiduría aún me parecen héroes, aunque sean individuos que no levanten la cabeza, sino para darnos una amable bienvenida, o preguntar en qué nos pueden servir, dónde queremos buscar el libro de la magia que precisamos. Personas por lo general menudas, algunos filólogos, estos bibliotecarios terminan pareciéndose a los libros. Uno de ellos, que aún labora y a la vez dormita, se asemeja a Virgilio Piñera, mientras que la otra tiene un aire ríspido y poético a lo Dulce María Loynaz. Resulta no solo cómico, sino hasta brillante, da la sensación de que a la vuelta de la esquina habrá un doble de Balzac.En mi caso, he leído de todo, conozco cada palmo de varias bibliotecas y sé en qué sala hallar un libro, por eso me considero una especie de guardián empírico, un explorador experto de anaqueles, un alpinista de montañas de polillas. Es como si siempre hubiese habitado esos almacenes olorosos a papel, donde he sido mi propio personaje.

En los ya lejanos trece años, buscaba ensayos históricos, hoy me doy cuenta de que era mi versión adolescente de la máquina del tiempo. Me imaginé muchas veces en medio de la India británica de fines del siglo XIX, o entre las huestes de Alejandro de Macedonia. Y todo eso en colores, con sonido estéreo, en una especie de realidad virtual del pobre, como éramos todos los niños de la Cuba de los años 90 del siglo pasado. Sin dudas, los libros salvan vidas, aún los más mediocres, pues hay un poder que nos saca de los problemas, dolores, muertes, y nos trasmite el placebo momentáneo de que todo estará bien, de que vivimos un espejismo y la verdad es lo que está escrito.

Siempre que llego a un pueblito de campo, pregunto si tienen biblioteca y la respuesta afirmativa me trasmite confianza, sé entonces que puedo charlar con sus habitantes, dormir en el sitio, confiarme. Porque los libros humanizan y quienes se les acercan adquieren una nobleza de carácter que luego los obliga a asumir cierta bondad. Por el contrario, cuando alguien confiesa que jamás ha leído nada, me aparto, casi con un terror propio de una novela gótica. Para mí, el hombre nace para las bibliotecas y un divorcio de tal magnitud solo podría engendrar monstruos, como dijo Goya.

Pasar del juego a la lectura es el camino natural de la buena gente, abortar el proceso produce el caos que hoy sufrimos. Los niños la tienen difícil para imaginar cosas, pues el mundo quiere ofrecerles ya todo hecho, sin darles lugar a la construcción de un castillo al estilo de esa sana locura infantil, que luego deviene en genio quizás. Se trata de la versión temprana de lo que luego serán las duras paredes de la realidad, esas que gritan que las hadas no existen y te dan a cambio un pito de marihuana. Por eso sigo amando los pueblitos de campo, solitarios en medio de la mañana húmeda, donde hay una casa de tablas con varios cientos de libros, adonde va una pareja de niños a sentarse, muy quietos, con algún volumen entre sus manos. Allí, la humanidad tiene su último bastión, en ese silencio del sabio, que la naturaleza ha guardado.

“¿Usted es profesor?”, me dijo una chiquilla de secundaria alguna vez, mientras hacia otras tantas preguntas teóricas sobre sus tareas del colegio. Estábamos en medio de la biblioteca de mi ciudad y yo solo miraba los anaqueles, “a veces lo he sido”, respondí. Sé que la muchacha había visto pasar por el brillo de mis pupilas, algún personaje histórico, o miles de ellos quizás, y esa sola energía la impulsó al diálogo. La biblioteca es el sitio donde las generaciones se entrelazan: una chica de 15 años interroga al joven de 30 y este a su vez tiene un vínculo mágico con seres de hace miles de años atrás. Así se hace presente la historia, así vienen a la carne los fantasmas del pasado.

Para intelectuales como mi Lezama, las bibliotecas eran eso, un reino sobre el cual establecer una casa de campaña y pasar la noche. Yo imagino al gordo de Trocadero entre los anaqueles de viejos locales de la República, mientras su eterno tabaco humea, conversa, trasmite como si fuese una antena de todos los tiempos. Hay personas, como estas, que terminan siendo bibliotecas, y pierden así irremediablemente cierta naturaleza humana. Es lo que sentimos en algunos pasajes del propio Lezama, la erudición propia de quien ha acumulado horas en el olor a muerto de los libros.

Yo mismo quisiera  a veces no irme de la biblioteca, pues no hay rincón más fresco que ese que hallo, entre el anaquel de las novelas y la sombra del patio, donde he visto cierto fantasma que va a sentarse en un banco cercano a la fuente. He pensado que, fieles a mi experiencia de la máquina del tiempo, los textos me revelan que ese soy yo en el futuro, merodeando los pasillos de un reino donde estaré siempre vivo.  Hasta la muerte es, para el habitante de los libros, una literatura más.

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