Recuerdos de un Festival de La Habana en el que los homosexuales llegaron al poder

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

(El Festival de cine de La Habana tuvo un momento glorioso que nunca podrá superar: 1993 y el triunfo de la diferencia, llámese homosexualidad, anque haya habido que esperar hasta 2008 para que esta tendencia se confirmara oficialmente, también a través del cine y de debates sobre parejas del mismo sexo). El primero de diciembre de 1993, el gigantesco Teatro Carlos Marx de La Habana iba a ser el imprevisible marco de algo que nadie, ni siquiera los más finos politólogos de la isla, habían podido prever. En la sala, con aforo para cinco mil personas y lleno hasta la bandera, como en las mejores corridas de Las Ventas de Madrid, un público formado mayoritariamente por periodistas llegados del mundo entero y de cubanos. En el escenario, el telón blanco que preside las mágicas ceremonias desde que los hermanos Lumière hicieron del cine todo un método de exorcismo. Al finalizar la proyección, una piña humana se puso de pié y bajo los comedidos proyectores aplaudió, aplaudió, aplaudió, hasta el delirio. Aplaudian a Alfredo Guevara, amigo íntimo de Fidel, presidente del Festival y dueño y señor del cine cubano. A algunos periodistas se les saltaban las lágrimas. Hoy todo el mundo o casi sabe ya que “Fresa y chocolate” es el más subversivo y talentoso alegato hecho por cineastas cubanos desde que la Revolución “inventó” el cine cubano, con el convencimiento de que sería un arma incomparable en el difícil diálogo que entonces empezaba entre una Cuba perdida en el pasado y otra que todavía no había perfilado su porvenir.

Aquella noche en el Carlos Marx, en los primeros segundos que siguieron a la escena final – el amor de hermanos y entre hermanos, de gente del mismo mundo, mucho más allá de las retóricas que quieren la separación de la misma gente nacida en la misma cuna de la humanidad-, entre el joven homosexual y el machito miembro de las Juventudes del Partido Comunista, auténtico grito en favor de la tolerancia, dejó desconcertado de placer al público presente. Habíamos vivido una minirrevolución que ni siguiera Fidel había previsto cuando dio el visto bueno para el rodaje.

Mañana-tarde. Hotel Nacional de La Habana, uno de los más bellos del mundo. En un rincón de la suite blanca que va a morir a una inmensa terraza que mira de reojo al mar, Alfredo Guevara, con la coquetería repeinada de sus 67 años, agarra con dos erres y con la mano izquierda una chaquetilla azul sobre una camisa negra, mientras con dos dedos de la mano derecha engulle un canapé. Agazapado en un rincón como un gato afectuoso, Alfredo se relame de gusto. Las gafas grandes de miope coqueto parecen siempre a punto de abandonarle la nariz. De un manotazo las devuelve a su precario equilibrio cuando uno ya las ve rodando por el suelo. El poco pelo lo tiene peinado muy coquetamente hacia atrás.

Su sonrisa es sin duda lo que más llama y enamora. Una sonrisa discreta, contenida, que casi nunca le sale de los labios y que se refleja en unas arrugas que cada vez que quiere reirse le saltan de los ojos y ponen en peligro la estabilidad de las enormes gafas. Es la misma sonrisa que hace como medio siglo conquistó a Fidel Castro. Porque todos los que están en la suite saben que este hombre pequeñito, de una fragilidad exquisita, fue el hermano mayor de un Fidel que en aquellos tiempos de universitario en La Habana, cuando un grupo de estudiantes soñaba ya con luchas políticas, le protegió, le cobijó y, dicen algunos, le llevó prácticamente desde Sierra Maestra al Palacio de la Revolución en La Habana.

Mientras al viento húmedo del Malecón (el paseo marítimo habanero) le cuesta los trabajos de Hércules para llegar hasta la suite, Guevara la goza en su rincón.

Por mucha modestia que quiera derrochar, ¿cómo va a olvidar el estreno de “Fresa y chocolate”? ¿cómo se le van a ir de la cabeza las imágenes de su triunfo, esos aplausos de toda una sala vuelta hacia él que, como siempre, esta intentando que no se le caiga la chaquetilla que jamás se separa de sus hombros?.

Es cierto que la suite no es la sala de baile que sirvió a Luchino Visconti de escenario central para la escena capital de ” Il gattopardo”, un decorado en el, qué duda cabe, Alfredo Guevara se hubiese sentido más a gusto. En esta mediatarde caribeña, Alfredo está muy lejos de las exquiciteses versallescas. Estamos en La Habana, en un año más de la Revolución que él ayudó a instaurar y en medio de momentos económicos de lo más penoso y en horas políticas de incertidumbre. El, mejor que nadie, sabe que después de 35 años de Revolución, va a ser necesario pasar la mano.

En su dorada madriguera de la suite del Nacional, Guevara me cuenta: “Fidel sabía todo lo que era esa película (“Fresa y chocolate”) por mí”.

Y enigmáticamente agrega: “Yo siempre cumplo con mi obligación de decir todo lo que yo creo”.

“Yo no veo el film así (como una feroz crítica a muchas cosas que acontecen en Cuba: rechazo del homosexual, falta de libertad…). Sentí al joven comunista como muy limpio, sin cultura, sin una preparación para ciertas cosas… Yo veo a los jóvenes de un modo muy especial, pensando en el futuro y no sólo como son, en su potencialidad… Soy un protagonista de la película porque tengo que asumirla y soy también un protagonista de la Revolución. No estoy por las críticas acerbas, sino constructivas. Lo revolucionario es transformar. No le llamo revolucionario al levantar banderitas y correr gritando consignas y ni siquiera al momento del fusil, que es decisivo… El momento actual (en Cuba) no es el que estamos viendo en la película, el momento actual no es perfecto. Y muchas cosas siguen pasando pero no son oficiales. Pasan en la gente porque muchos ciudadanos están formados antes de la Revolución en principios “morales” que no responden a nada, que son idioteces”.

Engullí un sabroso langostino con un ron añejo repleto de rocas (hielo) y soñé que la vida podía ser mejor.

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